RUDYARD KIPLING, UN CLÁSICO PARA NIÑOS Y ADULTOS.

Sigue en cartelera «El libro de la selva», la película en live-action con la que Disney reedita el éxito de su primera versión animada de 1967. La producción respeta la esencia del libro del mismo título, cuya primera parte el inglés Joseph Rudyard Kipling publicó hace 122 años, en 1894, y es una oportunidad para llamar la atención sobre su obra, una de las más influyentes de la literatura universal.

El estreno de la película coincide con el centésimo quincuagésimo aniversario del nacimiento de Kipling (en 1865, en Bombay, India Británica) y el octogésimo de su muerte (en 1936, en Inglaterra). El tiempo, sin embargo, no ha hecho mella a la obra del primer Premio Nobel inglés (1907), e incluso ha servido, en perspectiva, para que pierda valor la peor de sus caras: la de su pensamiento político conservador, imperialista y racista. Los libros de Kipling, que ya hasta prescinden de su autor, pueden leerse con una fascinación propia de las historias sin tiempo.

En el «Libro de la selva» (también conocido como «El libro de las tierras vírgenes», se cuenta la eterna historia de la relación entre el hombre y la naturaleza y se asiste a la convivencia, a ratos pacífica, a ratos violenta, del hombre con los animales, de lo racional con lo salvaje. Los animales, como en las fábulas más antiguas, sirven como espejos sorprendentes de la profundidad del alma humana. Pero la virtud de este libro inagotable va más allá de los temas hondos que aborda.

Se trata también de una obra formalmente sólida, escrita con una destreza técnica apabullante, que prescinde de rodeos y divagaciones, y que puede considerarse como de acción pura. De ese modo logra una narración fluida, pero sobre todo, divertida, capaz de hacer creíble una historia que de otro modo resultaría absurda; que logra meter al lector en los diálogos y aventuras de un niño-adolescente con una pantera sabia, un oso gris despreocupado, una astuta boa constrictor, un tigre de bengala vengativo y odiador, una loba maternal y un orangután loco por el poder. No en vano Jorge Luis Borges, uno de los más prestigiosos discípulos de Kipling, decía que él «[…] era, después de Shakespeare, el único autor inglés que escribía con todo el diccionario. Sabía administrar sin pedantería esa profusión léxica. Cada línea ha sido sopesada y limada con lenta probidad».

De todas las películas basadas en «El libro de la selva», la que está en cartelera es, tal vez, la que más se acerca a la riqueza de la historia original, que en realidad corresponde a la de ocho cuentos independientes que tienen como protagonista al niño Mowly, abandonado cuando era un bebé y criado por una manada de lobos en el corazón de la selva india donde no llega el rastro del hombre. Decimos que solo «se acerca» porque el libro —que Kipling escribió pensando en lectores adultos— tiene un tono más oscuro: los animales son más violentos y complejos y hasta Mowly es capaz de pensamientos y actos sombríos. Esa fue una de las principales razones por la que muchos en Disney creyeron imposible, en los años sesenta del siglo pasado, hacer una versión animada para niños. Muchos, pero no Walt Disney, que hizo de este su último proyecto.

Que un libro pueda ser leído por igual por niños y adultos de hace cien años y de hoy, y que sea capaz de despertar en cada lector sentimientos distintos, pero similarmente convincentes, es una de las mayores pruebas de que nos encontramos ante un clásico, o ante lo que el canon considera como tal. Que a partir de un libro se pueda seguir reactualizando en el cine una historia que no pierde vigor es, además, una oportunidad inmejorable para, a través de este arte audiovisual, motivar la lectura tanto en niños como en adultos.

En una famosa entrevista, Borges decía que la «lectura obligatoria es un contrasentido» porque ni el placer ni la felicidad son obligatorias, sino que los buscamos. Por eso siempre aconsejó a sus estudiantes que «si un libro los aburre, déjenlo, no lo lean porque es famoso, no lean un libro porque es moderno, no lean un libro porque es antiguo. Si un libro es tedioso para ustedes, déjenlo… ese libro no ha sido escrito para ustedes. La lectura debe ser una forma de la felicidad».

Estoy seguro, sin embargo, que si alguna vez un estudiante pidió la recomendación de una obra que le permitiese descubrir el placer de leer, Borges le dio un título de Kipling. Tal vez este que hemos comentado, tal vez, «Kim», que él considera una obra maestra, o «El hombre que pudo reinar», «La ciudad de la noche atroz», «Los constructores del puente», «Mary Postgate», o «La puerta de los cien pesares». En fin, quizá lo único que quiero decir por ahora es que si usted deja un libro de Kipling en un lugar visible de su casa, es muy probable que un niño, un adolescente, o un adulto de los suyos descubra el placer de leer.

(Publicado en el suplemento SEMANA del diario EL TIEMPO de Piura el 1 de mayo de 2016.)

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