MEDIO SIGLO, CIEN AÑOS

Mañana 5 de junio «Cien años de soledad» cumplirá medio siglo desde su primera publicación a cargo de la editorial Sudamericana de Buenos Aires. La obra más representativa del colombiano Gabriel García Márquez, premio Nobel de Literatura 1982, envejece o se mantiene joven según se le mire, pero lo hace con un indubitable protagonismo, no solo a nivel literario, en Latinoamérica y el mundo.

También hace cincuenta años, el 5 y el 7 de septiembre de 1967, el autor participó de un conversatorio con Mario Vargas Llosa en la Universidad Nacional de Ingeniería de Lima. «La novela en América Latina» fue el título del encuentro de los dos principales motores del boom literario latinoamericano, cada uno en pleno auge en sus aceleradas carreras. Vargas Llosa ya había publicado «Los jefes» (1959), «La ciudad y los perros» y «La casa verde» (1966); y García Márquez, además, «La hojarasca» (1955), «Los funerales de la Mamá Grande» (1962), y «La mala hora» (1962). Se trataba, pues, de dos escritores jóvenes (de 30 y 39 años, respectivamente) de altísimo nivel que desde la Literatura habían logrado darle protagonismo a Sudamérica en el mundo.

Para ese mundo, principalmente europeo y norteamericano, «Cien años de soledad» resultó ser en muchos aspectos un reflejo fantástico, pero a la vez real del espíritu del habitante de América Latina. A partir de Arturo Uslar Pietri, se dio por llamarle «realismo mágico» a esa forma de contar historias y desde allí esas dos palabras crearon un nuevo movimiento literario que derivó, en no pocos casos, en una imitación de tono sin mayor gracia y en el uso indiscriminado de una voz que era irrepetible. Los realistas mágicos que aparecieron por doquier con características de plaga antiliteraria vinieron a socavar el prestigio de una obra que valía mucho más por sí misma que por todas las consecuencias que produjo. Y vinieron a convertir una mirada de profunda consistencia artística sobre la realidad latinoamericana en otra, esta vez impostada y anodina.

«Cien años…» no tiene la culpa del desgaste de “su realismo mágico”, que debió quedar protegido entre los márgenes de las 351 páginas de la edición original. De ese modo se juzgaría mejor el peso del tiempo sobre ella o, mejor aún, no se la juzgaría en absoluto desde ese punto de vista. Solo se haría lo que se hace con todo lo que nos causa gozo o felicidad: volveríamos a visitarla una y otra vez, sin culpa. Como ocurre con El Quijote, su historia se ha metido en el aire, se hizo vapor, olor, brisa agradable que no necesita entenderse. Pero a causa de esto también se la dejó de leer y de a pocos se volvió un lugar común, de esos que mencionamos sin conocerlos ni sentirlos.

En el conversatorio de 1967, cuando el público solo había tenido tiempo para apreciarla, y antes de que los impostores intentaran apropiarse, sin éxito, pero con bullicio, de su alma, los dos autores conversaron sobre el futuro de la novela a partir de su proceso creativo. Explicaba allí García Márquez, preguntado por Vargas Llosa, que su supuesto realismo mágico era verdaderamente un realismo: «Yo creo que particularmente en Cien años de soledad, yo soy un escritor realista, porque creo que en América Latina todo es posible, todo es real. Es un problema técnico en la medida en que el escritor tiene dificultad en transcribir los acontecimientos que son reales (…) porque en un libro no se creerían. Pero lo que sucede es que los escritores latinoamericanos no nos hemos dado cuenta de que en los cuentos de la abuela hay una fantasía extraordinaria en la que creen los niños a quienes se les está contando y me temo que contribuyen a formarlo, y son cosas extraordinarias, son cosas de las Mil y una noches, verdad?»

Esa realidad de su época, y la de hoy, es pródiga en ejemplos de sucesos increíbles que sin embargo ocurren también en la vida cotidiana: «Hay algo más que ha llamado mucho la atención (…), y es que hay una chica muy bella y muy tonta que sale al jardín a doblar una sábana y de pronto se va al cielo en cuerpo y alma. La explicación de esto es mucho más banal de lo que parece. Había una chica que correspondía exactamente a la descripción que hago de Remedios la Bella (…). Efectivamente se fugó de su casa con un hombre y la familia no quiso afrontar la vergüenza y dijo, con la misma cara de palo, que la habían visto doblando unas sábanas en el jardín y que después había subido al cielo. En el momento de escribir, prefiero la versión de la familia, la versión con la que la familia protege su vergüenza, la prefiero a la real, que se fugó con un hombre que es algo que ocurre todos los días y que no tendría ninguna gracia».

El estilo de García Márquez en «Cien años…» es irrepetible. Está formado no solo de una técnica perfeccionada a pulso sino de una experiencia vital profunda, de una conexión con su pasado, el de su familia, su tierra y su tiempo, que solo un genio creativo que aparece contadas veces puede amalgamar. El espléndido escritor colombiano Fernando Vallejo publicó una crítica mordaz contra la obra. Acusó a su autor de haber plagiado a Honorato de Balzac, de ser poco original y de agraviar la sintaxis. Al analizar el famoso primer párrafo del niño que conoce el hielo, deja en evidencia la redundancia que supone utilizar en la misma oración los términos “muchos años después” y “remota”, entre otros errores muy bien sustentados técnicamente. Dice también que estéticamente el título es deleznable y propone uno más apropiado: «Un siglo de ausencia».

Posiblemente tenga razón, pero eso ya no es relevante. García Márquez dijo en esa conferencia que lo que a él más le importaba era contar una buena historia y las buenas historias prescinden de reglas, rigores y academias. Necesitan genio, eso sí. Al releer «Cien años de soledad» veinte años después he recordado con claridad quién era yo en ese entonces, y creo que eso suele pasarle a muchos con los libros que los han marcado. Este, en particular, sigue enseñándome que uno debe vivir, del mismo modo en que aquel fue escrito: haciendo latir la vida, sintiendo su paso y su peso con cada respiración,  a plenitud y sin importar errores de sintaxis.

(Publicado en el suplemento SEMANA del diario EL TIEMPO de Piura el 4 de junio de 2017).

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