EL CINE Y LA VIDA DE LOS OTROS

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Acaba de terminar en Lima la «Sexta semana del cine francés», que ha ofrecido obras de primer nivel, la mayoría de ellas enfocadas en hondos temas sociales e individuales. Son historias de mucha humanidad que lamentablemente no llegarán a ser vistas en Piura.

El cine es un vehículo formidable para el entretenimiento, pero también para la reflexión y, al fin de cuentas, para la humanización de la sociedad. No todas las películas deben servir para ambos fines a la vez, pero la sociedad y sus integrantes se empobrecen mucho cuando solo pueden acceder o a un cine de mero entretenimiento o a uno puramente reflexivo. Lo que viene ocurriendo en gran parte del país es que las cadenas comerciales solo nos permiten acceder al lado más banal del séptimo arte y son muy pocas las iniciativas para abrir espacios alternativos.

El cine que puede enriquecer nuestras vidas apenas llega a la capital a cuentagotas. Para que sepan lo que se están perdiendo (y que incluso así es poco si se le compara con lo que ofrecen capitales como Buenos Aires, México D.F., Bogotá o Santiago), baste con decir que la próxima semana habrá en Lima un Festival de cine argentino, y que junio estará dedicado al VII Festival «Al este de Lima», una antología del cine independiente de Europa Central y Oriental, y al «Outfest Perú», una selección de películas de temática LGBTIQ. En agosto iniciará el 20° Festival Latinoamericano de Cine de la PUCP, que a estas alturas es uno de los más importantes de este lado del mundo. Todo eso pasa por al alto a Piura, a pesar de ser una de las cinco ciudades más importantes del país y tener una clara vinculación con el arte, pues no en vano es cuna de grandes hombres y mujeres dedicados a la música y a la literatura.

El cine hecho en el Perú, limitado por la pobreza de sus recursos y el escaso apoyo estatal, termina cediendo a esta dañina tendencia. Como en muchos otros ámbitos el Estado es ciego a lo incorpóreo. Le es fácil (aunque no tanto, yo sé) reconocer la necesidad de construir una escuela o un puesto de salud, pero es incapaz de entender en su justa dimensión los beneficios de una educación de calidad y de la prevención de las enfermedades. Con más razón es ciego a la trascendencia que tiene el arte en la vida de las personas y lo termina entendiendo como una necesidad trivial, un mero pasatiempo en el que no vale la pena invertir dinero, escaso además en un país lleno de necesidades «más urgentes».

Sin embargo, hay esfuerzos muy meritorios. Se está haciendo en el Perú más cine del que nuestros ojos están viendo o están dispuestos a ver. Un ejemplo de ello es «Sebastian», ópera prima del joven chiclayano Carlos Ciurlizza, que acomete con muy pocos recursos el enorme riesgo de contar una historia de temática LGBTIQ que discurre en Ferreñafe, un pueblo mayoritariamente conservador y católico. La película, que se estrenará en junio (suponemos que no en los ecranes de Piura), es parte de un esfuerzo por hacer cine social que respecto de la temática gay tiene algunos precedentes importantes, como «Contracorriente» (2010), ópera prima de Javier Fuentes León, ambientada en Cabo Blanco, Talara, y una de las pocas joyas cinematográficas que el país produjo en la última década. En esta misma temática el gran hito es «No se lo digas a nadie» (1998), basada en el libro homónimo de Jaime Bayly, que se centra en la historia de un joven de clase alta que se enfrenta a la típica hipocresía limeña y que fue la primera cinta de su tipo en nuestro país.

En el citado festival del cine francés pude ver cuatro películas sorprendentes: «La cabeza alta», «Mil noches y una boda», «La conexión francesa» y «La profesora de Historia». Cada una, a su modo, trata sobre temas difíciles de comprender si es que no los hemos vivido. La primera recorre la tensa relación entre un adolescente con problemas de conducta y el Estado que intenta reformarlo; la segunda, la vida de una dama de compañía de club nocturno que inicia su vejez; la tercera, el enfrentamiento de un juez joven y honesto con las mafias de la droga; y la última, la influencia maravillosa de una profesora de Historia que ama lo que hace y que por eso es capaz de apostar en solitario por las capacidades de unos alumnos en los que nadie cree.

Ver este tipo de películas nos abre los ojos y para eso también sirve ir al cine: para conocer otras vidas y entender cómo sienten otras personas y cómo nos sentiríamos nosotros si fuéramos uno de ellos. Ponernos en los zapatos de otros, como ejercicio de crecimiento espiritual y social. Al igual que las novelas, los cuentos y los poemas, el buen cine nos sirve para conocer mejor al ser humano y al mundo, para comprender a quienes muchas veces estigmatizamos con facilidad, por ignorancia. Nos hace mejores personas, al fin y al cabo, y crea sociedades más tolerantes y sensibles a los miedos y padecimientos del prójimo. Por eso es que es tan importante seguir insistiendo para que la pobreza de nuestra cartelera ceda y nos permita asomarnos siquiera a un nuevo mundo que en algunos casos hasta podría cambiarnos la vida.

(Publicado en el suplemento SEMANA del diario EL TIEMPO de Piura el 29 de mayo de 2016.)

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