MAGALY SOLIER

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A muchos les puede parecer exagerada la aseveración de que Magaly Solier Romero (Huanta, Ayacucho, 1986) es la actriz peruana más importante de los últimos tiempos. Un gran sector incluso presentará rápidamente argumentos en contra. Los más serios aludirán a la uniformidad de sus personajes; los menos, a la poca rigurosidad con la que se le juzga; los peores, que suelen ser muy activos en las redes sociales, blandirán sin vergüenza su racismo y misoginia.

Sin ánimo de defenderla (no lo necesita), aprovechamos su reciente elección como mejor actriz del Festival de Lima para evaluar su trascendencia en el cine peruano y en la vida país, porque, lo diré sin ambages, no hay una actriz peruana (ni actor) que haya alcanzado su nivel interpretativo ni su reconocimiento internacional. Solier es de aquellos contados casos en los que el talento artístico es natural y está a flor de piel. Ya es un lugar común la historia de cómo la directora Claudia Llosa la encontró (vendiendo comida en Huanta) y la eligió como protagonista de su ópera prima, «Madeinusa» (Perú, 2005), sin tener ninguna experiencia ni en la actuación ni en el cine. Después de ella todos los directores y actores con los que ha trabajado han repetido casi lo mismo que Damián Alcázar, uno de los últimos, ha llegado a decir: «Esta chica me hace sentir que yo estoy actuando y que ella va de verdad».

Eso es fácil de notar en sus papeles, en los que la verosimilitud de sus personajes radica justamente en su aparente (y solo aparente) falta de formación profesional. Como se sabe, el sueño de todo actor es que no se note que actúa y eso lo han logrado muy pocos en el mundo. Por ello, Solier es, de lejos, la actriz peruana más premiada internacionalmente, doce veces en total, lo que incluye festivales tan importantes como Cartagena, Montreal, Guadalajara, Gramado, Zerkalo, en Rusia, entre otros. Es la única que ha participado en películas ganadoras de los premios Goya y el Oso de Oro del Festival de Berlin. Es también la única que ha protagonizado una nominada a mejor película extranjera en los Oscar. Es la única que puede presumir que una película protagonizada por ella («Altiplano», Bélgica, 2008) participó en el Festival de Cannes (Semana de la Crítica). Además, es la primera peruana a la que se le entregó un papel protagónico en el cine europeo.

Si uno revisa además la lista de directores que la han convocado podrá desechar fácilmente aquel argumento de que se es condescendiente con ella. Esta lista incluye, además de los peruanos Claudia Llosa, Josué Méndez, Javier Corcuera, Manuel Siles y Salvador del Solar, nada menos que a Peter Brosens y Jessica Woodworth (Bélgica), Fernando León de Aranoa y Mateo Gil (España), Juan Luis Muñoz (Chile), la dupla K. Kossof (Italia) y Mourad Boucif (Argelia). Con ellos ha actuado en cuatro idiomas: castellano, quechua, francés y árabe, y es la única que ha compartido roles protagónicos con actores de la talla del norteamericano Sam Shepard, el irlandés Stephen Rea, la legendaria actriz italiana Lucía Bosé (madre de Miguel Bosé), el respetado español Celso Bugallo, y los prestigiosos Damián Alcázar (mejicano) y Federico Luppi (argentino).

Tampoco es cierto que sus papeles sean uniformes y respondan a las características estáticas de una mujer andina que sufre. En «Madeinusa» hace de una femme fatale andina, en «Dioses», un pequeño papel de empleada doméstica, en «Ñusta Huillac, la Tirana» (Chile, 2011), de una princesa inca rebelde, en «Alfonsina y el mar» (Italia, 2012), de una joven pueblerina ambiciosa, en «Blackthorn» (España, 2011), de la esposa boliviana del mítico pistolero Budch Cassidy, nada menos; y en «Amador» (España, 2010), de una inmigrante peruana en tierras ibéricas que hace trampa para sobrevivir en medio de la crisis. Y en aquellas en las que ha asumido papeles con fuerte carga dramática, como víctima, («La teta asustada» (Perú, 2009), «Altiplano» (Bélgica, 2009), «Magallanes» (Perú, 2015), lo ha hecho, enriqueciendo a sus personajes con variados matices, y al igual que en los otros casos, siguiendo su convicción de utilizar su arte para denunciar los abusos, principalmente, contra la mujer andina. En alguna entrevista ha recordado que Claudia Llosa usó este argumento para convencerla de hacerse actriz en vez de policía.

Y por último, Magaly Solier es un personaje muy necesario para ayudarnos a superar viejas taras que seguimos arrastrando como país. No deja de sorprendernos que los ataques en su contra estén cargados de un racismo visceral que desprecia su origen andino y quechua-hablante. Presumimos que algo de eso hay en el hecho de solo unas pocas de sus trece películas hayan sido estrenadas en el país. Por eso es bueno que, como lo ha hecho repetidas veces, siga levantando su voz incómoda para hablar de aquello en lo que cree.

Hace algunos meses prometió que no parará hasta conseguir un Oscar. Dado que con apenas diez años de carrera actoral ha conseguido avanzar desde la nada hasta lo que muchos otros peruanos no conseguirán en toda su vida, estamos seguros de que podemos tomarnos muy en serio esa promesa. Que una mujer andina orgullosa de serlo sea nuestra artista de mayor impacto internacional y que forme parte de un cambio de época en la historia del cine peruano (para muchos entendidos «Madeinunsa» marca ese quiebre), es una gran noticia para todos.

(Publicado en el suplemento SEMANA del diario El Tiempo de Piura el 20 de septiembre de 2015.)

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