CONTRA VARGAS LLOSA

La relación de Mario Vargas Llosa con el Perú no se volvió difícil cuando perdió la elección presidencial de 1990. Siempre lo fue. En 1983, en un importante artículo para la New York Times Magazine, ya lo decía con claridad: «El Perú es para mí una especie de enfermedad incurable y mi relación con él es intensa, áspera, llena de la violencia que caracteriza a la pasión».

El Perú es con seguridad el país que alberga la mayor cantidad de sus detractores. Prueba de ello son las redes sociales, tan pródigas en estos días en ataques en su contra. Esta situación no ha cambiado sustancialmente ni con el Premio Nobel del 2010 ni con su ingreso al canon universal de La Pléiade, de la editorial Gallimard. Su prestigio como intelectual y político —y a veces también el de literato— es discutido y minusvalorado, muchas veces con saña. Grandes sectores tienden a reducir su figura a un supuesto odio visceral que le tiene al país, cuyo origen ubican en su incapacidad para superar su fracaso como candidato presidencial.

En todo caso ese odio ha sido granjeado a pulso por el propio escritor a través de declaraciones políticas, principalmente en periodos electorales, porque Vargas Llosa es el antifujimorista más célebre, el de la cruzada más mediática para impedir (son palabras que ha reiterado muchas veces) que la dictadura de los noventa regrese o sea reivindicada. Esta relación tirante con un sector del país poco tiene que ver con su obra literaria o su pensamiento político. La mayoría de sus contrarios no han necesitado leerlo para denostarlo. Es más, conozco a muchos que se niegan a hacerlo, como una cuestión de principio ya sea por su antifujimorismo como por su presunto conservadurismo de derecha.

Recuerdo que en el primer año de mi época de estudiante universitario leí ante mi clase un breve texto suyo contra los nacionalismos como parte de una exposición. No guardo memoria ni del curso ni del tema que se discutía, pero sí de la furibunda reacción de dos de mis compañeros que acusaron la impertinencia de citar a un hombre «de la derecha más extrema» y «sin lealtad a ninguna posición política; alguien que ha sido sucesivamente, comunista, trotskista, castrista, velasquista, thatcherista, neoliberal, ultraliberal y que no había podido serle siquiera leal a su nacionalidad peruana». Era 1996, año en que ya se le llamaba traidor por haberse hecho ciudadano español.

Leyéndolo he aprendido que con Vargas Llosa no caben defensas personales y que para acceder a su obra literaria y política se necesita compartir con él al menos una pasión similar por el país y tener disposición para conversar y discrepar sobre su visión del mundo, incluso hasta perder la paciencia. O hacer el esfuerzo de entenderlo, como con todos los seres humanos. Una novela muy apropiada para entenderlo a él y a su relación con la literatura y la política peruana es «Historia de Mayta» (1983), una perfecta síntesis de sus reflexiones sobre los riesgos y las fortalezas de la ficción para explicar al Perú y para acercarse al proceso de la izquierda peruana que, en buena cuenta, es también su propio proceso de maduración política.

Despreciar su legado por lo que pueda parecernos que dice nos hace perder la oportunidad de contar con un interlocutor de primer orden para pensar no solo en el país sino en la condición humana. Un interlocutor que, dada su talla, necesita de la discrepancia honesta, de la confrontación de ideas. Estar contra Vargas Llosa es un ejercicio singularmente útil para fortalecer o corregir nuestras convicciones más profundas sobre lo social y lo individual. Estar contra él por el simple hecho de estarlo es un absoluto desperdicio.

En particular, se pueden sacar grandes lecciones de su batalla contra cierta concepción fascista del nacionalismo, contra los fanatismos y las dictaduras de izquierda y derecha. Conservo como piezas ejemplares, entre otras, su carta al General Velasco Alvarado a propósito del cierre de la revista Caretas y de la deportación de su director, en 1975, y la explicación de su ruptura con la Cuba de Castro, en 1971, a partir del caso del poeta Heberto Padilla, obligado mediante la pura coacción a abjurar públicamente de sus críticas a la revolución. Ambas son defensas cerradas, principistas, fundamentales sobre la libertad humana.

Hay otros temas en los cuales hay amplios y evidentes espacios para la discrepancia. Uno de ellos es el concepto elitista y occidentalizado de cultura que defiende como único deseable en su ensayo «La civilización del espectáculo» (2012). Otro, la subvaloración que hace de la calidad literaria y del aporte de José María Arguedas al canon literario peruano, en «La utopía arcaica. José María Arguedas y las ficciones del indigenismo» (1996). Ligado a ello, una de mis mayores decepciones fue su artículo «Victoria pírrica» (El País, 29 de junio de 2009), en el que fija una posición sobre el conflicto social de Bagua que desconoce derechos fundamentales de los ciudadanos indígenas del Perú. Y claro, uno también puede llevarse decepciones con él, como cuando parece actuar con inconsistencia a favor de determinados regímenes políticos conservadores.

En el mismo artículo que he citado al inicio sostuvo que «Aunque me haya ocurrido odiar al Perú, ese odio, […] ha estado siempre impregnado de ternura». Y ese, en todo caso, es el tipo de odio que merece una persona que ha dedicado casi todos los ochenta años de su vida a querer y a preocuparse por su país (el Perú, siempre), del único modo en que se puede hacerlo honestamente: odiando sus defectos.

(Publicado en el suplemento dominical SEMANA del diario EL TIEMPO de Piura el 10 de abril de 2016).

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