CUATRO MESES DE CINE PERUANO

En lo que va del año seis películas peruanas fueron estrenadas en el circuito comercial. El conjunto tiene la particularidad de ser una muestra muy representativa del camino que está tomando nuestro cine, uno que pese a sus altibajos deja lugar para la esperanza.

«El soñador», segundo largometraje de Adrián Saba, el director más joven del grupo, «Wi:k», del debutante Rodrigo Moreno, y «La última tarde», segundo largo de Joel Calero, todavía en cartelera, son de lejos las mejor logradas. Las tres son típicas piezas de cine de autor en las que existe, con mayor o menor acierto, un claro lenguaje cinematográfico que sirve para reforzar la historia y dotarla de un sello particular. Asimismo, dentro del ámbito  nacional, destacan por una narrativa con claras intenciones de novedad y experimentación.  Ninguna fue estrenada en Piura.

Respecto de la novedad de la narrativa, la más notoria es «Wi:k» (representación fonética de week, semana en inglés), en la que se cuenta una semana en la vida de tres jóvenes amigos limeños (dos hombres y una mujer) que viven cada día como un mismo domingo depresivo. Sus principales defectos son un exceso de «poesía» en las imágenes, que no siempre sirven a la trama, y un guion que peca de giros ya no tan novedosos como el uso de la pornografía. Destacan el uso de los espacios y la iluminación para transmitir la soledad y la derrota de un grupo de perdedores que se juntan para hacer más llevadera su vida. «Wi:k» sirve principalmente como vehículo de expresión del sentimiento de una época y de una generación.

De este mismo tipo es «El soñador», película centrada en las frustraciones de un adolescente pobre atrapado en un mundo de delincuentes que solo tiene a sus sueños y al amor como válvula de escape. Onírica y realista por contraste, utiliza muy bien, aunque en el límite del exceso, las metáforas visuales, los sonidos de las aves, del desierto y del agua. Es quizá la historia mejor contada y sin lugar a dudas tiene uno de los mejores finales de nuestro cine reciente. Sus defectos van también por un guion con algunos diálogos que lucen forzados.

«La última tarde» es la obra más madura de las tres y la que más arriesga al centrarse casi por completo en una conversación entre una pareja de exemerretistas que vuelven a verse luego de diecinueve años solo para firmar su divorcio. Lucho Cácheres y Katherina D´Onoforio tienen el gran mérito de darle a la historia un espesor y profundidad que por sí misma no tiene. Metáfora social y política sobre una época que el país no ha superado todavía, la obra se desarrolla muy bien mientras la caminata conversada dura y saltan preguntas, recuerdos, reclamos y una evaluación ideológica sobre la violencia como arma política. En los últimos diez minutos el guionista (el mismo Calero) se aleja de la metáfora y busca sorprender al espectador de un modo completamente innecesario, como si el cine peruano no pudiera prescindir del dato escondido como técnica narrativa. Tanto esta como «Av. Larco», de Jorge Carmona, tienen el mérito de intentar una reflexión sobre la época del terrorismo, sobre las heridas que no cierran y sobre el papel de la memoria y la justicia en esa reconciliación nacional que parece tan lejana.

Sin embargo, «Av. Larco» sigue manteniendo las peores taras del mundo de Tondero: un guion y personajes superficiales, el musical entendido como una seguidilla de videoclips, el desaprovechamiento del cine como lenguaje artístico, los mismos actores y actrices con las mismas deficiencias en sus performances y con escasa habilidad para el canto, y un pretendido realismo que sin embargo oculta la diversidad racial y social del país y lo hace aparecer casi todo como un homogéneo universo miraflorino. Pese a todo ello la película es un importante avance dentro de la tendencia predominantemente comercial de la productora, pues representa una interesante apuesta por utilizar su influencia en el gran público para plantearle problemas sociales que deben ser resueltos, entre ellos los discursos de odio racial y social, pero también la homofobia. Habrá que esperar para saber si esta tendencia se mantiene.

«Cebiche de tiburón», que ya hemos comentado en este suplemento, y «Buscando Nirvana» son típicos ejemplos de comedias que subestiman la inteligencia del espectador y que reinciden en un humor plano, excéntrico y lindante con lo grotesco. Sobre ellas solo diremos que nos parece una buena noticia que no hayan sido el gran negocio que se esperaba que fuesen y que ello obligará a los productores y directores a buscar otros caminos para su cine comercial.

UNA NUEVA LEY PARA EL CINE PERUANO

Recientemente el Ministerio de Cultura ha publicado para su discusión el anteproyecto de la nueva «Ley de la cinematografía y el audiovisual peruano», uno de cuyos objetivos es generar mejores mecanismos de financiamiento para la producción nacional (destinar el 5% de la taquilla a un Fondo de Fomento de la Cinematografía, un mínimo de permanencia de las obras peruanas en salas comerciales, entre otras). El texto está disponible en el portal web de la Dirección del Audiovisual, la fonografía y los nuevos medios http://dafo.cultura.pe y es una inmejorable oportunidad para lograr que el Estado respalde no solo a los productores, actores, directores y demás hacedores del cine, sino que contribuya con su difusión y con la formación de un público cada vez más masivo, única forma en la que un cine peruano de calidad puede hacerse sostenible.

(Publicado en el suplemento dominical SEMANA del diario EL TIEMPO de Piura el 7 de mayo de 2017.)

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