EL INCA GARCILASO DE LA VEGA Y EL PERÚ

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En nuestro país apenas se han organizado unas cuantas actividades conmemorativas por los cuatrocientos años del fallecimiento del Inca Garcilaso de la Vega, ocurrida el 23 de abril de 1616. El Poder Ejecutivo ni siquiera tuvo la iniciativa de incorporar esta efeméride en la denominación oficial del presente año, como la trascendencia del autor lo exigía.

Esta es una actitud diametralmente distinta a la adoptada por los gobiernos del Reino Unido y España, que conmemoran lo mismo respecto de sus más grandes exponentes del Siglo de Oro: William Shakespeare y Miguel de Cervantes Saavedra, respectivamente. En estos países se han programado importantes congresos internacionales, exposiciones, muestras y reediciones especiales de sus libros.

Incluso España le ha prestado más atención que el Perú a Garcilaso. Por ejemplo, la Biblioteca Nacional de ese país inauguró en enero una exposición que muestra la biblioteca del Inca, un conjunto de 188 libros que tuvo en su poder al morir. Asimismo, por la Ruta BBVA, antes Ruta Quetzal, 200 jóvenes de 23 países conocerán en profundidad la figura del «primer mestizo de América», recorriendo los lugares más importantes de su vida, empezando por Montilla, el pueblo cordobés donde vivió gran parte de ella.

¿POR QUÉ ES IMPORTANTE GARCILASO HOY?

Garcilaso, nacido como Gómez Suárez de Figueroa, hijo de un conquistador español y de una princesa inca, nació en el Cusco el 12 de abril de 1539 y fue testigo de ese momento sorprendente en el que en medio de luchas sangrientas dos imperios empezaban a engendrar un nuevo mundo. Él mismo fue uno de los más importantes símbolos de ese hecho a través de una obra, escrita en su vejez, que tomó como fuente las crónicas de Blas Valera, Cieza de León, entre otros, pero también los recuerdos de lo que vio y vivió en esas tierras peruanas que dejó para siempre en 1560, a la edad de veinte años.

Sus principales libros, «La Florida del Inca», «Los comentarios reales de los Incas» e «Historia General del Perú», considerados durante buena parte del siglo XIX como referentes historiográficos, empezaron a ser desmentidos en el siglo XX por los estudios modernos. María Rostworowski y Carlos Araníbar, principalmente, con base en un estudio riguroso de las crónicas y los descubrimientos de Max Uhle, Julio César Tello y otros importantes historiadores y arqueólogos, se encargaron de señalar los serios «errores» y «mentiras» de los relatos de Garcilaso, tan propenso a ocultar la barbarie de los incas y a presentarlos como un régimen más civilizado incluso que los del mundo occidental coetáneo. Entonces se pasó de considerarlo como el «historiador» del Perú prehispánico a identificarlo en no pocos ámbitos como un elemento exótico de imaginación afiebrada al que no había que tomar muy en serio y terminó arrimado como el símbolo de la prehistoria de la Historia del país.

Y sin embargo, esa imaginación afiebrada es la que ha hecho que Garcilaso trascienda y vuelva a estar hoy plenamente vigente. Su valor ya no es el del historiador sino el del primero que empezó a comprender el inmenso valor del mestizaje que nacía del encuentro de esos dos mundos. A pesar de que en «La Florida del Inca» afirmara categóricamente que toda su vida fue enemigo de ficciones, lo que hizo seguramente sin comprenderlo fue imaginar ese nuevo mundo, para lo cual embelleció el mundo antiguo de los Incas que empezaba a derrumbarse y, paradójicamente, a perpetuarse. Mario Vargas Llosa ha reconocido en esa actitud un «poder de persuasión [que] brota más de lo literario que de lo histórico, antes de la destreza narrativa del Inca que de su fidelidad al hecho sucedido». Por eso es que el mundo idílico que él nos narra nos resulta más verosímil que aquel que realmente pudo haber existido, salvaje y conflictivo.

Garcilaso es el primero además que imagina al Perú como un todo y no como una fractura, aunque eso siga siendo una utopía cuatro siglos después. Lo hace a partir del difícil trance de asumirse como un hijo de dos mundos en conflicto, con toda la carga de frustración y desgarro que esa condición casi de paria le generaba en aquella época. En una entrevista reciente el crítico Ricardo Gonzáles Vigil señala que «de Garcilaso hay que hacer un salto hasta Basadre para encontrar una “promesa de la vida peruana”». Esa promesa de vida está presente sobre todo en el lenguaje español con el que él, primero que todos, empezó a universalizar la gran historia del Imperio de los Incas.

Así lo prueba esta dedicatoria de su «Historia general del Perú»: «A los Indios, Mestizos y Criollos de los Reynos y Provincias del grande y riquísimo Imperio del Perú, el Ynca Garcilaso de la Vega, su hermano, compatriota y paisano, salud y felicidad»; y esta declaración que escribió sobre los «Los comentarios reales»: «Para celebrar la heroica grandeza de los españoles, quienes ganaron este rico imperio para la gloria de su Dios, de su rey y de ellos mismos, con su valentía y su poder militar». Esa lealtad a ambos mundos solo podía nacer de alguien que, en palabras de Vargas Llosa, «[era] indio, mestizo, blanco, quechuahablante, hispanohablante, italianohablante, cuzqueño, montillano, cordobés, español y europeo. Un hombre universal».

(Publicado en el suplemento SEMANA del diario EL TIEMPO de Piura el 24 de abril de 2016.)

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