CEBICHE DE TIBURÓN

Documental incompleto, comedia fallida, «Cebiche de tiburón» presenta algunos momentos divertidos, pero es una de las mayores decepciones del cine peruano reciente.

La efectiva campaña de intriga de más de un año que precedió su estreno logró que sus avances en youtube establezcan nuevos récords de visitas (más de tres millones). Ello también estuvo influido por el anuncio de un elenco conformado por varios de los mejores actores del país (Lucho Cáceres, Wendy Ramos, Gustavo Bueno, Ramón García, Pietro Sibille, Gianfranco Brero y Elide Brero, entre los más destacados) y de otros cuantos con gran arrastre popular (César Ritter, Michelle Soifer y Erick Elera, principalmente). Además, se trataba de una producción con uno de los mayores despliegues técnico, cinematográfico y presupuestal de la historia del cine nacional.

En sí misma la idea del guion era muy buena: un joven y pobre repartidor de restaurante debe aventurarse a cazar un tiburón para hacerlo cebiche y ganar un concurso nacional de cocina que le permita cumplir su sueño de ser chef. Había diversos caminos para contar esa historia que tenía como trasfondo un fuerte mensaje ecologista que toma como base nuestra rica gastronomía: sin peces no hay cebiche; cuidar el ecosistema y, en particular, el marino, es una condición para el desarrollo de un país como el Perú. Sin embargo, lo que ha terminado por entregársenos es una seguidilla de gags, muletillas, sobreactuaciones, y situaciones y frases jocosas sin mayor contexto.

Ni un solo personaje ha sido construido con solvencia y algunos aparecen como una gallina que entra y sale de una sala sin cacarear siquiera. La mayoría parece estar allí solo para justificar la presencia de uno de los famosos, sin tener mayor interés dentro de la historia y sus secuencias concluyen sin ton ni son. Carlos Carlín y Wendy Ramos, por ejemplo, terminan en unos tachos de basura con el único objeto de que el ridículo genere una carcajada y no lo logra. Buena parte de las intervenciones del talentosísimo niño Dayiro Castañeda son graciosas, pero no sirven a la narración y se notan insertadas al azar.

¿Por qué el argentino Daniel Winitzky, guionista y director de la cinta, ha naufragado en su intento, a pesar de tener casi todo para no hacerlo? El caso Winitzky es extraño. Se trata de un creativo publicitario con más de treinta años en el oficio que ha conocido altas y bajas. En la campaña para las presidenciales de 1990 trabajó, junto con su hermano Ricardo, para el candidato Mario Vargas Llosa y a pesar de su importante contribución se le recuerda más por ser el autor del comercial de un monito vestido de burócrata orinando en un escritorio, que significó un fuerte revés para la campaña del ahora Premio Nobel y que tal vez le costó la presidencia, lo que aparece muy bien narrado en «El pez en el agua». Pero también es autor de varios de los comerciales publicitarios más recordados de la década de los noventa, entre los que destaca uno para la empresa D´Onofrio en la que usó con mucho éxito, con letra cambiada, el merengue «El tamarindo» del dominicano Kinito Méndez.

Su mayor éxito personal, sin embargo, estuvo en la creación cinematográfica. A fines de los noventa produjo, dirigió, grabó y editó el documental «Candamo, la última selva sin hombres», que se convirtió en un éxito en la televisión nacional (más de 50 puntos de rating en señal abierta) y recibió el respaldo unánime de la crítica especializada a nivel mundial, llegando a ser presentado en el Discovery Channel. Hasta ahora esta obra, para la que Winitzky hizo dieciséis viajes a la reserva natural ubicada entre Puno y Madre de Dios, es considerada uno de las  más serias del género y, con toda seguridad, un gran hito en la historia del documental en nuestro país.

Estas dos vertientes, la del publicista y la del documentalista, convergen en «Cebiche de tiburón» y en ambas Winitzky tiene un éxito contundente. En primer lugar, porque la película llevó a más de cuarenta mil personas en su día de estreno y se prevé que muy pronto rompa la barrera del millón de espectadores, como consecuencia de una muy bien montada campaña publicitaria. En segundo lugar porque lo mejor de la película, de muy lejos, son las secuencias documentales, la del bote desde el que un pescador (Carlos Alcántara) narra la historia y las de la fauna marina entre la que los protagonistas bucean para encontrar al tiburón.

Todo lo demás sobra y mereció mejor suerte porque se tuvo a la mano la oportunidad de dar un gran empujón al cine peruano y de abrir nuevas ventanas al gran público. A cambio, debemos seguir lamentándonos de que se persista en el camino seguro de las caras conocidas y el chiste fácil. Como lo dice con gracia el personaje de César Ritter (otro actor desperdiciado), hemos comprado entradas para esta película como quien compra «anticuchos de verdura, ceniceros de moto, chompas de lana en Piura y estufas en Tarapoto».

(Publicado en el suplemento SEMANA del diario EL TIEMPO de Piura el 12 de febrero de 2017.)

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