VIRGINIA WOOLF: UN ALMA QUE SE DESVANECE.

Hace setenta y cinco años, el 28 de marzo de 1941, Virginia Woolf se suicidó. Tenía 59 años. Lo hizo sumergiéndose en el río Ouse, cerca de su casa, en Newhaven, East Sussex, Inglaterra, con un grueso abrigo encima y sus bolsillos llenos de piedras. Su cadáver fue encontrado recién el 18 de abril. Desde entonces, su figura ha adquirido cada vez más la calidad de un ícono, uno que ha terminado por ser más visible que su obra y su propia personalidad.

De su figura se han apropiado sobre todo los movimientos feministas, que han hecho de ella a una de sus precursoras más avanzadas, pero también los estudios queer, que suelen asignar a su obra una fuerte carga de defensa de la libertad sexual y, específicamente, de la orientación lésbica. Asimismo, existe una extensa discusión sobre la relación entre su salud mental y su genio, su orientación sexual, su vida afectiva y su contexto. Todo ello, sin embargo, es discutible, pues una vida como la suya es difícilmente etiquetable y existen diferentes razones para no considerarla feminista ni queer ni una típica enferma mental.

Pese a ello suele hablarse más sobre lo que representa que sobre lo que realmente fueron ella y su prolífica obra, compuesta por nueve novelas, siete libros de cuentos, una biografía, además de un gran número de ensayos, cartas y textos autobiográficos. Conocer a Woolf es una tarea compleja. Como ella misma dijo en sus «Diarios»: «La verdad es que no se puede escribir directamente acerca del alma. Al mirarla se desvanece». Mientras más se adentra uno en su vida y en su obra encuentra más aristas. Incluso, intentar conocerla por lo que dice en su obra autobiográfica suele conducirnos a una trampa. Irene Chikiar Bauer, que escribió una biografía monumental sobre la autora, la primera escrita originalmente en español («Virgina Woolf: la vida por escrito», Taurus, Madrid, 2015, 919 pág.), describe con profundidad la propia conciencia de lo difícil de asir el conocimiento sobre sí misma. «Vamos a buscar quizá no tanto en lo escrito sino entrelíneas» es un reconocimiento a que la palabra nunca es capaz de atrapar la vida.

La dificultad de comprenderla, lo inasible de su esencia, sin embargo, es tal vez su principal riqueza. En «Orlando», una obra revolucionaria para su época (fue publicada, 1928 y es revolucionaria incluso hoy) la autora experimenta no solo con la técnica sino con las posibilidades de hacer una biografía ficcionada (la de su amiga Vita Sackville-West) en la que su personaje no solo muda de época sino también de sexo. Es una de las declaraciones más potentes del convencimiento de que el hombre, sus pensamientos y emociones, no caben en un solo cuerpo ni en un solo tiempo.

Maestra de la técnica de fingir persuasivamente la subjetividad humana (como señala Mario Vargas Llosa), en «La señora Dalloway» utiliza esta técnica para desarrollar la idea de que un solo día puede contener nuestra vida entera. En «Flush, una biografía», va más allá. En esta  novela corta un perro de raza cocker spaniel, de unos «ojos atónitos color avellana», nos cuenta, en primera «persona» algunos avatares de su vida, que no es sino un reflejo de la vida de su dueña. Es la muestra de que el ser humano puede extender su personalidad incluso hacia sus animales.

Leer a Virginia Woolf no es buscar respuestas ni seguridades sino asombro ante la riqueza que encierra una hora de vida, un día, un mes, un año. Esta idea fue captada muy bien por el libro «Las horas», de David Hare, 1999, y la película del mismo nombre, de Stephen Daldry, 2002 (por la que Nicole Kidman ganó un Oscar, representando justamente a Woolf). Sin embargo, cuídese de caer en la ensoñación que puede generar el ícono. Si lee «Al faro» o «Las olas» o «El cuarto de Jacob» o «Un cuarto propio» no olvide que su autora siempre buscó el anonimato, que nunca quiso la publicidad, que a pesar de que desnudó (o pareció hacerlo) su intimidad en muchas de sus obras autobiográficas y de ficción, su objetivo siempre fue mantenerse invisible.

El retrato que acompaña este artículo (una de las postales más vendidas del National Portrait Gallery de Londres) es el de una mujer consciente de que ante la vida solo cabe la curiosidad y el pasmo. Fue eso, tal vez, de lo que quiso dejar constancia en sus escritos, en su vida, e incluso en su suicidio.

(Publicado en el suplemento SEMANA del diario El Tiempo de Piura el 20 de marzo de 2016.)

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