EL MITO DE LA SOLTERONA INFELIZ

Por primera vez una película sobre mujeres, escrita y dirigida por mujeres, lidera la taquilla nacional. Con «No me digas solterona», la segunda obra que dirige y cuyo guion comparte con Sandra Percich, la directora Ani Alva Helfer logra dos objetivos que en nuestro país no son poco: le da voz a las mujeres para hablar de una situación que las afecta, y eleva sustancialmente el nivel de la comedia nacional, algo que se agradece en este páramo de creatividad que es nuestro cine.

LA PELÍCULA

En general se trata de una película técnicamente bien hecha, que tiene a su favor una bastante acertada selección del reparto (un par de actores sobran, pero eso no desmerece el esfuerzo), y una sólida dirección de actores, entre los que destacan precisamente los nuevos rostros en el ecran: la protagonista y debutante Patricia Barreto y sus amigas en la ficción Yiddá Eslava y Natalia Salas, además de la experimentada actriz mejicana Angélica Aragón.

La empatía con la cual el público ha recibido sus performances tiene mucho que ver con la experiencia de todas ellas en el teatro, que las provee de herramientas para transmitir soltura y frescura en sus actuaciones, algo muy difícil si no se tiene oficio, como lo prueban las deslucidas actuaciones de las que están llenas nuestras series de televisión.  Pero sobre todo tiene que ver con el hecho de que se trata de rostros nuevos para el gran público (aunque Yiddá Eslava ya ha protagonizado una película, «El buen Pedro», de escasa repercusión).

Por lo demás la obra comparte con la mayoría de cintas nacionales limitaciones recurrentes como una paleta étnica casi monocromática, la representación por enésima vez de un mundo citadino limeño de clase media alta, ajeno a la mayoría del público, y la presentación de personajes rayanos en el estereotipo fácil, como los de Anahí de Cárdenas, Flavia Laos, Maricarmen Marín, Marisol Aguirre y Adolfo Aguilar, que a fuerza de actuar prácticamente de ellos mismos terminan siendo lo más previsible y prescindible de la historia. Por algún motivo nuestros guionistas tienden a seguir atrapados en la explotación de clichés usados hasta la redundancia, al punto de que hasta las guionistas de esta película, que brindan un producto bastante por encima del promedio nacional, no se escapan de ese traspié.

Sin embargo, pese a todo ello el producto final funciona y conecta gracias a la novedad de su planteamiento, una novedad que, en términos sociales, dice mucho de lo rezagados que estamos en la construcción de un país justo. Dieciocho años después del inicio del siglo XXI, en el Perú recién se está empezando a poner en el cine comercial historias de mujeres que cuestionan el machismo con el que se mira su rol individual y comunitario. Porque la novedad de «No me digas solterona», a contracorriente de la infeliz palabra utilizada en su título, es que se permite abordar un prejuicio machista con humor inteligente. A ese nivel no es una obra redonda, pero el tema es tratado con suficiente cuidado como para destacar nítidamente por encima del pobre nivel de nuestra comedia cinematográfica.

LOS MITOS DE LA SOLTERONA INFELIZ Y DE LA VIUDA ALEGRE

En el imaginario colectivo latinoamericano y particularmente en el peruano, la soltería en las mujeres en los treinta o cuarenta es vista como un mal. Nuestra construcción social valora sobremanera que ellas (sobre los hombres también pesa este estigma, pero de un modo diferente) cumplan su rol de esposas y madres, de modo que se asume que quien no “logra” serlo se pierde parte importante de la vida. Incluso muchas mujeres que se asumen como feministas no dudan en lanzar su discurso promaternidad, al punto que pueden llegar a decir, sin renunciar a un feminismo militante, que solo las madres se han “realizado” como mujeres o los padres, como personas.

Estoy seguro de que si revisa su Facebook encontrará por lo menos una vez a la semana (si no al día, o si no lo hace usted mismo) mensajes que sublimizan la maternidad o la paternidad. Como si no fuera apenas una opción entre tantas posibilidades que tiene el ser humano. Frente a esa casi unanimidad, a la mayoría le es difícil entender que alguien que por diversas razones, decididas o no, se mantiene soltero toda su vida o no tiene hijos, es feliz.

Es un rezago machista, ciertamente, una construcción que viene del siglo XIX y que se la debemos a la novela romántica francesa especialmente. En una de sus últimas entrevistas, la gran Marguerite Yourcenar afirmaba justamente eso: que el amor es una construcción de la literatura, que antes de Shakespeare o de Dumas hijo, nadie en Occidente se casaba por amor sino por intereses concretos y más mundanos: tierras, poder, dinero, posición social. El amor romántico es pues, también, el resultado de una tradición cultural, y carecer de él tiene la carga negativa que esa misma tradición nos ha enseñado a darle.

Frente a ello el feminismo irrumpió para devolverle individualidad a las mujeres (y de paso también a los hombres) y a marchas y a contramarchas ha ido asentando poco a poco la idea de que es tan valioso ser madre y esposa como ser soltera (solterona es un despectivo violento) y no tener hijos. Las estadísticas son más claras en mostrar un cambio cultural que todavía tardará décadas en asentarse.

Según la Encuesta Nacional de Hogares del 2016, el 31.3% de las mujeres de entre 15 y 49 años son solteras y del resto solo el 21.4% estaban casadas, pues la mayoría, el 36.1% se encontraban en situación de convivencia. Este es un perfil que se mantiene en los últimos veinte años. La diferencia es que hoy por hoy el estigma social con el que deben cargar las mujeres solteras es cada vez menos pesado.

Un reciente estudio de Caterina Trevisan, del departamento de Medicina de la Universidad de Padua (Italia), publicado en Journal of Women’s Health, concluye que enviudar mejora la salud de la mujer heterosexual al disminuir su nivel de estrés tras la pérdida del marido (ya que tienen menos tareas del hogar y a que en muchos casos se “liberan” del cuidado de maridos enfermos, dado que ellas tienen mayor esperanza y calidad de vida en la tercera edad). El estudio también demuestra que ellas son menos vulnerables a la depresión en la viudez, “probablemente porque tienen más recursos para salir adelante y son más capaces de compartir sus emociones”. Las viudas de más de 65 años, dice la misma investigación, tienen un 23% menos de probabilidades de presentar problemas de salud que sus homólogas casadas.

El mito de la viuda alegre sería, entonces, cierto, a diferencia del mito de la solterona infeliz y hace bien el cine nacional en notificar esas nuevas “verdades culturales” a su público.

(Publicado en el suplemento SEMANA del diario El Tiempo de Piura el 15 de abril de 2018).

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