WIÑAYPACHA

«Cuenta la leyenda que en la cima de los Andes una madre esperó a su hijo hasta convertirse en piedra». El eficiente desarrollo de la idea contenida en este epígrafe promocional hubiera sido motivo suficiente para considerar a «Wiñaypacha» una película estupenda. Con su ópera prima, el joven director puneño Oscar Catacora, sin embargo, ha sido capaz de aportar mucho más que esa eficiencia.

La crítica es casi unánime, incluso en el prestigioso Festival de Guadalajara donde la obra ha sido premiada: estamos ante uno de los estrenos nacionales más destacados de los últimos años desde el punto de vista cinematográfico. Sigue siendo una lástima que Piura, como la mayoría de regiones, haya sido excluida del circuito de su estreno comercial, como ocurre con la mayoría de películas valiosas, nacionales o no. Solo queda desear que el circuito alternativo regional pueda acogerla cuanto antes, pues lo que esta película nos puede transmitir excede el ámbito del cine.

LA PELÍCULA

La historia es aparentemente sencilla: dos ancianos octogenarios pasan sus días, aislados del mundo, añorando la presencia de su hijo unigénito, lamentando que los haya abandonado hace mucho y, a la vez esperando su inminente regreso. Lo hacen sobreviviendo o, tal vez sea mejor decir perdurando, haciéndose eternos en un tiempo propio, bajo la protección y la imposición de las montañas, el viento, la lluvia, la nieve, a cinco mil metros de altura, en una casa de piedras y techo de ichu, acompañados apenas por un perro, una llama y unas ovejas, muy lejos de cualquier grupo humano.

En esa soledad llena de vacíos y rutinas, de lentitud y silencios, la mano firme del director nos entrega una historia verosímil, capaz de conectar con nuestros sentimientos más profundos. Para ello Catacora ha recurrido a una narración seca, de planos estáticos, y colores tierra en los interiores, colores fríos en los exteriores, y un manejo notable de las sombras, en los que mezcla realismo y mito, individualidad y conjunto, naturaleza y hombre, con un equilibrio que por ratos agobia y por ratos libera.

Viendo a los ancianos andar, cansarse, tejer, estarse quietos, sentados, conversar, danzar, hacer un pago a la tierra, dormir, soñar, encender un fogón, tapar un hueco en el techo, matar a un animal, llorar, somos conscientes poco a poco y cada vez con más intensidad de que su vida solitaria y simple está llena de complejidades perturbadoras y de que hay una verdad del tamaño de una montaña a punto de sernos revelada, una que está en el ecran, pero también dentro de nosotros mismos.

Esa verdad es múltiple. Como las obras maestras (y eso es mérito exclusivo del director y del guion, y no parece un exceso decirlo) la obra admite diferentes lecturas, todas ellas más o menos obvias y ocultas, según se le mire, pero igualmente válidas y enriquecedoras. «Wiñaypacha» es una tragedia, pero también es la apología de una forma de vida; una historia de amor puro entre dos ancianos y a la vez, de su soledad, deterioro y abandono; el triunfo de la simbiosis redentora y apaciguante entre el hombre y la naturaleza, y la puesta en escena de cómo esta, como los dioses, es implacable; o de cómo la extrema pobreza se ensaña con los más débiles, los desarma y los aniquila. Y a nivel de metadiscurso, cabe leerla como la reivindicación de una cultura milenaria o como la épica de unas invasiones bárbaras que terminarán por desaparecerla, luego de haberla relegado a las montañas en su intento final por sobrevivir. Al menos esta última parece haber sido una de las intenciones conscientes del autor.

LO INDÍGENA EN EL PERÚ

Según ha contado, Catacora decidió rodar esta película luego de verse obligado a detener un proyecto más ambicioso en términos de producción. Optó, entonces, por una historia que reivindicase sus raíces aymaras y que sirviera como vehículo de defensa de la riqueza de sus tradiciones, conocimientos, lengua y en general, de su cultura. Esta reivindicación, realizada con cuidado, ha evitado caer en el panegírico y ello es tal vez lo más valioso de su obra. Valioso porque en el cine peruano es fácil caer en ese bache y porque la forma en que lo ha evitado es notable.

Entrevistado por El Pais de España en 2017, señaló: «Mi padre sobre todo no quería que aprenda [aymara], por ese estigma de que no es bueno para evitar que el niño tenga el mote (la forma de hablar español de un indígena). Pero mi madre sentía esa necesidad de que aprendiera. Convivir con mis abuelos fue etapa crucial en mi vida, en tres o cuatro meses empecé a comunicarme con mi abuela, al inicio era solo con señas. De regreso a casa, la primera vez, mi madre me dijo que había vuelto como un aymara”.

En el Perú, como se sabe, hay cerca de cuatro millones de ciudadanos indígenas, buena parte de los cuales hablan un total de más de 47 lenguas originarias, algunas de ellas cercanas a la extinción. En el caso de los aymaras, se trata de dos millones de personas que viven, principalmente en Perú y Bolivia. A pesar de que representan más del 12% de la población peruana, y que sus problemas son gravísimos, las políticas públicas dirigidas a mejorar sus condiciones de vida siguen siendo escasas. Pero lo indígena en el Perú no se reduce a los ciudadanos que se reconocen como tal. Según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística e Informática, más del 80% del país tiene raíces indígenas directas o indirectas, y en ese entramado la discriminación se extiende como un problema generalizado y difícil de erradicar.

Pese a ello, recién en la última década el Estado puede dar cuenta de algunos avances en esta materia, principalmente, en consulta previa, educación intercultural bilingüe, salud intercultural y lucha contra la discriminación. De todo ello, quizá lo más importante sea que poco a poco viene fortaleciéndose un cambio cultural para que todos tomemos conciencia de que nuestra diversidad es valiosa y de que nuestras raíces indígenas son causa de orgullo y no de vergüenza, como solía enseñársenos extraoficialmente, incluso en las escuelas. Hoy, por ejemplo, hay más razones para que los piuranos estemos orgullos de hablar con nuestro característico dejo en Lima y otras ciudades, y del mismo modo, a pesar de la carga peyorativa que aún mantiene en diferentes sectores, hablar con “mote” quechua o aymara está dejando de ser un tabú.

Que el discurso oficial de hoy sea preservar los idiomas originarios a través de algunas medidas de impacto como la producción de noticieros en quechua, aymara, awajún, como ya ocurre en el canal del Estado, es un cambio sustancial. En ese mismo sentido es de la mayor relevancia que se haya estrenado en el circuito comercial una película hablada enteramente en aymara, que expone la vida de dos ciudadanos aymaras, con sus costumbres, creencias, ritos, virtudes y defectos. Que además esa película sea el mejor estreno comercial nacional del año en su tipo (prácticamente ha sido vista a sala llena durante sus dos primeras semanas) nos brinda la esperanza de que luego de muchos años y esfuerzos desde el Estado y la sociedad civil, algo se mueve y definitivamente se seguirá moviendo a favor de nuestra diversidad y de nuestros pueblos indígenas, en particular.

CINE REGIONAL Y DIVERSIDAD

«Wiñaypacha» ha podido producirse y distribuirse en salas comerciales gracias a dos subvenciones del Ministerio de Cultura, ganadas en concursos públicos en 2013 y 2017, dirigidas a realizadores que residen fuera de Lima. Ese último año fue estrenada en el Festival de Lima, aunque por razones que desconocemos no en la sección oficial, donde hubiera tenido altas posibilidades de ganar.

Sin una subvención de ese tipo (y sin los premios internacionales ganados, que incluso hicieron a la productora Tondero interesarse en su distribución) sería imposible seguir produciendo obras de estas características. Dado que es importante que la diversidad de nuestro país llegue a los cines, la televisión, el teatro, los museos, las librerías, queda claro que es imprescindible que el Ministerio de Cultura ahonde en estas políticas.

Si bien el Estado se ha mostrado incapaz de evitar que las personas indígenas sean mancilladas en cine y televisión (es inevitable volver a mencionar a «La paisana Jacinta»), «Wiñaypacha» enseña que hacer drama, comedia, sátira o crítica social poniéndose en el lugar del otro no solo es rentable artística y socialmente sino también en términos monetarios. De un modo diferente, pero en sustancia parecido a «Coco», ese blockbuster inteligente dirigido a divertirnos, demuestra que esa empatía con una mujer y un hombre indígenas, al final de cuentas, es una forma de reconocernos a nosotros mismos, de vincularnos con nuestras identidades originarias, con nuestros padres y abuelos, nuestras madres y abuelas, aquellas que serían capaces de esperarnos eternamente hasta convertirse en piedras.

(Publicado originalmente en el suplemento dominical EL TIEMPO de Piura el 29 de abril de 2018)

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