MAGALLANES

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«Magallanes» vuelve a poner la luz sobre una parte de nuestra historia que muchos quisieran olvidar. El conflicto armado interno (1980-2000) iniciado por Sendero Luminoso y el MRTA, exteriorizó lo mejor de muchos peruanos y peruanas, pero también sacó a flote lo peor: el profundo desprecio a la población más desposeída del país, evidenciado, según la Comisión de la Verdad y Reconciliación por los grupos terroristas y por agentes del Estado por igual.

El centro de la atención es la relación entre víctima, la Celina de Magaly Solier, y victimarios, el Magallanes de Damián Alcázar y el coronel de Federico Luppi, quienes muchos años después siguen cargando con los estragos del conflicto y no pueden, aunque quisieran, olvidar lo que les pasó o lo que hicieron (inicialmente el título era más explícito sobre esto: «¿Qué fue lo que hiciste Harvey Magallanes?». Es, además, una forma muy potente de recordarnos a todos que las heridas que allí se generaron aún no cierran.

De ese modo, «Magallanes» se inserta en una larga tradición de cine sobre la violencia de la época del terrorismo, iniciada con «La boca del lobo» (Francisco Lombardi, 1988) y fortalecida con muchas otras, entre las que destacan «Ni con Dios ni con el diablo» (Nilo Pereira, 1990), «La vida es una sola» (Marianne Eyde, 1993), «Paloma de papel» (Fabricio Aguilar, 2003), «Días de Santiago» (Josué Méndez, 2004), «La teta asustada» (Claudia Llosa, 2009),  y «Paraíso» (Héctor Gálvez, 2009).

Todas ellas abordan hechos propios del conflicto o sus secuelas individuales y sociales. Pero esta vez, seguramente por la mejor perspectiva que permite el tiempo transcurrido, la película le da un mayor énfasis a la memoria, la reparación y el perdón y se permite, sin hacerlo explícitamente, una profunda reflexión sobre ellos, evitando caer en el cliché y sin perder de vista la verosimilitud cinematográfica de lo narrado.

Para lograr este balance, el director y guionista (Salvador Del Solar, Lima, 1970) ha sabido adaptar la historia original de «La Pasajera», novela corta o cuento largo de Alonso Cueto (Lima, 1954), añadiéndole personajes (el Augusto de Christian Meier, el exsoldado de Bruno Odar, el comisario de Jaime Camargo), introduciendo giros y subtramas (la deuda de Celina y, sobre todo, la extorsión, que le da al filme el ritmo de un thriller policial, sobre todo en la secuencia en Polvos Azules). También, cambiando y ocultando otras (en el libro, Magallanes es dueño de su taxi y carga con la pérdida accidental de su esposa e hija, y Celina está a punto de enamorarse de un buen hombre). Igualmente acierta cuando expone a Lima como una ciudad de contrastes, informalidad y caos, en la que los desplazados como Celina deben intentar olvidar y reconstruir sus vidas, del modo que tienen a la mano.

Y acierta aún más al crear secuencias cargadas de simbolismo. Dos de ellas son notables. En la primera, Celina en el lomo de un cerro llora desolada y en la oscuridad, muchos años después, el horror de haber sido una niña esclava sexual de militares: es un llanto que asumimos perpetuo, ante el que la ciudad iluminada, desordenada y pobre que tiene a sus pies es sorda. En la segunda, Celina, de pie, increpa con rabia al comisario, al hijo del coronel y al propio Magallanes. Lo hace en quechua y solo podemos intuir su rencor, su cólera, su orgullo, su frustración, tal vez su resignación. Sus interlocutores no la entienden —por sus gestos, al parecer tampoco creen necesario hacerlo— y como la secuencia no está subtitulada, los espectadores no quechua-hablantes (la gran mayoría) tampoco podemos entender sus palabras. Ese es, tal vez, el centro del mensaje: el resto del país, —el que no fue mujer, niño, soldado, autoridad, indígena o campesino víctima— no entiende ni está dispuesto a esforzarse por hacerlo. Como Celina dice, ya en castellano, tal vez nos convenga olvidar y seguir viviendo, como el Coronel y su alzheimer.

La película no tiene respuestas a estas cuestiones y permite que el propio espectador las busque. En ella no hay buenos ni malos sino seres humanos complejos, ambiguos, a los que solo une el signo de una desgracia. Por eso era imprescindible contar con actores excepcionales como Magaly Solier, Damián Alcázar, Federico Luppi y Bruno Odar. Sin ellos la película hubiera naufragado en su clasicismo y en los baches de su guion (la conversación final entre Magallanes y Celina se nos hace muy explícita, y la introducción del hijo de esta última, innecesario). Muy pocas veces una película peruana ha tenido un reparto tan excepcional, y sacar lo mejor de él es un mérito del director. Magaly Solier, por su parte, en todas sus contadas escenas demuestra por qué es nuestra mejor actriz y la de mayor repercusión internacional (ha sido premiada como tal en una decena de festivales internacionales y trabajado con importantes directores).

Todos ellos cumplen con solvencia el objetivo de brindarnos una película que entretiene y hace pensar: ¿Quiere Magallanes redimirse o solo busca nuevamente a Celina por amor, por deseo? ¿Es también él una víctima? ¿Es una excusa la obediencia del soldado para no impedir la violación continua de Celina a manos de su coronel? ¿Los hijos deben responder por las culpas de los padres? ¿Es mejor olvidar? ¿Se puede?

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