EL CONJURO 2

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Los cineastas peruanos que incursionen en el género del terror tienen mucho que aprender del director malayo James Wan y de «El conjuro», su exitosa serie. Por ejemplo, entender que un espectro no es espeluznante por sí mismo sino por lo que simboliza en el imaginario del espectador y por el nervio de la historia en el que se inserta.

Además de «El conjuro», James Wan (39 años) ha dirigido otras tres obras de primer nivel en el género: Saw (2004, que inició la famosa saga, de la cual luego solo fue productor ejecutivo), «Insidious» (2010) e «Insidious: Chapter 2» (2013), que llegaron a nuestro país bajo el título de «La noche del demonio» (1 y 2). Todas ellas se caracterizan por un dominio eficiente (a veces magistral) del ritmo narrativo, giros de guion tan inteligentes como sorpresivos, así como por un control sobrio y efectivo de la música y de los sustos.

Estamos ante un director que respeta a su público y que pone todas sus cartas sobre la mesa para darle verosimilitud a su historia, lo que siempre es difícil tratándose del mundo de lo paranormal. Allí, un director con poco oficio o talento resbala con absoluta naturalidad por la pendiente de las fórmulas repetidas, los quiebres argumentales forzados, la recurrencia sinsentido a las historias populares de seres sobrenaturales, y la sangre gratuita que en no pocos casos deriva en una especie de brochazos de cine gore fuera de contexto. Eso le ha pasado en mayor o menor medida a casi toda la filmografía peruana reciente del género y especialmente a aquellos directores que han terminado por dejarse influenciar por la forma de las películas canónicas sin atinarle a extraer enseñanzas de su profundidad. El último ejemplo de ello es «No estamos solos», de Daniel Rodriguez Risco, que a pesar de su buena factura técnica divaga sin convencer ni asustarnos realmente.

No suele pasarle eso a James Wan. Los dos puntos más altos de su carrera, las duologías (disculpen la expresión) de «El Conjuro» y «La noche del demonio» no apelan a despertar el terror únicamente con base en lo que se muestra en la pantalla sino que buscan sacarlo del propio mundo interior del espectador: el verdadero terror se vive dentro de uno mismo respecto de nuestras propias vidas. Por eso es que la eficiencia de ambas series cinematográficas tiene mucho que ver con el hecho de que tratan sobre el mayor antagonista posible: el propio demonio.

Las historias de Wan recurren a las creencias religiosas de la mayoría de los espectadores y hasta buscan, quién sabe, poner en entredicho las convicciones de ateos o agnósticos. El contenido religioso, el tránsito entre la vida y la muerte, la sola posibilidad de admitir la existencia del infierno es un carta segura de éxito, un as bajo la manga muy efectivo que solo puede hacer ganar la partida al director si es que el público concede en dejarlo ganar.

Por eso en «El conjuro 2», tan importante como la presencia del demonio es crear una atmósfera sobre la que el miedo se asiente fácilmente. Para ello el director recurre, más que al tópico de la casa antigua (que está presente), a la fragilidad emocional de una madre abandonada y pobre (Frances O’Connor)  con cuatro hijos con problemas de adaptación social, de los cuales la segunda, Janet, es el vehículo de la posesión y el último padece de un severo cuadro de tartamudez. El mensaje es que el mal, como las enfermedades del cuerpo, ataca con más fuerza al espíritu cuando más débiles estamos. Como bisagra de conexión con el mal absoluto está también el espectro de un anciano que discurre entre la ambigüedad de ser víctima o verdugo y los dos parapsicólogos, los Warren, interpretados muy en caja por Vera Farmiga y Patrick Wilson. Están presentes, por supuesto, los otros ingredientes del género, como la escéptica Franka Potente, el juego de la ouija o la máquina de artilugio del «hombre torcido», que a pesar de ser recurrentes no deslucen sino que refuerzan la trama. La película, además, está basada en una historia real (la grabación verídica de la voz del supuesto demonio aparece justo antes de los créditos finales) y eso acentúa la capacidad de la historia de atemorizar.

Las películas de este género son casi siempre un ejercicio de absoluta manipulación de la mente y el miedo, donde es fundamental que el manipulado no se dé cuenta de ello o, al menos, admita dejarse llevar. Y eso es tan difícil como hacer reír de verdad. En ese contexto, Wan nos «regala», es un decir, la experiencia de asomarnos al infierno. Es una apuesta que queda unos pocos pasos detrás de la primera parte de «El conjuro» y de «La noche del demonio», pero que a pesar de ello cumple sobradamente en términos de calidad y eficacia. Cada uno juzgará hasta qué punto el director ha logrado acercarnos al infierno que, sobre todo para los creyentes, nunca es cosa de juego.

(Publicado en el suplemento SEMANA del diario EL TIEMPO el 19 de junio de 2016.)

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