LA OPORTUNI-DAD DEL CINE PERUANO

A pesar de que en los últimos años algunas películas peruanas han tenido un enorme éxito de taquilla, el cine peruano está lejos de poder ser considerado una industria. Al contrario, la fórmula que productoras como Tondero han escogido para generarse taquillazos les garantiza a la larga ahuyentar a los espectadores de las salas. El cine que podría generar un público permanente está siendo dejado en el abandono a cambio de una bonanza efímera.

El humor simplón, el terror disforzado, las historias de autoayuda fácil y de héroes sobreestimados terminarán hostigando a un consumidor que pronto empezará a notar que es permanentemente subestimado. No es un problema que radique únicamente en los temas escogidos para los guiones. El problema es que estas historias, a pesar de que se presentan en pantallas gigantes y acaparan gran número de salas de cine, son contadas dejando de lado la mayoría de posibilidades que brinda el lenguaje cinematográfico. Películas de gran público como «Asumare», «Locos de amor» o «A los 40» no pasan de ser un collage de sketchs que muy bien pudieron formar parte de un programa de televisión light. Sus productores han preferido la seguridad de llevar lo que la gente ya ha aceptado en la pantalla chica, sin hacer los ajustes que el séptimo arte exige. Ni el color ni la fotografía ni las bandas sonoras ni la edición ni la dirección artística ni los encuadres de este tipo de películas han justificado el hecho de grabarlas en formato cinematográfico. Es como tomar una foto con un celular de baja resolución y pretender hacerlo pasar por una pintura al óleo. Algunas películas, y es duro decirlo, se han parecido más a una obra de teatrín improvisada para una tarde de kermesse universitaria. Y en el género del terror, hemos (ojalá) tocado fondo.

En sí mismo no es malo que se haga cine para gustar a grandes públicos. Lo que no puede hacerse, como casi todo en la vida, es irse a los extremos al punto de terminar desfigurando por completo la razón por la que uno se dedica a alguna profesión u oficio. Por ejemplo, no está mal que por buscar el auspicio económico privado se difunda algunas marcas en el metraje de la película, pero no puede llegarse a convertir a la obra en una seguidilla de comerciales camuflados, casi casi en un comercial de hora y media. Y eso, si uno mira con atención varias de las películas de Tondero, ha terminado siendo regla.

Es emocionante, sin embargo, que pese a todas las adversidades, sigan existiendo directores, productores, guionistas, técnicos y actores que, a contracorriente del  contexto hostil en que se mueven, siguen apostando por obras que se salen del molde y que cuentan historias de un modo sincero y efectivo. Esto ocurre casi por igual en Lima y en el interior del país, pues las limitaciones presupuestales suelen ser una magnífica oportunidad para construir un cine centrado en su esencia, que de un modo u otro no es otra cosa que usar sus recursos para conmover. En los últimos años hemos tenido varios ejemplos de ello, aunque por lo general no han sido respaldados con la compra de entradas. «Chicha tu madre», «El mudo», «Magallanes», «Extirpador de idolatrías», «Contracorriente», «Rodar contra todo», entre un puñado de varias más, son un ejemplo prístino. Del cine regional apenas tenemos noticias, pues llegan casi por excepción a Lima y en provincias se presentan con muy poca difusión previa, casi a escondidas. En el caso de Piura no tenemos noticias de una producción en los últimos años  y es algo que a los piuranos debiera preocuparnos.

Todo esto deja en claro que no podemos siquiera pretender que estamos camino a construir una industria como la argentina, la mexicana o la brasilera, por citar solo los ejemplos de América Latina, que no es ni de lejos uno de los mercados más avanzados del orbe. Desde la empresa privada, la sociedad civil organizada y el Estado debemos tomar la iniciativa de promover la generación y el crecimiento de esta industria, cuyos efectos en la educación, la cultura e incluso en la economía del país son invaluables. Si se mira con cuidado a las sociedades más avanzadas se notará que ellas cuentan con mercados nacionales cinematográficos (y en general artísticos) de una robustez innegable. Sería importante que el nuevo Ministro de Cultura (un director de cine que sabe de su oficio) emprenda una campaña agresiva para acercar el cine peruano a un público que se ha mantenido lejano por razones en su mayoría ajenas al cine mismo.

El primer paso que se ha dado en ese sentido es encomiable. A partir de este mes en diversas locaciones de Lima y Callao se proyectarán de modo gratuito un conjunto de películas peruanas de gran calidad, que han recibido premios y subvenciones del Estado peruano. Al ciclo se le ha denominado «Hecho en el Perú» y su siguiente paso debe ser llegar a la totalidad de regiones, entre ellas Piura. Las universidades, los centros culturales y otros espacios alternativos de la región harían muy bien en contactarse con el ministerio para replicar esta experiencia cuanto antes. Otros pasos importantes son garantizar no solo el financiamiento para la preproducción, producción y postproducción sino, sobre todo, para la difusión y comercialización en salas. Es necesario hallar una fórmula suficientemente convincente para que la empresa privada (con ayuda directa o indirecta del Estado) apueste también por nuestro cine. Lo que como país nos estamos perdiendo por no tomar acción sobre esta problemática es demasiado.

(Publicado en el suplemento SEMANA del diario EL TIEMPO de Piura el 15 de enero de 2017.)

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