VIVIR A MUERTE: SESENTA AÑOS SIN CÉSAR MORO

el

La cruz que preside la tumba de César Moro simboliza lo poco que el país lo ha entendido. Homosexual, ateo, iconoclasta, contracultural, cosmopolita, una cruz está lejos de representarlo.

Su epitafio, «Una rosa fatigada/soporta un cadáver de pájaro», sintetiza mejor su vida. Moro es uno de los pocos Poetas (así, con mayúscula) que ha tenido nuestro país. Su nombre debería inscribirse, junto a los de César Vallejo y Martín Adán, entre otros pocos, en plazas y parques, pero, sobre todo, en libros y escuelas. No existe una Universidad César Moro, ni biblioteca ni cátedra ni teatro. Posiblemente no haya nada de esto en mucho tiempo y seguramente a él le hubiera parecido bien.

A las dos de la tarde del pasado domingo diez de enero, sexagésimo aniversario de su fallecimiento, su tumba lucía abandonada y solo dos flores amarillas resecas la flanqueaban. No hubo ceremonia ni recordatorio oficial. Solo ocho personas participaron de una romería convocada por redes sociales. Fue a las tres de la tarde de ese mismo día y en ella, bajo un fuerte sol, se leyó al pie de su tumba la larga despedida que le dedicó su amante, amigo y albacea literario, André Coyné, publicada el domingo 15 de enero de 1956 en El Comercio: «Cayó la cortina de tinieblas y nos separa./César Moro ha muerto./Ha muerto aquí —en Lima— en una Lima que lo desconociera y que él reconocía un poco menos cada día (…)».

UN POETA EXILIADO

Esa Lima, ese Perú, lo sigue desconociendo. Los restos del Poeta yacen en el Cementerio Museo Presbítero Matías Maestro, en Barrios Altos, lejos de los mausoleos de la gente importante. No se yergue sobre su tumba ni una pequeña estatua; apenas si ocupa un nicho maltrecho pegado al piso, con unos grabados improvisados sobre sus márgenes (un caballo y la tortuga ecuestre, claro). Está en el pabellón Santa Aurora, que comparte con cientos de ciudadanos anónimos, casi tanto como él.

Moro, maldito y de culto casi por propia elección, nació en Lima en 1903 como Alfredo Quispez Asín Más; se educó con los jesuitas en el Colegio Inmaculada y emigró muy joven a Francia, apenas cumplidos los veintidós. Aunque fue protagonista de la corriente surrealista europea, sería limitado etiquetarlo como tal. Fue más que eso, fue un artista, un pintor, pero sobre todo un Poeta auténtico, el más auténtico de todos, por encima de las corrientes, los grupos y las vanguardias. Regresó por primera vez a Lima en 1933; se exilió en México en 1938 y volvió, por última vez, en 1948, para morir en 1956 de una enfermedad desconocida, tal vez leucemia. Un breve obituario plagado de inexactitudes, publicado el 12 de enero, y una página de homenaje a cargo de sus amigos Emilio Adolfo Westphalen y André Coyné, publicado el día 15, es todo lo que el país sintió sobre su muerte.

En vida publicó tres libros de poemas, todos ellos en francés («El castillo de grisú», «Carta de amor» y «Trafalgar Square»). Su libro más emblemático y el que más influencia ha tenido en las generaciones posteriores, uno de los pocos que escribió en castellano, «La tortuga ecuestre», fue publicado, como el resto de su obra, de manera póstuma. Se dice que lo escribió en castellano por amor, para que pudiese leerlo el militar Antonio, su primer destinatario y el gran amor de su vida.

LA AUTENTICIDAD COMO EXCEPCIÓN

Decir que Moro fue auténtico está lejos de ser un cliché. Existen muy pocos poetas de los que se puede decir eso con seguridad. Vallejo y Martin Adán, por ejemplo. Su autenticidad no es formal. No se limita a una originalidad literaria ni forzada. Es original porque es vital, porque decidió no encorsetar ni su pasión ni su ser. Fue un homosexual que vivía como tal a vista de todos en una época y en una ciudad en que eso era revolucionario (aún lo es). Hizo más: llevó ese pulso vital a sus poemas. Aunque no sería riguroso decir que su obra se explica por su orientación sexual, es claro que sus poemas se nutren, sin ambages, de esa sensibilidad.

Lima lo asfixiaba por su hipocresía, por la frivolidad y sectarismo de su ambiente cultural, por lo limitado de sus alcances, por la inautenticidad de sus artistas, más proclives a la fama y a la adulación que al amor por su arte (y sigue siendo así). Por eso la llamó «la horrible» (lo hizo al fechar en «Lima la horrible», el 24 de julio de 1949, uno de sus poemas sin título). Este calificativo, que Salazar Bondy tomaría para titular su famoso ensayo, en 1964, no tiene que ver con la geografía ni con la arquitectura ni con el clima. Tiene que ver con el alma de la ciudad, tan en las antípodas de la suya. Es posible que por ello decidiera exiliarse no solo territorialmente sino también del idioma y de su nombre: para ser auténtico al punto de ser único y quedarse solo si ello era necesario. Esta decisión explica también lo difícil que ha resultado difundir su obra entre nosotros.

MORO Y EL AMOR HOY

Lima, el Perú, no ha cambiado sustancialmente y, de vivir, Moro podría verlo con claridad. Su actitud ante el mundo es, incluso en nuestra modernidad del siglo XXI, de un atrevimiento sorprendente. En las «Cartas a Antonio» no se pone límites al momento de plasmar la pasión insobornable y radical que siente por un hombre. Sin tapujos, hace brotar de ese sentimiento una de las voces más profundas y apasionadas de la historia. En Moro el amor es un impulso central que está en la base y en la cúspide de su universo. Moro abordó con prodigio su capacidad de amar a través del cuerpo, el poseer de modo carnal como acto sublime y, esto, aunque parta de una posición homoerótica, es universal. Entender el amor por encima de las diferencias sexuales o de otro tipo, su absoluto desacuerdo con el modelo heterosexual de pareja, defendido como el único admisible por el padre surrealista, el francés André Breton, lo hizo romper con dicha corriente.

Hay en su Poesía una pureza que linda con la inocencia. Pero en su caso inocencia no es simpleza sino complejidad, ganas de comerse el mundo, de vivir a plenitud, sin medir las consecuencias. En esto, como cuenta Vargas Llosa en el «Pez en el agua» fue insobornable. Las burlas de los cadetes de la Escuela Militar Leoncio Prado contra el profesor de francés con orientación sexual distinta las soportó con estoicismo. Ni eso ni el ostracismo al que terminó confinado le impidieron ser él mismo.

Por eso su Poesía es de este tiempo. Bajo los parámetros de Moro el país sigue siendo, en grandes ámbitos, de una inmensa hipocresía e inautenticidad. Sin embargo, se está incubando un cambio. Hay más espacio para la libertad, en varios sentidos, y en la lucha por avanzar en ello su Poesía es, sin lugar a dudas, un faro.

Moro no aceptaba ningún compromiso que afectara la esencia de su arte. Su lealtad a toda prueba con su Poesía la entiende como una lealtad consigo mismo y con todo aquello que lo hace ser él. Au-ten-ti-ci-dad. Moro le quitó las amarras a su voz poética porque le quitó las amarras a su propia vida. Lo haya querido o no, ese es el mensaje que nos ha dejado: ser uno mismo o no ser, o morir en el intento.

En 1997, en Lima, solo tres personas asistieron a un simposio sobre el Poeta. En el 2003, cuando se conmemoró un siglo de su nacimiento, hubo sobre su obra un renacer editorial y académico que poco a poco se fue diluyendo. A sesenta años de su muerte su influencia sobre varios nuevos poetas es tangible y su Poesía empieza a abrirse a un nuevo público, generalmente joven. Acaba de publicarse su obra poética íntegra en la colección Archivos del Centro de Investigaciones Latinoamericanas (CRLA) y en el homenaje que le hizo la Casa de la Literatura de Lima, el viernes 8 de enero, más de cincuenta jóvenes se reunieron para recordarlo y, mejor aún, para releerlo. Hubo otras reuniones de homenaje en la ciudad, unas más clandestinas que otras. Y tal vez en Piura, en la Plazuela Merino, o en los jardines de la Universidad Nacional de Piura, otros también se juntaron, o se juntarán, con ese fin.

 

POEMAS

De «El fuego y la poesía», poema de «La tortuga ecuestre», 1936-1939

Amo el amor de ramaje denso
salvaje al igual de una medusa
el amor-hecatombe
esfera diurna en que la primavera total
se columpia derramando sangre
el amor de anillos de lluvia
de rocas transparentes
de montañas que vuelan y se esfuman
y se convierten en minúsculos guijarros
el amor como una puñalada
como un naufragio
la pérdida total el habla del aliento
el reino de la sombra espesa
con los ojos salientes y asesinos
la saliva larguísima
la rabia de perderte
el frenético despertar en medio de la noche
bajo la tempestad que nos desnuda
y el rayo lejano transformando los árboles
en leños de cabellos que pronuncian tu nombre
los días y las horas de desnudez eterna (…)

 

(De «Vienes en la noche con el humo fabuloso de tu cabellera», poema de «La tortuga ecuestre», 1936-1939)

Apareces
La vida es cierta
El olor de la lluvia es cierto
La lluvia te hace nacer
Y golpear a mi puerta
Oh árbol
Y la ciudad el mar que navegaste
Y la noche se abren a tu paso
Y el corazón vuelve de lejos a asomarse
Hasta llegar a tu frente
Y verte como la magia resplandeciente
Montaña de oro o de nieve
Con el humo fabuloso de tu cabellera
Con las bestias nocturnas en los ojos (…)

(Publicado en el suplemento SEMANA del diario El Tiempo de Piura el 17 de enero de 2016.)

(Pintura en el encabezado: Retrato de César Moro, obra de su hermano Carlos Quíspez Asín.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s