ROSA CHUMBE

Hay dos grandes hitos en la evolución de la cinematografía peruana del siglo XXI y ambas son óperas primas: «Madeinunsa», de Claudia Llosa Bueno (2005) y «Rosa Chumbe», de Jonatan Relayze Chiang, que acaba de estrenarse en el circuito comercial. La primera renovó el punto de vista de las historias y los personajes de la realidad peruana; y la segunda está llevando la forma narrativa de nuestro cine a un nivel superior, verosímil y maduro, muy poco común hasta hoy.

En el Perú, incluso las narraciones mejor logradas terminaban cayendo en errores recurrentes: los diálogos explicaban demasiado o eran poco naturales, los personajes respondían a estereotipos, las líneas argumentales no conectaban con fluidez, y se prestaba una importancia innecesaria a los giros sorpresivos o a los “finales inesperados” e inexplicables. De algún modo una o varias de estas taras jugaron en contra de obras correctas como «El mudo», «La última tarde», «El soñador», «Octubre» o «El evangelio de la carne».

«Rosa Chumbe» ha logrado romper esas amarras y nos presenta una historia cruda, hondamente humana, con la capacidad de transmitir varios sentimientos fuertes al espectador. No es fácil de ver, por cierto. Requiere de un mínimo de concentración para adentrarse en el mundo sórdido pero a la vez profundamente esperanzador que nos ofrece. Relayze narra, con una sinceridad que se nota en la pantalla, la historia de una policía de edad madura, madre soltera y abuela, llena de rutinas, desgano, desamor, frustración, ron barato y máquinas tragamonedas, que por circunstancias que le son impuestas, debe cuidar a su nieto, un bebé.

Liliana Paula Trujillo Turín, actriz profesional del TUC, que hasta ahora había sido relegada en el cine a pequeños papeles secundarios, ofrece una performance perfecta, digna de las mejores cinematografías del mundo, que le ha valido el premio a mejor actriz en el BAFICI de Argentina. Sin alguien como ella sosteniendo la película, al director le hubiese sido muy difícil transmitir al final una sensación que trasciende su propia historia y que llega a calar en el alma del espectador que esté preparado para ello. Tan bueno es el trabajo de Trujillo que en las secuencias en las que está jugando en el casino, los primeros planos de su rostro y, en especial, de sus ojos, son suficientes para decirlo todo sobre la vida de su personaje. Sin una sola palabra. En un nivel menor, pero con igual solvencia, Cindy Díaz, que hace de su hija, aporta verosimilitud y consistencia, aunque el punto más flojo de la obra sea la conexión de estas dos líneas argumentales.

La otra gran virtud de la obra es la forma en la que aparece Lima, como una presencia omnicomprensiva, pintada a partir de algunos de sus lugares emblemáticos (entre otros, la Alameda Chabuca Granda, la Comisaría de Monserrat, el restaurante 24 horas «El buen sabor» de la Av. Arenales), pero sobre todo a través de sus personajes anónimos: una vendedora de fritangas, un cobrador de micro, un ladrón de carteras, mujeres que conversan en las bancas o en el bus, una vendedora de kiosko, dos niños músicos-trabajadores que piden comida, la fe que se cuela en los casinos y se clava en las gentes de la procesión del Señor de los Milagros. En varios momentos sus voces pasan a un primer plano como para acentuar que Chumbe no llegó sola a la hondonada de la que parece no querer ni poder salir. La experiencia vital del director, que ha vivido en más de diez distritos de Lima, y que ha caminado la ciudad sintiéndola, ha sido fundamental para esta lograda visión citadina.

Incluso aporta grandemente a la historia la selección de muy buenos chistes que cuenta el Gordo Casareto y que Rosa ve puntualmente en su programa de televisión. Este es un buen ejemplo de cómo introducir a un personaje popular para atraer audiencia, pero de un modo inteligente y sin perjudicar la calidad de la obra.

Es lamentable que la falta de financiamiento haya hecho que Relayze se demore ocho años en terminar su película y que desde su estreno oficial en el Festival de Lima en el 2015 hayan pasado casi dos años para que podamos verla en cartelera, y apenas en pocas salas de Lima y Cusco, a pesar de los premios ganados en festivales internacionales como el de Argentina, Montreal y Chile.

Para terminar, destacaré que posiblemente ninguna obra peruana cuenta con una escena final realizada con tanta maestría: dura lo justo y tiene la tensión e intensidad exactas para resumir en un solo momento todo el metraje y dejar desarmado al espectador. En la función en la que estuve el viernes, al encenderse las luces vi con claridad algo que no había visto nunca en una película nacional: tres muchachos de no más de 25 años tenían los ojos húmedos y se los limpiaban con disimulo. Al cuarto lo vi sentado, llorando con las manos en la cara, agachado. Una mujer que seguramente era su madre lo abrazaba y lo miraba con una sonrisa tierna. De amor.

(Publicado solo en el blog).

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