LA LLAMADA DE LA TRIBU

Mario Vargas Llosa (Arequipa, 28 de marzo de 1936) cumplirá 82 años en plena actividad y en medio de un debate intenso contra ciertos enemigos (o enemigas) de la libertad. El lanzamiento de su último libro, «La llamada de la tribu», coincide con la publicación de «Nuevas inquisiciones», un artículo en el que denuncia a cierto feminismo radical que en varios casos le ha respondido con saña, como suele respondérsele a un hombre que defiende sus posiciones con pasión.

LA LLAMADA DE LA TRIBU

«Seres de carne y hueso son sacrificados a una abstracción: personas individuales son ofrecidas en un holocausto al pueblo como colectividad». Con este epígrafe tomado de  Benjamin Constant, Isaiah Berlin inicia « Cinco ensayos sobre la libertad», que él mismo consideraba su libro más importante. Berlin es uno de los siete pensadores cuyas vidas, ideas e influencia son abordadas en «La llamada de la tribu», un libro que Vargas Llosa considera su autobiografía intelectual y política. Los otros seis son Adam Smith, José Ortega y Gasset, Friedrich von Hayek, Karl Popper, Raymond Aron, y Jean Francois Revel.

El epígrafe de Constant resume muy bien el corazón del liberalismo: la permanente duda sobre los límites de la libertad, o ¿cuándo el poder, incluso el que intenta remediar injusticias o garantizar los derechos de individuos y grupos vulnerables, se vuelve una amenaza a las libertades fundamentales? Porque, como la Historia enseña, todos los gobiernos, por muy buenas intenciones que tengan, terminan menoscabando la libertad individual en nombre de las libertades colectivas o el bien común. Esta política, afirma Berlin, «degrada a los hombres y no se basa en ningún fundamento racional o científico, sino, por el contrario, en una idea profundamente equivocada de lo que son las necesidades humanas más profundas».

Para Berlin, la esencia de la libertad «ha radicado siempre en la posibilidad de elegir lo que se desea elegir, porque así se desea, sin coerción, sin presiones, sin verse engullido por un vasto sistema; y en el derecho a oponerse, a ser impopular, a defender las convicciones propias simplemente porque son tus convicciones. Esa es la verdadera libertad y sin ella no hay libertad de ningún tipo, ni siquiera la ilusión de ella.» Esta defensa cerrada de la libertad del individuo en contra del colectivo, de grupos de poder o de presión, del Estado y sus instituciones, es lo que define al liberalismo.

En esa misma línea, para Karl Popper el «espíritu de la tribu» es el «irracionalismo del ser humano primitivo que anida en el fondo más secreto de todos los civilizados, quienes nunca hemos superado del todo la añoranza de aquel mundo tradicional, la tribu, cuando el hombre era aún inseparable de la colectividad». El «espíritu tribal», asegura Vargas Llosa, fuente del nacionalismo, ha sido el causante, con el fanatismo religioso, de las mayores matanzas de la historia de la humanidad. «La llamada de la tribu», «de la que nos había ido liberando la cultura democrática y liberal —en última instancia, la racionalidad— había ido reapareciendo de tanto en tanto debido a los terribles líderes carismáticos, gracias los cuales la ciudadanía retorna a ser masa enfeudada a un caudillo», sobre todo en los regímenes comunistas, «que niegan al individuo como soberano y responsable, y lo regresan a la condición de parte de una masa sumisa a los dictados del líder.»

El liberalismo, antídoto contra esa inevitable llamada de la tribu, es perfilado en su libro para aclarar ciertos yerros que lo asimilan al conservadurismo, el neoliberalismo o el mercantilismo. Al explicar las claves del pensamiento de Smith, Ortega, Hayek, Popper, Aron, Berlin y Revel, Vargas Llosa insiste en que el liberalismo no puede ser un acto de fe ni una religión sino una doctrina que no tiene respuestas para todo y que admite la divergencia y la crítica, a partir de un cuerpo pequeño e inequívoco de convicciones: «que la libertad es el valor supremo y que ella no es divisible y fragmentaria, que es una sola y debe manifestarse en todos los dominios —el económico, el político, el social, el cultural— en una sociedad genuinamente democrática.» Por encima de todo, el liberalismo debe ser tolerante con el adversario, pues por naturaleza acepta que podría estar en el error y en el otro la razón, por lo que un liberal «debe enfrentar la realidad social e histórica de manera flexible, sin creer que se puede encasillar a todas las sociedades en un solo esquema teórico».

El libro desmiente que el libre mercado sea «una panacea capaz de resolver todos los problemas sociales» y que «la mano invisible» es una falacia si su existencia se asume como inexorable, sin hacerla depender de la realidad. Por otro lado, reafirma la convicción liberal de contar con un Estado fuerte y eficiente (y por lo general, mientras más pequeño más eficiente) que garantice igualdad de oportunidades (principio profundamente liberal) «aunque lo nieguen las pequeñas pandillas de economistas dogmáticos intolerantes y a menudo racistas —en el Perú abundan y son todos fujimoristas— que abusan de este título».

El lenguaje sencillo y claro del libro y la exposición de sus convicciones con la precisión de una lista de compras, dejan abiertos a veces de modo suicida flancos débiles (la convivencia de pueblos indígenas en democracias modernas, por ejemplo, no ha sido advertida ni por asomo al cuestionar el “sentido de colectividad”).

Y sin embargo, esta transparencia y honestidad intelectual son lo más valioso de la obra, pues permiten ver que el Nobel es un rompecabezas formado por lo mejor de sus maestros. «La llamada de la tribu» desnuda el pensamiento político de nuestro intelectual vivo más universal, como si se tratase de un strep tease (ya no el strep tease inverso con el que describió en su juventud la relación entre autor y obra literaria). Es una invitación sincera y casi sagrada al combate, con la disposición de perderlo si fuese el caso, al modo del luchador que pone a la vista de su oponente todas sus armas.

FEMINISMO Y LIBERTAD

Si se conoce las bases del pensamiento liberal de Vargas Llosa es fácil entender la posición de severa crítica que adopta en su artículo «Nuevas inquisiciones» contra cierto sector radical del feminismo. Que denuncie un intento de censura en la Literatura, es decir, una manifiesta afrenta a la libertad individual, es una demostración palmaria de la coherencia de su pensamiento, no importa si esa censura es hecha en nombre de un dogma o de una buena intención. Acusar a dicha posición de prejuiciosa, ciega a los privilegios del patriarcado, como se lo han endilgado con ligereza diversas autoras, no siempre feministas ni radicales, es un despropósito.

El principal problema de dichas acusaciones es que no buscan convencer ni conversar sino imponer una visión inamovible. Decir que el autor no tiene derecho a opinar sobre el tema por ser hombre, tener más de ochenta años (como si la edad lo volviera inexorablemente machista por tradición) y ser un “privilegiado” no resiste análisis.

El feminismo ha dado grandes aportes a la humanidad. Ha puesto en el centro del debate la necesidad de un cambio cultural que garantice que ni mujeres ni hombres, ni heterosexuales ni homosexuales ni transexuales serán excluidos de los beneficios de la democracia. Los logros son, por supuesto, insuficientes (en sus formas más graves, el machismo sigue generando miles de feminicidios, agresiones físicas y síquicas, acoso, violencia sexual). La pesada carga de una tradición adquirida minuciosamente por nuestras sociedades durante cientos, cuando no miles de años, no puede ser desmontada en unas cuantas décadas. No en una democracia. No sin atropellar libertades. Raymond Aron fue insistente en advertir que la búsqueda de cambios radicales lleva inevitablemente a la opresión de un grupo sobre otro y, por tanto, vulnera las libertades individuales. Imponer esos cambios desde cualquier posición de poder supone un grave riesgo de autoritarismo, cuando no de dictadura.

Por supuesto, el feminismo, incluso el más radical, está muy lejos de ello, pero tiene que ajustar su lucha y sus avances a los parámetros democráticos que todos, hombres y mujeres, hemos ganado en diversas áreas y a partir de distintas luchas. ¿Cómo lograr la igualdad real entre hombres y mujeres, entonces? ¿Debemos tolerar cierto grado de desigualdad, incompatible con los sistemas internacional y nacional de derechos humanos, en nombre de la inevitable lentitud de los cambios culturales? Todos los días un gran sector del feminismo resuelve estos dilemas en el terreno y poco a poco, y quienes hacen políticas públicas tienen cada vez más claro que estas serán ineficaces si carecen de un enfoque de género. Son avances lentos frente a la inmensa realidad que queda por cambiar.

Pero, en democracia, la solución no puede haber un feminismo único, pétreo, intocable, dogmático, fundamentalista. Excluir a un adolescente de la lectura de «Lolita» en las escuelas, como exige cierto sector, no evitará que se vuelva machista. Lo único que hará será negarle el acceso a un campo de conocimiento que podría serle provechoso de algún modo. Suponer además que un adolescente es incapaz de discernir lo bueno de lo malo, lo deseable de lo indeseable en el arte, es una actitud que demuestra que feminismo y respeto por el desarrollo de la libre personalidad de niños y adolescentes no siempre van de la mano.

La censura moral o desde lo políticamente correcto es incompatible con sociedades democráticas. Achatar el arte en nombre de los derechos de las mujeres es un contrasentido, un oxímoron. Censurarlo, escoger como deseable solo aquello que un censor moral plenipotenciario decida (decidir quién será el censor siempre será el gran problema), sea este una persona, un grupo, o una institución, es la negación de la sociedad abierta pergeñada por Popper, y a la larga de cualquier sociedad democrática básica. La libertad no admite cortapisas ni excepciones. Convencer a un adolescente de las bondades inocultables del feminismo, sin darle pie a cuestionarlo, adoctrinándolo, dogmatizándolo, evitando que problematice su realidad a través del arte, es llevar al feminismo al fracaso; es convertirlo en una caricatura del machismo.

No se puede construir una sociedad avasallando al individuo. Y si cierto feminismo radical hace caso a la llamada de la tribu e invoca la censura de libros (en un artículo, en un manifiesto, una persona o cien mil, da lo mismo) como lo hacía la Inquisición para destruir la capacidad de pensar o sentir de modo diferente a la norma, es necesario levantar la voz para oponerse. La democracia dejará de existir si en ella no se puede cuestionar las verdades más prístinas, sea que las sostengan la feminista más distinguida o el premio Nobel más unánime.

(Publicado en el suplemento dominical SEMANA del diario EL TIEMPO de Piura el domingo 25 de marzo de 2018).

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