¿UN BOOM LATINOAMERICANO EN EL CINE?

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Dos películas latinoamericanas se alzaron con los principales premios del Festival de Venecia de este año (2015). La producción venezolana «Desde allá», del debutante director Lorenzo Vigas (protagonizada por el chileno Alfredo Castro), recibió el León de Oro, y la argentina «El clan» (protagonizada por el famoso comediante Guillermo Francella), dirigida por Pablo Trapero, se alzó con el León de Plata.

Se trata de dos dramas duros que retratan a Latinoamérica desde dos historias en el límite de la realidad. «El clan» es un policial basado en un hecho real (el caso del clan Puccio), el de una familia completa, aparentemente tradicional y de prestigio, dedicada al secuestro y asesinato en la Argentina de los ochenta. Es, además, un extraño ejemplo de película en la que la crítica y el público han coincidido, pues ha roto varias marcas de taquilla en su país (se acerca a los tres millones de espectadores).

La venezolana «Desde allá» es, por varias, razones una sorpresa. A diferencia de Trapero, que es un director experimentado con nueve películas en su haber, Lorenzo Vigas ha ganado uno de los premios más importantes del mundo, a los 48 años de edad, con su ópera prima, una obra que, además, aborda un tema que aún nos resulta polémico a los latinoamericanos: la homosexualidad. Se trata de la historia de un hombre mayor, de oficio técnico dental y de posición acomodada, obsesionado con mirar la desnudez de jóvenes de barrios marginales. La obra tiene como contexto una Caracas desordenada y peligrosa y guarda, al parecer, semejanzas con otra película latinoamericana importante, «La virgen de los sicarios», rodada por el francés de origen suizo Barbet Schroeder, en 1999, en Medellín.

Y no son casos aislados. De ello da fe Alberto Barbera, director de la Mostra veneciana, quien ha dicho que «Las películas más interesantes nacen en América Latina, el único cine que está contando cosas nuevas y proponiendo talentos con estilos distintos». No le falta razón. Si se toma en cuenta únicamente las películas de esta parte del mundo que han recibido galardones en los últimos años la lista no es poca cosa. Allí está la chilena «El club», premiada el año pasado con el Oso de Plata en el Festival de Berlín, y que relata otro tema polémico: la forma en que la Iglesia Católica encubre los delitos de sus sacerdotes. También está la guatemalteca «Ixcanul», premiada también en Berlín, que narra el tema del tráfico y robo de niños y recién nacidos y enfrenta, desde el arte, dos lacras que todavía forman parte importante de nuestro diario vivir, la discriminación y el racismo.

Ninguna de estas películas ha llegado, ni se tiene previsto que lleguen, a la cartelera peruana y menos a la piurana. Seguimos siendo un caso extraño, casi una isla latinoamericana que ve pasar por fuera de sus fronteras el cine que hacen sus vecinos (¡y su propio cine!), seducido o hipnotizado por el único segmento que se digna ver: el norteamericano, y dentro de este, solo el de Hollywood. Tanto se pierde a causa de esa rara dependencia en que nos tienen las grandes distribuidoras y las propias cadenas de cine, y tan poco se hace por cambiar una situación que lo único que logra es perjudicar al cine como distracción (ya ni siquiera digo como “alta cultura”).

Posiblemente haya un boom latinoamericano que nos estamos perdiendo sin remedio y que nos obligará a quienes disfrutamos de este arte a dejar de ir al cine y refugiarnos en la televisión prepagada, el cable o las películas piratas. No es cierto que este otro cine no tenga un mercado. Ya es lugar común escuchar la sorpresa de los críticos, cineastas y cinéfilos de todo el mundo, ante la existencia de Polvos Azules, en Lima, visitado por legiones de peruanos y extranjeros (no sorprende que sea parte del circuito turístico de muchos) que encuentran allí un catálogo inexistente en cualquier cine del país o de Latinoamérica, y que es generoso, especialmente, en ofrecer el cine de nuestros vecinos.

¿Ha escuchado usted de la película chilena «Gloria», premiada en Berlin y nominada a los premios Oscar? ¿O de la mejicana «Luz silenciosa» de  Carlos Reygadas, presentada en Cannes? ¿Llegó a Piura la taquillera y también nominada al Oscar «Relatos salvajes»? ¿O la chilena «La tierra y la sombra», de César Augusto Acevedo, o «El abrazo de la serpiente», de Ciro Guerra, ambos premiados últimamente en Cannes? ¿O si quiera la chilena «No», protagonizada por el mediático Gael García y nominada al Oscar? ¿O la también venezolana «Pelo malo», de Mariana Rondón, que ganó la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián? ¿Llegó a ver a la última película latinoamericana ganadora del Oscar, «El secreto de sus ojos», la película argentina que compitió ese mismo año con la peruana «La teta asustada»?

Le aseguro que no son películas que puedan considerarse de autor o aburridas o intrascendentes. Simplemente no existen para nuestras distribuidoras y nuestros programadores de salas por el simple hecho de que no quieren arriesgar con un público que parece mantenerse en la anomia. Y como lo prueba la existencia de Polvos azules y de usted, que está terminando de leer este artículo, eso está muy lejos de ser verdad.

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