KATHARINE GRAHAM: MUJER, PRENSA Y PODER

La conmemoración de los cien años del nacimiento (16 de junio de 2017) de quien llegó a ser considerada la “mujer más poderosa del mundo”, coincide con la reedición en español de sus memorias («Una historia personal. Sobre cómo alcancé la cima del periodismo en un mundo de hombres», 2016, premio Pulitzer 1998), y el estreno mundial de la película «The Post» (2018), una reivindicación de su papel protagónico en la prensa mundial del siglo XX.

Dirigida por Steven Spielberg la película está nominada a dos premios Oscar: mejor película y la vigesimo primera nominación como mejor actriz para la inconmensurable Meryl Streep.

DOS MUJERES

Como ella misma solía decir, la vida de Katharine Graham, nacida Katharine Meyer, es la vida de dos mujeres casi en las antípodas, una antes y una después de sus 46 años de edad. Fue hija de un empresario judío, Eugene Meyer, que había amasado una importante fortuna invirtiendo en la Bolsa de Valores y en otros negocios, —entre ellos, en la compra, en 1933, del «The Washington Post», el Post, un diario local en quiebra— lo que le permitió gozar de una educación y un nivel de vida privilegiados. Aun cuando tuvo estudios universitarios, su formación profesional se desarrolló principalmente en aquel periódico, en el que tuvo sus primeros trabajos como periodista, al inicio en las “secciones de mujeres”, y de “cartas al director” y, años después, escribiendo su columna  «Panorama», sobre temas diversos de interés social.

En 1940, a sus 23 años, se casó con Phil Graham, de quien llevaría el apellido el resto de su vida, un abogado brillante de Harvard de origen humilde, a quien Eugene Meyer cobijó como a un hijo y a quien entregó el control y propiedad de su empresa cuando decidió jubilarse. Phil terminó suicidándose en 1963, como consecuencia de un largo cuadro maniaco depresivo que los médicos no supieron o no pudieron controlar.

Durante todo ese tiempo, Kay, como se le conocía en círculos íntimos, cumplió el papel que la sociedad daba a las mujeres, por más ricas que fuesen. Según relató, sin darse cuenta había asumido con agrado que hasta su muerte sería una madre y una esposa, y que hacer eso de la mejor manera posible era todo lo que deseaba y le cabía esperar. Por ello cuando su padre entregó el control del Post a su esposo, y no a ella, su hija, como correspondía por herencia, lo vio como algo natural, pues no imaginaba que una mujer  que tuviese siquiera la capacidad mínima para dirigir una empresa.

Pero no solo tenía en contra los prejuicios de su tiempo en que el machismo era lo correcto. Poseía además una inseguridad profunda, algo que atribuía también, por una parte, a su madre, compleja y mentalmente inestable que solía minusvalorarla desde niña ante sus pequeños logros. Por otra parte, su esposo le hacía lo mismo de un modo mucho más agresivo, especialmente cuando empezaron a aflorar los síntomas de la enfermedad mental que lo llevaría a la muerte. En los últimos años su relación con él se deterioró notablemente, sobre todo cuando luego de irse a vivir con su joven secretaria, intentó quedarse con la totalidad de las acciones del Post, incluyendo las de su esposa. Recién allí, cuando estuvo a punto de ver que la empresa creada por su padre iba a serle arrebata, fue capaz de reaccionar por primera vez contra un estado de cosas que hasta entonces había sentido como natural.

Luego confesaría que solo cayó en la cuenta de lo injusto de la posición de las mujeres después de conocer el feminismo y de leer «El segundo sexo» de Simone de Beauvoir, cuando ya dirigía el Post. Hasta antes de eso, su objetivo era “mantener, como pudiera, el periódico hasta que (sus) hijos (hombres) tuvieran edad de dirigirlo”. Una amiga le espetó: “No seas tonta. Tú puedes dirigirlo. (…) Es ridículo pensar que no puedes. Te han hecho sentirte tan inferior que no reconoces lo que eres capaz de hacer”. Hasta entonces, K. Graham creía con sinceridad que las mujeres eran inferiores a los hombres y que estaban incapacitadas para dirigir.

LA MUJER MÁS PODEROSA DEL MUNDO

Después de la muerte de su esposo, en 1963, Kay, a sus 46 años, tomó la que sería su primera decisión importante como la nueva persona en la que se convertiría: se quedó con la empresa familiar en contra de la mayoría que de buena fe le recomendaba venderla. Pero solo asumió el papel de dueña. Varios años después, cuando el editor del Post se jubiló, le solicitó que le recomendase un sucesor para el puesto, una especie de nexo de alto nivel entre los dueños de la empresa y la parte periodística, cargo usual en medios anglosajones, pero no en países como el nuestro. Se asombró cuando le recomendó que ella asumiese, pues estaba preparada para ello. Así lo hizo. Sería un nuevo salto al vacío del que terminaría cayendo de pie.

Tomó varias decisiones con el fin de continuar con la tradición iniciada por su padre: rigurosidad en el tratamiento de la información e independencia del trabajo de los periodistas respecto de los intereses de la empresa y del gobierno. Contrató como director a Ben Bradlee, y con él llevaría al Post a la cima, atravesando con brío dos sucesos que marcaron su vida, la de su empresa y la de toda la prensa mundial.

La película de Spielberg cuenta el primero de ellos, es decir, cómo y en qué contexto, en 1971 Katherine Graham decidió apoyar a Bradlee en la difusión de los denominados “Papeles del Pentágono”, un estudio filtrado por un hombre del gobierno y encargado por un exsecretario de Defensa, que probaba cómo los sucesivos gobiernos le habían mentido al pueblo y al Congreso estadounidense sobre la guerra de Vietnam. Inicialmente en manos del The New York Times, el Post tuvo la oportunidad de publicarlos luego de que un juez federal le ordenase al primero abstenerse de hacerlo, y en medio de presiones de Nixon, y de los propios socios y accionistas del diario,  temerosos de se pusiese en riesgo la sobrevivencia económica de este. Finalmente, el caso llegó a la Corte Suprema, que le dio la razón a ambos periódicos. Fue un triunfo que marcó la relación entre la prensa y el poder político en el siglo XX.

Fue su prueba de fuego y su graduación. Antes de eso, como bien relata la película, incluso al frente de su conglomerado empresarial Graham seguía siendo una persona tímida y dubitativa que dependía por completo de otros para tomar decisiones. Seguía siendo sobrepasada y subvalorada por un mundo de hombres. Spielberg y la enorme actriz que es Meryl Streep describen con maestría esa difícil transformación, la de una persona débil atravesando un camino nuevo e incierto, lleno de dudas y miedos paralizantes.

Meses después, el Post iniciaría una investigación de mayor impacto político, la del caso Watergate, que desembocaría en la renuncia de Richard Nixon como presidente de USA, y que fue motivo de una famosa película de 1976, “Todos los hombres del Presidente”, dirigida por Alan Pakula y basada en el libro homónimo de la célebre dupla Woodward y Bernstein, autores de la investigación. En ella la figura de Graham no existe. Robert Redford, el productor y protagonista, lo justificó diciendo que incluir el papel hubiese dificultado la fluidez narrativa y que casi nadie entendería el papel de un editor. Lo más probable es que Redford no entendiese el papel protagónico de Kay, o que nadie estuviese dispuesto a asumir que alguien que antes “solo” era un ama de casa fue quien dio al periodismo el poder que ahora ostenta en países con instituciones democráticas fuertes.

La historia de Katharine Graham es extraordinaria. Por supuesto, tiene claroscuros y en muchos sentidos es una figura polémica, entre otras razones, por su estrecha cercanía al poder y por cierta implacabilidad al momento de imponerse a los demás en sus últimas épocas. Pero no deja de ser una potente lección de cómo “hasta” un ama de casa puede llegar a ser, como ella decía, lo que quisiera ser, que era su forma de entender el feminismo. “La mujer más poderosa del mundo”, inclusive.

(Publicado en el suplemento dominical del diario EL TIEMPO de Piura el 11 de febrero de 2018).

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