NO ESTAMOS SOLOS

Con más de ochenta mil entradas vendidas en su primer fin de semana, el tercer largometraje de Daniel Rodríguez Risco (Lima, 1959) reafirma el arraigo que tiene el cine de terror en nuestro país, aunque también pone en evidencia sus serias limitaciones.

EL DIRECTOR

El de Rodríguez Risco es un caso bastante particular. Su labor como director de cine es una vocación de ejercicio tardío. Escolar sobresaliente, ingresó a la Universidad Agraria a los catorce años, pero emigró a Estados Unidos, donde se graduó en Economía y Administración en la Universidad de Missouri, a los diecinueve. Volvió a Lima y a los veintidós estudió Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Perú, carrera que no llegó a completar. A los veinticuatro fundó un instituto superior en Trujillo, y poco después otro en Asunción, Paraguay, donde vivió un tiempo. También fundó el famoso colegio Fleming y la Universidad Privada del Norte, de la que fue rector hasta el 2011 (hoy es rector emérito). Como empresario, también se dedicó a la hotelería, se hizo socio de una minera y hasta levantó un grifo. Por si no bastara, también es autor de una novela corta («Disfraz de niño», Peisa, 1990) y de un libro de cuentos («Amor condicional», Planeta, 2013).

A los 38 años fundó la productora Cinecorp, con la que grabó sus primeros cortos («El colchón», 1998, y «El triunfador», 1999), que fueron bien recibidos en algunos festivales internacionales europeos. A los cuarenta obtuvo una beca para cursar una maestría en cine en la New York University, y luego viajó a Tailandia para grabar una película, de la que no hemos encontrado rastro. Su obra fílmica, iniciada en 1998, incluye, oficialmente, cinco cortometrajes: los ya mencionados y «Páramo» (2001); «Confianza» (2002) y «El diente de oro» (2005), y tres largometrajes, todos ellos estrenados en el circuito comercial: «El acuarelista» (2008), que firmó con el seudónimo de Daniel Ró; «El vientre» (2013) y «No estamos solos» (2016).

Su filmografía demuestra que Rodríguez Risco es un cineasta que conoce su oficio y que constantemente ha mejorado su nivel. Por ejemplo, en «El vientre» y en «No estamos solos» se percibe un manejo técnicamente sólido de los encuadres, el color, la fotografía y una adecuada dirección de actores. También ha demostrado ambición, al arriesgarse por un thriller psicológico en el primer caso, y por el subgénero del exorcismo, en el segundo, convirtiéndose así en el primer cineasta peruano en trabajar ambos. En ellas, el suspenso y el terror de algunas secuencias han sido manejados con habilidad, logrando resultados interesantes y efectivos.

En su próxima película («Las siete semillas, basada en un libro de David Fischman), el director debería dar un salto cualitativo importante para no quedarse estancado y brindarnos una obra cinematográfica más completa. Hacer cine en el Perú es un mérito por sí mismo y hacer uno de buena factura técnica lo es más aún. Pero lo que está necesitando con urgencia el cine peruano es salir de su mediocridad y producir obras maestras o de gran nivel, y Rodríguez Risco tiene las condiciones (vocación, formación técnica, experiencia) para contribuir con ello.

NO ESTAMOS SOLOS

La película producida por Miedo Entertainment tiene serios problemas. Es notorio que las escenas han sido filmadas con un respeto excesivo hacia los cánones del género y que el director no se arriesga a imprimir su propia marca. Con ello tenemos escenas técnicamente impecables, pero sin alma, que corren el riesgo de sumergir al espectador en una especie de sopor. La primera parte de la película, por ejemplo, logra el cometido de infundir miedo, pero se nota para ello una dependencia excesiva de la música incidental y del uso de tópicos reiterados hasta el hartazgo en el género: una casa aislada y vieja, un ropero antiguo, una caja musical de la que sale un payaso, un sótano con objetos raros, los fantasmas de una madre y su hijo.

Sin embargo, estas deficiencias por sí mismas no debieran desanimar al espectador de continuar con la historia, pues son aceptadas en el género y la falta de originalidad no es allí un pecado mortal. A lo que está menos dispuesto es a soportar un guion demasiado predecible y unos giros narrativos forzados o inexplicables. Ese parece ser el principal problema de «No estamos solos»: enfocarse en el miedo que causan las imágenes y secuencias y no en contar con contundencia una historia que aterrorice. Por eso los personajes (en especial los de Marco Zunino y Lucho Cáceres) llegan a ser apenas estereotipos triviales y se desaprovecha las grandes posibilidades de desarrollar la complejidad de sus perfiles.

Es clara la influencia de, al menos, dos notables películas del género: «El conjuro», de James Wan, y «El exorcista», de William Friendkin, pero esta influencia termina siendo solo formal. Parece ser que esto ocurre porque, tal como ha declarado el propio director, la incorporación explícita de estas y otras referencias fue un pedido expreso de la productora, por necesidades de marketing. De este modo, el director, enfocado en el empaque, pierde de vista que ambas obras aterran, más que por sus juegos paranormales, por la verosimilitud de su historia. En «No estamos solos» todo se resuelve rápida e inconsistentemente, como si se cumpliera con un mero trámite.

Pese a ello, y por todo lo que ha demostrado hasta ahora, confiamos en que Daniel Rodríguez Risco, de vocación genuina y sólido conocimiento técnico, supere estos problemas en lo que sigue de su carrera.

(Publicado en el suplemento SEMANA del diario El Tiempo de Piura el 24 de enero de 2016.)

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