JOSÉ MARÍA ARGUEDAS, PADRE FUNDADOR DEL PERÚ

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El mismo día de la fundación española de Lima, el 18 de enero último, se conmemoró el centésimo sexto año del nacimiento de José María Arguedas Altamirano, el Tayta Arguedas, el padre fundador de algo que todavía no existe del todo, pero que existirá pronto gracias a su legado: la concreción de la utopía de un Perú unido en su diversidad.

Esta utopía no pudo ser imaginada por San Martín, Bolívar, Rodríguez de Mendoza, Sánchez Carrión o Unanue, nuestros primeros padres fundadores, a quienes debemos las ideas de libertad y vida republicana, ni por Grau, el segundo, que aportó a esa utopía los valores de integridad, honor y compromiso. Arguedas, testigo de excepción de un país fracturado, hijo (o hijastro) de gamonales criado entre indios explotados, tuvo la sensibilidad particular de comprender que un país tan diverso como el nuestro es inviable si no se establecen vínculos vivos entre sus partes, si no se unen en igualdad y con la misma dignidad estos dos zorros, uno de arriba y otro de abajo, que casi siempre se han mirado como contrarios. Esta idea cuyo germen más remoto puede encontrarse en el discurso del Inca Garcilaso de la Vega adquiere en Arguedas una concreción moderna que se nutre tanto de indigenismo como de una mirada de vanguardia de derechos fundamentales.

En su famoso discurso de 1968 lo dijo con claridad: «Contagiado para siempre de los cantos y los mitos, (…) hablando por vida el quechua, bien incorporado al mundo de los cercadores, visitante feliz de grandes ciudades extranjeras, intenté convertir en lenguaje escrito lo que era como individuo: un vínculo vivo, fuerte, capaz de universalizarse, de la gran nación cercada y la parte generosa, humana, de los opresores. El vínculo podía universalizarse, extenderse; se mostraba un ejemplo concreto, actuante. El cerco podía y debía ser destruido; el caudal de las dos naciones se podía y debía unir. Y el camino no tenía por qué ser, ni era posible que fuera únicamente el que se exigía con imperio de vencedores expoliadores, o sea: que la nación vencida renuncie a su alma, aunque no sea sino en la apariencia, formalmente, y tome la de los vencedores, es decir que se aculture. Yo no soy un aculturado; yo soy un peruano que orgullosamente, como un demonio feliz habla en cristiano y en indio, en español y en quechua».

Este alegato a favor de la unidad en la diversidad presente en toda su obra, —que abarca etnología, antropología, música, literatura, ensayo y pedagogía—es el camino que recién desde hace pocos años hemos empezado a recorrer, con dificultades y desaciertos, pero de modo inexorable. Aun grandes sectores se miran con recelo, con la desconfianza del que cree que siempre seguirán enfrentados. Ocurre en la vida cotidiana, en la discriminación que siguen padeciendo los hombres y mujeres de la sierra y los ciudadanos indígenas de la selva, las personas con discapacidad, las del colectivo LGBTI, los afroperuanos, los pobres. Aflora con violencia en los conflictos sociales como el del «Baguazo», en el discurso de autoridades que hablan de «ciudadanos de segunda categoría», de «perros del hortelano», de «religiones panteístas primitivas».

Algunos, como Vargas Llosa, descreen de la utopía arguediana y han llegado al extremo de tildarla de arcaica. La reducen a una nostalgia por un pasado del que ya no quedan rastros y a un deseo irracional de salvar un mundo idealizado que nunca existió y que no tiene cabida en el siglo XXI. En «La utopía arcaica» llega a decirse, incluso, que Arguedas hubiera sido un mejor escritor si no hubiese supeditado su obra a su propuesta indigenista, sobre todo en sus últimas novelas. Admitiendo que es posible tender distintas lecturas del mismo autor, esa posición pasa por alto que Arguedas no solo habla del paso del indio sino, sobre todo, de su futuro, de construcción y no de restauración, de revalorización en igualdad y no de mera revancha, de unión y no de aislamiento. Asimismo, en términos estrictamente literarios, lo que hace en sus cuentos y novelas es revolucionario: crea un idioma único, hecho para transmitir al castellanohablante la esencia del quechua, su espíritu; hace hablar a los quechuahablantes en un castellano que nunca usarían para hacer que esa relación entre opresores y oprimidos sea comprendida, logrando una verosimilitud que muy pocos han logrado al narrarla.

Las virtudes literarias de la obra de Arguedas (sin entrar en sus otros ámbitos de estudio) lo colocan entre las más importantes de nuestra historia, junto con la del Inca Garcilaso, César Vallejo y Mario Vargas Llosa. Es una obra que exuda un amor por el país que lo hace identificarse con los oprimidos para devolverles el sitial de ciudadanía que hasta hoy se les niega. Es una obra, además, escrita con sangre y sudor, «por amor, por goce y por necesidad, no por oficio», como solía decir, que encierra la verdad irrefutable de quien, como él, puso fin a su vida cuando por razones complejas se sintió incapaz de seguir escribiendo.

Para comprender el Perú que viene, para ayudar a construirlo, es imprescindible leer a Arguedas: pocos como él han sido capaces de señalarnos un camino no exento de dificultades ni de objeciones, pero que debemos ir construyendo día a día.

(Publicado en el suplemento SEMANA del diario EL TIEMPO de Piura el 22 de enero de 2017.)

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