RICARDO Y JAVIER

El Festival de San Sebastián, que concluyó la semana pasada (septiembre de 2015), ha entregado la Concha de Plata al mejor actor, ex aquo, es decir, «por igual», a Ricardo Darín y a Javier Cámara, dos de los actores más interesantes del actual cine en lengua castellana. El premio corona dos carreras que desarrolladas en cines nacionales distintos guardan similitudes dignas de apreciar.

Ambos han transitado, en el mismo orden, por la televisión, el teatro y el cine de sus respectivos países, y deben su repercusión internacional a un director de su misma nacionalidad, Pedro Almodóvar en el caso de Cámara y Juan José Campanella en el caso de Darín, con quienes han grabado tres y cuatro películas, respectivamente. Son también actores que se han negado a pasar a Hollywood, a pesar de que no les han faltado propuestas, debido en gran medida a una predilección por el cine independiente y a una opción personal que los hace alejarse de los rigores de la fama y, sobre todo, del showbiz. Ello no ha impedido que dos de sus películas hayan sido nominadas al Oscar a mejor película extranjera y que una de ellas («El secreto de sus ojos»), lo haya obtenido el mismo año en que fue nominada «La teta asustada» de Claudia Llosa. Otra, «Todo sobre mi madre», obtuvo ese mismo galardón en el 2000.

El caso de Ricardo Darín (Buenos Aires, 1957), que nos es mucho más cercano, resulta también más sorprendente, pues no tiene formación profesional en arte dramático. Es más, ni siquiera terminó la educación secundaria, que dejó luego de repetir por tres veces el tercer grado y empezar a trabajar en pequeños papeles para la televisión argentina. Se trata de un actor de talento innato y prolífica experiencia (ha grabado casi cincuenta películas) que además tiene un gran carisma con el que ha establecido una conexión especial con su público y generado una legión de darin-lovers no solo en Argentina sino también en nuestro país. Por eso no es de extrañar que cuando, en junio de este año presentó en el Teatro Nacional de Lima la obra de teatro «Escenas de la vida conyugal», las entradas se agotaran rápidamente, a pesar de que los precios eran bastante caros para nuestro medio.

Destaca también por su posición política de izquierda, que no duda en hacer evidente en sus intervenciones públicas, lo que le ha traído encontronazos mediáticos hasta con la presidenta de su país. Dado el arrastre que tiene con el público, varias de sus películas se han estrenado en el Perú (proporcionalmente muchas más que las de Magaly Solier, por cierto), aunque, según recuerdo, ninguna en Piura. De ellas recomiendo, especialmente, las cuatro de Campanella («El mismo amor, la misma lluvia», «El hijo de la novia», de exquisito guion y actuaciones formidables, nominada al Oscar, «El secreto de sus ojos», ganadora de dicho premio, y «Luna de Avellaneda»), las dos del director Pablo Trapero («Carancho» y «Elefante blanco»), así como las taquilleras «Relatos salvajes», de Damián Szifron y «Nueve reinas», de Fabián Bielinsky.

Por su parte, Javier Cámara Rodríguez (Albelda de Iregua, Rioja, España, 1967), tiene a su favor una marcada mayor versatilidad, que lo ha hecho pasar de la comedia grotesca al drama más clásico con facilidad, grabando películas difíciles de clasificar como «Torremolinos 73», de Pablo Berger y «Lucía y el sexo», de Julio Medem. Su internacionalización se dio de la mano de Almodóvar, con el extraño papel de un enfermero que se enamora enfermizamente de una mujer en coma, en «Hable con ella», que fue un éxito de taquilla y de crítica en todo el mundo. Del mismo director son también recomendables «Todo sobre mi madre», en la que hace el papel de un travesti, y «Los amantes pasajeros», en la que da vida a un sobrecargo gay de moral disipada. Como se ve, ningún papel le es ajeno a este riojano camino a la cincuentena. Si bien todas las películas mencionadas fueron estrenadas en el Perú, además de «Fuera de carta», una comedia de temática gay muy bien planteada, la mayoría de su filmografía, que llega casi a los treinta títulos, no lo ha sido y eso es lamentable, pues es notorio que sabe escoger muy bien sus papeles y que sus matices de comediante y de tragicómico, especialmente, son notables. Uno de sus últimos papeles, en «Vivir es fácil con los ojos cerrados», que le valió un Goya, nos lo muestra en otro personaje complejo y muy bien llevado que vale la pena ver.

Volviendo a San Sebastián, debemos decir que ha hecho muy bien el jurado en reconocer, al mismo tiempo, a dos tipos de actuación caracterizados por su honestidad artística y su lealtad ajena a las reglas del cine comercial. Volvemos a lamentar que en el Perú sigamos viendo pasar el cine de otros países, algunos muy cercanos geográficamente como Argentina, o culturalmente, como España, y que no haya señales de que «Truman», la película que ha unido por primera vez a estos grandes actores, se estrene en nuestras salas. Suponemos que las distribuidoras no consideran que una obra que aborda de un modo respetuoso, divertido y profundo la cercanía de la muerte le interesa a un público que constantemente desdeñan.

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