DORY PUEDE LOGRARLO TODO

Andrew Stanton (USA, 1965), dirigió «Buscando a Nemo» (2003) y «Wall-E» (2008), dos de las películas animadas más importantes de los últimos años. Ambas guardan con «Buscando a Dory», su última obra, similitudes de fondo: una melancolía en el filo del drama que, sin embargo, es tratada en tono de comedia, y personajes infantiles con sentimientos de adultos.

En «Buscando a Dory» Stanton avanza más. Se trata de una comedia cuyo eje central es una discapacidad que, a primera vista, tiene poco de graciosa. Dory sufre de falta de memoria de corto plazo y lo olvida todo. A causa de eso en su infancia perdió a su familia, a la que recién logra recordar en la adultez. Al igual que Marlin en «Buscando a Nemo», deberá cruzar el océano en una búsqueda que define su vida misma, con la diferencia de que al mismo tiempo, tiene que recuperar sus recuerdos. Abordar una historia de este tipo sin caer en la crueldad ni en la tragedia es un reto difícil que Stanton supera con creces, sobre todo si se tiene en cuenta que su público es principalmente infantil.

Más aun, Staton nutre la historia de personajes con diferentes discapacidades. Allí está nuevamente Nemo, con una aleta más pequeña que la otra, y Destiny, una tiburón-ballena con una fuerte miopía; Hunk, un pulpo que ha perdido uno de sus brazos y que arrastra miedos que no puede superar; Braley, una ballena beluga que al principio no puede manejar su poder de ecolocación. Junto con un ave loca, dos leones marinos con problemas de personalidad y otros animales Dory emprende lo que ella sabe es su destino: lograrlo todo.

No es un mensaje baladí. Esa seguridad está grabada incluso en el alma de Dory porque fue puesta allí por el amor de sus padres. Aunque ella no lo recuerda, lo sabe. Por ejemplo, sabe que ama las ostras apenas vuelve a ver una y tiene en claro que solo si las sigue podrá volver a casa. Nada de eso está en su memoria, por supuesto, y cuando ese y otros recuerdos vuelven a ella, con cuánta facilidad la abandonan. Y sin embargo, sin ella y su falta de memoria la gran aventura del inmenso viaje no podría ser divertida ni aleccionadora ni tener un final feliz. Contrariamente a ser un pulpo que quiere olvidar un pasado de sufrimientos y miedos, la película nos ofrece la posibilidad de ser Dory, que olvida sin querer, que solo puede recordar que olvida, pero que es el motor del mundo.

El mensaje de que Dory puede lograrlo todo es magnífico porque les dice a todos, y principalmente a las personas con discapacidad, que las discapacidades son también fortalezas y que como cualquier persona ellas también pueden lograr sus sueños. Dice más: no hay nada de malo en contar con una discapacidad, pues esta es parte de nuestra forma de ser y hasta puede ser nuestra ventaja. Es justamente la gran personalidad de esta graciosa pez-cirujano, forjada a partir de su pérdida de memoria de corto plazo, la que les permite a todos triunfar en la aventura. ¿Qué haría Dory? es una pregunta central, tanto en «Buscando a Nemo» como en esta película y está puesta allí para recordarnos que a nuestro propio modo todos somos capaces de ser felices.

En una de las escenas finales Dory y Marlin vuelven al filo del acantilado, al borde del arrecife, para apreciar la belleza del abismo que separa su hogar del resto del océano, ese océano que han cruzado dos veces a pesar de sus múltiples y aparentes limitaciones. Hay belleza en los abismos, claro, y muchas veces ellos nos conducen, o nos retornan, a lugares felices.

Con ello Pixar ha cumplido sobradamente entregándonos una obra técnicamente irreprochable con un guion que si bien repite un poco el anterior no deja de tener sorpresas y de profundizar aún más en temas difíciles y profundamente humanos.

UNA APARENTE DIGRESIÓN

Hace un año escribí a propósito de la partida de este mundo de mi sobrino Marco Enrique, un adolescente de alegría fácil y de gran energía, de apenas 17 años. Tenía una discapacidad motora severa que nunca le impidió ser el miembro más alegre de la familia. Lo que más extraño de él es la facilidad con la que demostraba que la vida merecía ser vivida a plenitud y de lo fácil que es lograrlo. Gianella Angelita, su hermana melliza, una joven de 18 años de personalidad fuerte y tierna a la vez, nos sigue probando todos los días que una discapacidad es esencialmente una fortaleza y que la felicidad se construye desde lo que verdaderamente somos, y que solo así podemos ser el motor del mundo.

Es una enseñanza que muy pocas personas están en capacidad de regalar y creo que Stanton ha podido transmitir esa verdad, tan difícil de ver y tan diáfana a la vez. Así que si puede ir con sus hijos, sus hermanos y sus padres, vaya a ver «Buscando a Dory» como quien tiene una conversación sincera y divertida consigo mismo y con las personas que más ama.

(Publicado en el suplemento SEMANA del diario EL TIEMPO de Piura el 3 de julio de 2016.)

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