ENNIO MORRICONE: EL OSCAR GANA UN GENIO

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En la última ceremonia del Oscar solo un genio fue premiado y para ello tuvo que esperar muchos más años e igual número de nominaciones (seis) que Leonardo DiCaprio. La estela de este último, que acaparó casi toda la atención mediática, ha ocultado, aunque no del todo, este hecho significativo.

Es normal. Muy pocas veces en su historia el Oscar ha premiado la genialidad, que de por sí es excepcional y, casi siempre, difícil de reconocer a primera vista. Nos hemos acostumbrado a aplaudir la medianía o la impostura y la confundimos con talento, y a veces, como le ha ocurrido a la Academia en la categoría de mejor banda sonora, toma años darse cuenta. Ennio Morricone (Roma, 1928) es autor de casi quinientas bandas sonoras de películas y series de televisión, muchas de las cuales son parte de la cultura popular mundial. Es casi seguro que alguna vez hemos escuchado sus composiciones viendo alguna película (sea que haya trabajado en ella o no), un comercial, escuchando música de otros (Radiohead, U2, Pink Floyd son algunas de las bandas que lo reclaman como parte de sus influencias), en el teatro o en la calle.

Su influjo es vasto y como pocos ha mantenido una vigencia inalterable por casi seis décadas en las que ha colaborado con directores de la talla de Brian de Palma, Pier Paolo Passolini, Bernardo Bertolucci, Terrence Malick, John Carpenter, Roland Joffe y, por supuesto, con su amigo de infancia y quien le abrió las puertas del mundo del cine, Sergio Leone, para quien creó bandas sonoras clásicas como las de «Por un puñado de dólares» (1964), «La muerte tenía un precio» (1965), «El bueno el malo y el feo» (1966), una de las tonadas más famosas del mundo del cine, «Érase una vez en el Oeste» (1968) o «Érase una vez en América» (1984).

En lo personal conocí la música de Morricone del mejor modo que podía conocerlo un adolescente de los noventa: viendo «Cinema Paradiso», dirigida por su connacional Giussepe Tornatore. La música de esa película, tanto como la historia, los diálogos, la edición y los encuadres son capaces de tejer emociones muy difíciles de generar con naturalidad en un espectador. Cuando la recuerdo (y he sabido que le pasa a muchos de mis contemporáneos) es inevitable recordar sus melodías, incluso antes que sus imágenes. Es una forma perfecta de entender que el cine puede conectar con todas las artes y particularmente con la música. Es una muestra también de que el compositor es mucho, muchísimo más, que sus participaciones en los spaguetti western.

El primer Oscar competitivo de Morricone le llega a los ochenta y siete años, nueve después de que la Academia le entregase un Oscar honorífico por su trayectoria, una forma de disculparse, en ese entonces, por su grave miopía. Pero como él mismo dijo: «los Oscar honoríficos se los suelen dar a artistas en decadencia, pero no es mi caso, desde luego. Me lo tomo con un nuevo punto de partida». Como lo ha demostrado con la emoción con la que leyó, en italiano, su discurso de agradecimiento, ganar este año le ha demostrado que continúa vigente, que su música sigue escuchándose. Ha compartido este sentimiento con John Williams, ese otro grande de la composición musical, nominado en la misma categoría. Para ambos ganar un Oscar no es un reconocimiento artístico, pues no hay nada que el Oscar les pueda reconocer que no sepan o que no haya sido reconocido ya por sus millones de seguidores que, en muchos casos, aman sus composiciones tanto o más que al cine.

Tampoco hay falsas modestias. Al contrario, hay claridad, que pasaría por petulancia en alguien que no estuviese a su altura. En el 2007, con ocasión de su Oscar honorífico, Morricone dijo que no esperaba ganar ningún Oscar. «Sentí que tenía que haberlo ganado con “La misión”. Considerando que ese año ganó “Alrededor de la medianoche”, que no contiene música original, por mucho que los arreglos fueran fantásticos, me pareció un robo. La verdad es que yo podría haber ganado un Oscar cada dos años.» Creo que también debió ganarlo por «Cinema Paradiso», pero ni siquiera pudo ser nominado (ganó, en cambio, en la categoría de «Mejor película extranjera», en 1989).

«Música para el cine». Así es como define su arte. Se niega a admitir esa «vulgaridad» de «banda sonora». Música. «Desde que tengo uso de razón Ennio Morricone siempre ha sido mi compositor favorito; y cuando digo compositor favorito no me refiero al gueto de los compositores para películas, me refiero a personajes de la talla de Mozart, Beethoven, o Schubert». Son palabras de Quentin Tarantino, el director de «Los ocho más odiosos», la película por la cual Morricone ha ganado su primer Oscar competitivo, la primera colaboración de ambos.

Este año la Academia volvió a equivocarse de pies a cabeza al premiar a imposturas e impostores. La peor de ellas ocurrió en la categoría de «mejor director», en la que ha vuelto a reincidir en la idea de que en el cine la forma puede escindirse del fondo, que el arte puede convertirse en puro artificio. El Oscar entregado a Morricone, por sí mismo, salva el prestigio del premio. Hacer cine (o música para cine) por dinero, por fama, o por los premios, no es del todo reprochable. «Empecé en esto del cine por dinero, lo reconozco, pero con el tiempo ha acabado por convertirse en mi vida. Quiero seguir componiendo hasta que me muera», ha dicho el maestro. Y también ha dejado sentado que solo se puede aspirar a seguir teniendo vigencia si uno abandona todo y se entrega a esa pasión sinceramente, sin trampas. ¿Alguna pasión insatisfecha?, le preguntaron hace pocos años. «Sí, componer música.» dijo con absoluta convicción.

(Publicado en el suplemento SEMANA del diario El Tiempo de Piura el 5 de marzo de 2016.)

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