LOS FUNERALES DE LA MAMÁ GRANDE

No sería exagerado afirmar que sin Carmen Balcells, Mario Vargas Llosa no existiría como escritor. Al menos no sería lo que es y probablemente buena parte de su obra y el Nobel ganado desaparecerían. Así de importante ha sido para nuestro país esta catalana que falleció el domingo pasado, a los 85, bañada en gracia como la Úrsula Iguarán del universo de Macondo, y bañada en lágrimas, como la inmortalizó Gabriel García Márquez, ese otro genio cuya vida llegó a depender también de ella.

En el catálogo de la agencia de Balcells hay seis premios Nobel: García Márquez y Vargas Llosa, Camilo José Cela, Miguel Angel Asturias, Pablo Neruda y Vicente Aleixandre. También están Julio Cortázar, Juan Carlos Onetti, José Donoso y otros trescientos más.

Esa conjunción magnífica no fue un albur. Balcells revolucionó los derechos de autor en Hispanoamérica y con ello la propia literatura en castellano. Aunque ahora sea increíble, en los cincuenta, cuando inició su labor de agente literaria, la relación entre editoriales y autores lindaba con la esclavitud. Estos, en su gran mayoría negados para la negociación dineraria, firmaban contratos leoninos en los que cedían a perpetuidad sus derechos. Como le ocurrió a Cervantes, que vendió por un precio fijo el «Quijote de la Mancha» (el mayor éxito de ventas de la lengua española, incluso cuando vivía), esto llevaba a los autores a la pobreza, que es una de las principales enemigas de la creación. Era una época en que los escritores consideraban un privilegio el solo hecho de ser publicados y al pago por ello, casi un favor magnánimo.

Fue ella —que apenas había estudiado la carrera de perito mercantil— quien cambió todas las reglas del mundo editorial: exigió plazos determinados para la explotación de los derechos; fraccionó su ámbito geográfico, eliminando la cláusula de exclusividad del editor; contrató por separado los derechos sobre las traducciones y llegó incluso a la escandalosa exigencia (para esa época) de pedir controles sobre el número de ejemplares impresos. Fue odiada por los editores, de quienes recibió presiones, agravios e insultos (por eso Gabo le dedicó uno de sus libros, «bañada en lágrimas»). Algunos también trataron de diversas maneras de sacarla del medio. No pudieron porque incluso cuando ofrecieron a algunos de sus representados mayores beneficios que los que ella podía darles, esos autores se negaron, pues para entonces Balcells no era solo una agente literaria. Era su Mamá Grande, apelativo muy bien puesto por Vargas Llosa o el propio García Márquez, ya no se sabe.

Vargas Llosa ha contado en múltiples oportunidades cómo se inició su relación con ella y esa anécdota nos da un cuadro preciso de lo que significó para él y varios de «sus» escritores (entre ellos también nuestros Ciro Alegría y Alfredo Bryce). A fines de los años sesenta, cuando nuestro Nobel enseñaba literatura en el Kings College de la Universidad de Londres, ella súbitamente llegó a su casa y le ordenó: «Renuncia a tus clases de inmediato. Tienes que dedicarte solo a escribir». Él contestó «que tenía mujer y dos hijos y que no podía hacerles esa bellaquería de dejarlos morirse de hambre». Le preguntó cuánto ganaba enseñando. La suma se acercaba a los quinientos dólares mensuales. «Yo te los doy, a partir de este fin de mes. Sal de Londres e instálate en Barcelona, que es más barato». Y así lo hizo, y gracias a esa suma de dinero «Conversación en la Catedral» y los demás libros pudieron ver la luz. Si alguien tuviera ese gesto con usted, sea escritor o no, seguramente no la dejaría con facilidad.

Pero no se crea que fue una mujer generosa y maternal sin más. El otro lado de la moneda era una implacabilidad a prueba de todo en los negocios. La anécdota de Londres la ha contado, en una de las poquísimas entrevistas que dio, desde su perspectiva: «Me dije: Mario vive en Londres, necesitará dinero y vive en el país de los agentes; el día menos pensado tendrá un agente en Londres. Así que fui a buscarle». Su genio radicó en la armonía de ese contraste: era capaz de oler a leguas el talento que podía traducirse en grandes ventas para su naciente imperio editorial, pero no trató a sus autores como mercancía sino que se encargó de darles la posición que merecían, el reconocimiento que aunque lo negasen, buscaban, y la vida decorosa que de otro modo les hubiera impedido escribir.

Sus artes de negociación eran muy creativas y por eso también ideó la forma de vender los derechos de autores desconocidos. Así, es harto difundido que condicionó la venta de la última novela del consagrado Graham Greene, a que el editor comprase también los derechos de «La casa de los espíritus», la primera obra de una entonces inédita Isabel Allende. Eso explica que la chilena que más libros vende se despidiera de su «madraza» con estas palabras: «Era magnífica, abundante, sentimental. Me tomó bajo su ala cuando yo era una aspirante a escritora desconocida que venía del fin del mundo. Le debo mi carrera (…) Sin Carmen yo me siento perdida».

Con Balcells muere una época marcada por el boom latinoamericano que prácticamente ella creó. Tal vez nos haga falta (en el Perú, en Piura) otra u otro de su talla para que la literatura de esta parte del mundo tenga una nueva época dorada.

(Publicado en el suplemento SEMANA del diario El Tiempo de Piura el 22 de noviembre de 2015.)

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