STEPHEN, KING

Stephen King, tal vez el escritor vivo más leído del mundo, y uno de los más prolíficos, no está ni de lejos en las apuestas para el premio Nobel de Literatura 2017 que se anunciará la próxima semana. Sin embargo, si se piensa que popularidad y calidad literaria son inversamente proporcionales, su caso bien podría ser la excepción que confirma la regla: la Academia Sueca, que premió el año pasado a un músico como Bob Dylan, bien podría empezar a considerar seriamente a un best-seller.

Nacido en Portland, Maine, Estados Unidos de Norteamérica, en 1947, el 21 de septiembre King acaba de cumplir setenta años en medio de una frenética, aunque rutinaria actividad: con una declarada escritura media de dos mil palabras diarias prepara nuevos libros (uno de ellos a cuatro manos con su hijo Owen), pero también tiene en cartelera dos adaptaciones («La torre oscura», protagonizada por Idris Elba y Matthew McConaughey, e «It», dirigida por Andy Muschietti, que con su payaso asesino ya es la película de terror más taquillera de la historia); además de seis películas y series basadas en sus libros en plena producción o próximas a estrenarse.

Su éxito de ventas, que ya exceden los trescientos millones de copias, con traducciones a más de cincuenta idiomas, y su marca Guiness como el escritor con más obras llevadas al cine lo han hecho rico. Pero a contrapelo de lo que podría esperarse, ha aprovechado esta situación, más bien, para olvidarse del dinero (o al menos para aparentar que lo hace), y en vez de preocuparse por este, asegurarse la máxima libertad creativa y desplegar una posición de millonario filantrópico que dona cuatro millones de dólares al año para obras sociales, y de político progresista que exige que los ricos paguen más impuestos y que combate duramente a Donald Trump. «Lo importante es saber que la cena está pagada, el número de copias que vendes da igual mientras sean suficientes para seguir escribiendo. Adoro este trabajo» ha dicho.

ESCRITOR DE PELÍCULAS

La relación entre la literatura de King y el cine fue casi inmediata. Solo bastaron dos años para que su primera novela, «Carrie», publicada a sus 27 años, en 1974, fuera llevada al cine por un joven y talentoso Brian de Palma, con Sissy Spacek en el protagónico. Y mientras «Carrie» seguía siendo un éxito de taquilla, King puso en circulación «El resplandor» (1976), que cuatro años después terminó en los ecranes por obra y gracia del entonces ya mítico Stanley Kubrick, que además sirvió para poner a Jack Nicholson en un pedestal del que no fue bajado en muchos años.

Como se ve, la suerte de principiante del joven King es pasmosa: en solo seis años sus dos primeros libros convocaron a cuatro grandes del cine: De Palma, Kubrick, Spacey y Nicholson. Cualquier otro ser humano hubiese quedado paralizado frente a tamaña conquista de dinero y supuesto prestigio, pero a King eso le sirvió, más bien, para avanzar con frenesí, al punto que cuarenta años, 79 libros (59 de ellos novelas), cincuenta películas basadas en sus libros, varios guiones y textos después todavía no ha desacelerado el paso. Incluso cuando estuvo convaleciente (a causa de un grave accidente automovilístico) se dio tiempo para redactar «Mientras escribo» (1999), texto a medio camino entre el relato autobiográfico y el manual para escritores.

(DES)PRESTIGIO DE ESCRITOR

King ha ido ganando prestigio literario poco a poco y a contracorriente. En una entrevista reciente, al ser consultado sobre si se sentía maltratado por la crítica, señaló: «Al principio de mi carrera vendía tantos libros que los críticos decían: “Si eso le gusta a tanta gente, no puede ser bueno”. Pero empecé joven y he logrado sobrevivir a casi todos ellos. Muchos críticos saben que llevo años tratando de demostrar que soy un escritor popular, pero serio. A veces es verdad que lo que vende mucho es muy malo, por ejemplo 50 sombras de Grey es basura, porno para mamás. Pero La sombra del viento, de Ruiz Zafón, es bueno, y Umberto Eco ha sido muy popular y es estupendo. La popularidad no siempre significa que algo sea malo (…)».

Cuando en 2003 ganó la Medalla de la National Book Foundation, una de las máximas distinciones literarias en lengua inglesa, por «su contribución a las letras americanas», parte de la crítica destacó su «casi instintivo entendimiento de los miedos que forman la psique de la clase trabajadora estadounidense». Pero otra parte, dentro de la que destacaba el reputado crítico y teórico literario Harold Bloom, fue incompasiva: «Creer que en sus obras hay tan solo un poco de valor literario, logro estético o ingenio tan sólo certifica la propia tontería”, escribió.

Tal vez para acallar a su futura legión de disidentes escribió un ensayo («Danza macabra», 1981), dedicada a explicar la influencia del terror en la cultura estadounidense y su relación personal con este género, que ha ocupado la mayor parte de su bibliografía. Allí señala que el hombre inventa los horrores ficticios para hacer más llevadores los reales, y que buena parte de las veces lo que nos aterra en las obras de horror guarda continuidad con aquello a lo que le tememos en nuestra vida cotidiana (lo que denomina “puntos de presión fóbica” como «ratas, espacios cerrados, la oscuridad, la locura, la muerte de un hijo». Como ha señalado Santiago Roncagliolo, «King no es un mercachifle que se saca de la manga fenómenos sobrenaturales para espantar a adolescentes con acné sino un explorador de los miedos más arraigados en el espíritu humano.»

«Lo que siempre me ha atraído de este género es su forma de asaltarte» explica King. «Una obra de terror no quiere que pienses. Cuando escribo una historia para asustar a los lectores me centro en esa experiencia. Si es buena, te olvidas de ir a buscar a los niños, de ir a la reunión de los scouts o de las clases de música porque te pasas toda la tarde viendo o leyendo La zona muerta y te absorbe completamente».

Las historias de King son, podemos decirlo con conocimiento de causa, bastante eficaces para conocer una perspectiva aguda del mundo, no solamente desde el género del terror. Si aún no lo ha hecho puede poner esto a prueba viendo «La niebla» (2007), «El pasillo de la muerte» (1999), «Sueños de fuga» (1994), todas ellas dirigidas por Frank Darabont, «Miseria» (Rob Reiner, 1990), «Cementerio de animales» (Mary Lambert, 1989), «El fugitivo» (Paul Michael Glaser, 1987), «La zona muerta» (David Cronenberg, 1983). O puede también leer los libros en los que se basan. No sabemos si King es un gran escritor, pero con seguridad sabemos que no es uno que nos deje indiferentes.

(Publicado en el suplemento SEMANA del diario EL TIEMPO de Piura el 1 de octubre de 2017).

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