EL CINE (PERUANO) QUE NO VEMOS

«Magallanes», la ópera prima del director y guionista Salvador del Solar (Lima, 1970) es una de las obras más interesantes del cine peruano de la última década. No obstante, en Piura no superó la primera semana en cartelera y a nivel nacional se mantiene, a duras penas, en pocas salas.

Su situación es muy representativa del estado del cine peruano y del cine en general: la cartelera peruana (y peor aún, la piurana) le da muy poca cabida a películas que no pertenezcan a los géneros de la comedia, el terror o la acción de formato hollywoodense. Que sea así lo deciden principalmente las distribuidoras, con base en estudios de mercado con los que prevén la capacidad de recaudación de los filmes. Por eso la mayoría de las buenas películas que se producen en el mundo (y que hace mucho tiempo no pasan necesariamente por Hollywood) ni siquiera llegan a estrenarse en el Perú. Esa es una de los contrasentidos del libre mercado que, a la larga, nos hace menos libres, nos quita opciones y termina obligándonos, a todos por igual, a ver un cine predeterminado y estático o a, simplemente, no ver cine.

En la edición del 28 de agosto, el director de este diario llamó la atención, además, sobre la responsabilidad del público que le da la espalda a películas como «Magallanes», a pesar de que en las redes sociales reclama una televisión y un cine de calidad. Ciertamente, esto también es parte del problema, aunque tal como está estructurado el sistema en nuestro país, la responsabilidad del público tiene atenuantes. En principio, porque el cine, como todo arte, es un gusto adquirido y no puede adquirirse sin una formación previa. No nos referimos a que deba ser estudiado en las escuelas o tratado solemnemente como un tema refinado y de élite. Nos referimos a, por lo menos, atacar la casi completa ausencia de esta formación.

Como país seguimos creyendo que el arte es un aspecto intrascendente de la vida que puede ser tratado como una simple mercancía, abandonada a las leyes del mercado,  cuando ya es claro que estas deben ser complementadas (o corregidas) con iniciativas públicas y privadas que permitan que el «otro cine» también tenga un espacio y que despliegue su poder de contagiar ese placer que, una vez descubierto, nos hace volver a él. Esa es una forma de crear un mercado verdaderamente libre que fortalezca no solo a la economía sino al «capital» humano, sin el cual no hay economía ni desarrollo viables.

Lamentablemente el Estado no está contribuyendo con ello ni siquiera en su rol subsidiario. Apenas cuenta con un fondo reducido que permite promover algunas obras, pero que no garantiza ni la postproducción ni la difusión de una película como «Magallanes» que, premiada en el Perú, recién pudo ver la luz gracias a un premio internacional, el Premio Cine en Construcción del Festival de San Sebastián. Esos logros, sin embargo, tampoco le sirvieron para mantenerse más que unos pocos días en cartelera.

Quienes se arriesgan a hacer cine no tienen ninguna garantía de que su inversión retorne y, mucho menos, de obtener alguna ganancia. En esos términos, la creación y producción cinematográfica se vuelven una odisea y el cineasta, un masoquista. Sin incentivos concretos y verificables es casi imposible revertir la aridez de nuestra cartelera y de nuestro cine nacional. A ese nivel de nada sirve que nos regodeemos en los tres millones de espectadores de «A su mare» porque incluso en ese caso de éxito, de poco le valió a Tondero, su productora, invertir sus ganancias en «El elefante desaparecido» y «Magallanes», películas que no recibieron el respaldo ni de las distribuidoras ni del público.

Y por más que este año se hayan estrenado 16 películas peruanas en el circuito comercial y se prevea el estreno de una docena más en los meses restantes, no podemos hablar de un boom y ni siquiera del nacimiento de una industria cinematográfica nacional. Todas ellas son esfuerzos individuales, mérito exclusivo de la locura de sus realizadores, cuya cuesta arriba es mayor en el caso del cine regional, especialmente vivo en Cusco, Huancayo y Ayacucho y extrañamente ajeno en Piura.

¿Qué hacer? Tal vez no sea mucho, pero discutir estos temas públicamente y no resignarnos a ser consumidores pasivos es un buen inicio. Darle una oportunidad a las contadas películas peruanas que llegan a Piura ayudaría de un modo más concreto. Si bien no se trata de consumir cine peruano solo por serlo, este sigue siendo estigmatizado como aburrido y de baja calidad sin siquiera verlo y el peso de ese estigma hace que muchas veces dejemos pasar películas razonablemente atractivas, o que solo veamos las peores, las que terminan reproduciéndose bajo la regla de que eso es «lo que le gusta a la gente». Por ejemplo, ojalá que «NN», de Héctor Gálvez o «Rosa Chumbe», de Jonatan Relayze o, incluso, «Lusers», de Ticoy Rodríguez y Tondero, tengan esa oportunidad que pedimos.

El Estado y, específicamente, el Sector Cultura, las direcciones regionales de cultura, así como las municipalidades, universidades, institutos, colegios (públicos y privados) y, por supuesto, las distribuidoras y salas de cine, tienen enormes posibilidades de contribuir en este esfuerzo.

(Publicado en el suplemento SEMANA del diario El Tiempo de Piura el 6 de septiembre de 2015).

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