«MORIR DE AMOR»: ¿Es el feminicidio un crimen de Estado?

El pasado marzo —bajo el sello Aguilar, del conglomerado editorial Penguin Random House— entró en circulación «Morir de amor. Un reportaje sobre el feminicidio en el Perú», de la periodista Teresina Muñoz-Nájar (Lima, 1955), que tal como señala su autora aborda esta problemática, el asesinato de mujeres por “razones” machistas, desde una mirada periodística «con la mayor sencillez y sensibilidad posibles».

Se trata de un largo reportaje de 143 páginas organizado en cuatro capítulos que relatan cuatro asesinatos de mujeres por sus parejas: Simona (45), Lisbeth (24), Tiffany (16), y Karol (25), esta última eliminada junto con su bebé de ocho meses de gestación. Los crímenes, ocurridos entre el 2010 y el 2015, fueron perpetrados, respectivamente, por Luis Nilton Sucasaire Sucasaire (23), Joseph Estrada Moreano (24), Roque Huayhua Contreras (22) y Samuel Alejandro Tejada Zegarra (25). Así, a partir de la caracterización de los protagonistas y sus circunstancias, en contrapunto con el análisis del papel del Estado en sus casos, Muñoz Nájar intenta mostrarnos la realidad del feminicidio en el país y los retos para enfrentarlo. Para ello se ha servido también de entrevistas y de la revisión de textos de especialistas, así como de información de la Defensoría del Pueblo, el Ministerio Público y la ONG Promsex, entre otras.

Su mirada no es neutra y no puede serla dado que el primer caso la toca directamente: Simona Estelita Quispe Apaza fue trabajadora del hogar de su hermana por más de veinte años hasta el día de su muerte. Esta condición y su convicción sobre la necesidad de erradicar el entorno violento de las mujeres nos colocan frente a una obra comprometida, pero sobre todo consciente de la complejidad de su causa. En esa línea la autora informa de algunas cifras de infamia, entre ellas las siguientes: el 80% de las violaciones sexuales ocurre contra mujeres menores de 18 años y principalmente entre los 14 y 17; el 20% de presos (entre procesados y sentenciados) están acusados de violación sexual de una menor de edad, el segundo delito más frecuente solo superado por el robo agravado. Asimismo, uno de cada tres agresores sexuales mantiene vínculos cercanos con sus víctimas y en los casos de feminicidio el 94% de los criminales justificó su delito en la conducta de su víctima (celos, infidelidad, conducta inadecuada, negativa de continuar una relación, haber terminado la relación y negativa a tener relaciones sexuales).

Su crítica a la respuesta del Estado es inevitable. Aunque sabemos de las deficiencias del sistema judicial y de las múltiples dificultades que enfrentan las víctimas y sus familiares para obtener protección y justicia, conocer de primera mano casos específicos puede resultarnos revelador. En los relatos de Muñoz Najar vemos a policías, médicos, fiscales y jueces aparecer y desaparecer casi como sombras en medio de historias de horror y desolación que les resultan ajenas, lejanas, cotidianas. En ellas estos funcionarios aportan muy poco a los interese de las víctimas y mucho a la naturalización de un fenómeno que debiera ser por sí mismo intolerable. El monstruo del Estado suele devorar con más facilidad a las más vulnerables e inclusive a algunos servidores públicos, activistas y feministas que bregan contra el nefasto estado actual de las cosas.

La violencia contra la mujer, y el feminicidio como su grado máximo, destruye vidas, la de las víctimas, pero también la de sus hijos, su entorno familiar e incluso la de los hombres violentos que no tienen una vía de reeducación o tratamiento. Somos un país con una casi nula política de atención de la salud mental de sus ciudadanos y de ese modo nos perpetuamos como una sociedad crónicamente enferma.

El libro deja en claro que la violencia contra la mujer, sus causas y efectos, no puede seguir siendo tratada en ningún nivel como un asunto privado. Se requiere de una conjunción eficiente de esfuerzos que implican al Estado y a la sociedad. Hay mucho por hacer a nivel policial, fiscal y judicial para brindar medidas de protección oportunas capaces de salvar vidas, para mejorar la eficacia de las investigaciones, para capacitar a los operadores de justicia y en suma para evitar la impunidad. También es necesario trabajar en la prevención y en un cambio cultural que deje atrás costumbres machistas fuertemente arraigadas, que son germen de la violencia. Hace falta que las políticas públicas que ya existen sean potenciadas con mayores recursos y una mejor integración en los gobiernos nacional, regional y local.

Es imprescindible que los niños y las niñas crezcan sabiéndose iguales y respetándose como tales, que caigan viejos prejuicios que nos siguen hablando de características masculinas superiores y femeninas inferiores. Para desnaturalizar la violencia debemos primero desnaturalizar esta desigualdad entre hombres y mujeres que cargamos como un ancla que nos sujeta al subdesarrollo. El Ministerio de Educación, las universidades, los institutos superiores, los padres de familia, las organizaciones sociales y cada uno de nosotros tiene deberes ineludibles. Las mujeres de los relatos de Teresina Muñoz pueden ser capaces de confrontarnos con todo lo que no hemos hecho en el país o hacemos mal. Pueden hacernos entender que el feminicidio y la violencia contra la mujer es un delito que cometen hombres en solitario, pero que en ello la sociedad y el Estado, que es la sociedad organizada como tal, también tienen una grave responsabilidad. Esos crímenes son también nuestros crímenes.

El libro es valioso y oportuno y debiera ser leído en las casas, en los colegios, en los centros superiores de estudio. Decirlo no nos impide discrepar con su título, aunque suene bien, pues el feminicidio puede tener variadas causas, pero ninguna de ellas tiene que ver con el amor. Ese mito también debe ser destruido.

(Publicado en el suplemento SEMANA del diario EL TIEMPO de Piura el 14 de mayo de 2017.)

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