¿POR QUÉ LEER?

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Según cifras del Consejo Nacional de Educación, el índice de lectura de los peruanos mayores de 18 años es de menos de un libro por año. Esto es claramente un promedio pues según la UNESCO el 60% nunca ha leído uno. De este último dato la media de América Latina es 50% y solo México (73%) está peor.

La situación de Chile es la mejor de la región. Allá, aunque no tienen pisco ni la mejor gastronomía solo el 20% de sus ciudadanos son no lectores y su promedio de lectura es de 5.4 libros por habitante por año. Estas cifras son mejores que Uruguay (4.6), Argentina (4. 6), Colombia (4.1), Brasil (4) y México (3.8), los centros culturales más importantes de la región, pero continúan siendo muy inferiores a países como Japón, cuyo 91% de habitantes está acostumbrado a leer un promedio de 46.5 libros por año. En Europa llevan la delantera Suecia (80%), Finlandia (74%) y Reino Unido (70%).

¿Por qué leemos tan poco los peruanos? Hay un cúmulo de razones y ninguna de ellas es tan simple como decir que somos flojos, no nos interesa, que es culpa de la televisión o que los libros son  muy caros. Sin embargo, puede decirse incluso que sí leemos y mucho, en comparación con el resto del mundo si se tiene en cuenta que uno de los periódicos con mayor tiraje en el orbe (“El Trome”, un millón de ejemplares) es peruano y que el 80% de compatriotas es lector de diarios. Este dato prueba, al menos, que el peruano sí lee, pero que  por ahora le interesan más las noticias cortas, sensacionalistas y en lenguaje coloquial antes que los libros, la alta literatura, la divulgación científica, histórica o de otra índole.

La lectura es un hábito, un gusto adquirido que solo puede germinar bajo condiciones propicias y el país ha carecido de ellas en casi toda su historia. Amplios sectores de la población actual apenas son primera o segunda generación con acceso a una educación básica, ya ni se diga superior, y en muchos casos recién salen del analfabetismo. Por lo demás, la calidad de la educación es ínfima. Si tomamos como parámetro a la prueba PISA el porcentaje de escolares que no entiende lo que lee es altísimo. Si se aplicara una prueba similar en el nivel superior nos llevaríamos un pasmo mayor, pues la calidad de la educación en la mayoría de universidades e institutos es precaria.

Y hay problemas adicionales: amplios sectores de estudiantes indígenas reciben clases en castellano, un idioma que no entienden, o sin contar con metodologías elementales que permitan que su identidad cultural sea preservada a la vez que se garantiza su aprendizaje. Asimismo, más de millón y medio de niños se ve obligado a trabajar para subsistir o por simple explotación, con lo que resulta utópico hablar siquiera de inculcarles el “placer de la lectura”. Este placer es anulado, además, con una política educativa que sobreestima lo “técnico” y que considera que las artes o la Filosofía no sirven para nada y que deben eliminarse las horas lectivas dedicadas a ellas. Esta visión miope del mundo se ha vuelto un sentido (un sinsentido, en realidad) común que desdeña por inútiles la labor de filósofos, poetas, novelistas, cineastas o músicos. Es anulado también por una currícula escolar que considera a la lectura un castigo o una carga y a la literatura un curso para memorizar poesías, autores y argumentos de un canon muchas veces vetusto y ajeno.

En «Justicia poética», Martha Nussbaum, una de las filósofas más importantes de esta época, afirma que habría menos injusticia en los tribunales si los jueces leyeran más, por ejemplo, literatura de ficción. Esta, señala, es fundamental para lograr empatía con el “otro”; pues se aprende más de la justicia leyendo «Oliver Twist» que un tratado de Derecho.

Por otro lado, leer nos da herramientas para afrontar la vida que la realidad es incapaz de darnos. En tono vargasllosiano, diremos que nos hace vivir otras vidas, visitar lugares y épocas fuera de nuestro alcance. Pero justamente por ello la lectura, como todo placer, no puede ser impuesto; como todo amor debe ser buscado y cultivado por convicción. En una entrevista reiteradamente citada, Jorge Luis Borges, que aseguraba ser mejor lector que escritor, decía que les aconsejaba a sus estudiantes que «Si Shakespeare les interesa, está bien. Si les resulta tedioso, déjenlo. Shakespeare no ha escrito aún para ustedes. Llegará un día que Shakespeare será digno de ustedes y ustedes serán dignos de Shakespeare, pero mientras tanto no hay que apresurar las cosas».

Como país tenemos la obligación de generar las condiciones para que la lectura florezca en la vida de nuestros conciudadanos y esas cifras de pavor mencionadas al inicio mejoren; para que cualquier niño, cualquier niña, tenga la posibilidad de un día encontrarse frente a frente con un libro, un autor, una historia o un personaje que le cambiará la vida. Por lo pronto, cuando quiera promover que un niño o adolescente lea, más efectivo que regalarle un libro es dejarlo a su alcance para que ambos se encuentren cuando haya llegado su momento.

(Publicado en el suplemento SEMANA del diario EL TIEMPO de Piura el 8 de enero de 2017.)

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