DANY CRUZ: «SOY UN POETA QUE APRENDE EL OFICIO»

No es común escuchar de un poeta que la literatura no lo satisface. Eso me dijo en Lima Dany Erick Cruz Guerrero (Chalaco, Morropón, 1983). Al parecer no es un contrasentido. Para él la poesía, más que un oficio es una búsqueda vital.

Por eso, seguramente, será un migrante perpetuo. Salió de Chalaco hacia Piura y luego, hace once años, hacia Lima, buscando algo esencial para sí. Por la misma razón estudió Derecho y lo dejó por la Filosofía. Por eso, seguramente, su próxima migración es inevitable, aunque, al parecer, siempre le quedará la poesía.

Ha publicado dos plaquetas («Desencuentro», 2003, y «Colán y los despistados», 2006) y dos libros («Rueca del insomnio», 2013, que obtuvo una mención honrosa en el Premio Nacional de Poesía PUCP—2007; y «Nuevo sol», 2015). A contracorriente de las vanguardias nacionales estos dos últimos vuelven sobre géneros clásicos y extraños hoy: el soneto y el haiku. Sin entrar a juzgar su obra bastará con decir que sus poemas pueden encontrar sus propios lectores y que apreciamos su permanente reflexión sobre su oficio.

 ¿En qué momento ubicas el inicio de tu vocación por la poesía?

Cuando ingresé a la Facultad de Derecho empecé a frecuentar la biblioteca central de la Universidad Nacional de Piura para mejorar mi comprensión lectora y terminé sumergiéndome en la literatura. El libro que me abre el mundo de la poesía de un modo que no pude sepultar a pesar de mis esfuerzos por concentrarme en el Derecho fue «La tortuga ecuestre», de César Moro, de cuya lectura tengo todavía un recuerdo muy intenso. Al mismo tiempo la literatura había estado más presente de lo que yo pensaba. Va a sonar un poco trillado, pero no es que yo haya escogido la poesía; es más bien un llamado, una resonancia que no sé de dónde viene. Imagino que tiene que ver con la forma en que se moldeó mi sensibilidad en mi primera infancia: mi papá es músico y en mi casa siempre hubo música, guitarristas, cantantes. Entiendo la poesía como música.

 Y dejaste el Derecho en el 2004.

A poco de terminar esa carrera me di cuenta de que no tenía talento para ejercerla y que era una incoherencia seguir en ella cuando en realidad le había puesto más empeño a la literatura, y no era que fuese un mal estudiante. Eso tiene que ver con otra lectura, la de «Ficciones», de Borges, que me abre el panorama general a las Humanidades. Descifrar a Borges, entender su manera de ver el mundo, de crear, me supuso un desafío cognitivo, al mismo tiempo que una experiencia estética. En ese mismo periodo leo a Unamuno, el primer filósofo al que tengo acceso de manera consciente y a partir de ello cultivo mi interés por la Filosofía, que es una vocación paralela, pero más subterránea.

¿Seguiste la máxima de Rilke de dedicarte a la poesía solo si no podías vivir sin ella?

La poesía tiene múltiples formas. Los géneros literarios son, finalmente, tradiciones. El autor, en la medida que es consciente de la tradición, puede decidir libremente los géneros que encaminen mejor su expresión. Pero si no hay un impulso, una necesidad vital, es mejor buscar otra actividad que encauce esa energía. Si yo no sintiera esa energía de ningún modo habría escrito y publicado.

Hablemos de tu proceso creativo.

Martín Adán decía que la poesía es fácil. Lo dice porque su obra es vivencial y formalmente muy solvente, pues tiene un conocimiento profundo de la tradición hispánica y no solo de ella. Llegado a un punto me sirvió de modelo. También recuerdo otra propuesta de la filosofía oriental: «no sigas la huella de los antiguos, busca lo que ellos buscaron». Hay dos horizontes; está la vivencia misma que nos impacta y nos transforma de forma profunda, aquella de la que surge el poema. Pero también está el conocimiento de la tradición que permite el diálogo con la sensibilidad y la cultura. Las vanguardias pusieron en cuestión la idea de que había una forma poética y, sin embargo, uno lee a César Moro y encuentra formas clásicas, a pesar del despliegue de visiones oníricas, apocalípticas y catastróficas. Al final, emerge una vitalidad que exige una forma de expresión para ser comunicada.  Si uno se entrena puede llegar a tomar conciencia de todo esto.

Entonces, la poesía es permanente experimentación.

Dentro de mi experiencia hay un momento de experimentación muy intensa que termina en la plaqueta «Colán y los despistados», en la que me siento con absoluta libertad frente a la forma y eso tiene que ver, nuevamente, con la tradición. En ella hay un diálogo con el surrealismo, con la escritura cromática y con algunos referentes de la literatura piurana: Alberto Alarcón y Roger Santivañez, pero también Lelis Revolledo, Gabriel Garay. En «Desencuentro» confluyen la tradición del verso libre, las primeras lecturas del surrealismo, la tradición del 27, la del 50, el Vallejo de Trilce, Westphalen.

En esta búsqueda personal de conocer mejor la tradición, volver a Homero y hacer un repaso de ella, uno va comprendiendo que la forma estuvo presente en casi todas las literaturas y que hay formas propias de cada una. En «Trilce», por ejemplo, está muy presente el ritmo endecasílabo, a pesar de que es un libro de ruptura. Lo mismo pasa con Cesar Calvo, que tiene poemas que en apariencia son de verso libre, pero están estructurados, de modo que formalmente satisfacen el canon clásico.

Me parece claro que los haikus de «Nuevo Sol» son ejercicios de formación.

Algo de eso hay. Son puntos de llegada, pero también de partida. Cuando era estudiante escribí mucho y me dejé fascinar por la letra y me perdí un poco en esa corriente y marejada de culturas que me dieron en la universidad. Pero como impulso, no para cultivarlas propiamente.

Los lapsos entre un libro y otro se debían a la esperanza de que la forma cuaje, que la expresión buscada aparezca de forma más transparente, y eso tiene que ver con depuraciones de la propia sensibilidad. Ahora tengo un par de libros inéditos que hablan de otras cosas, de mi mundo más interior, de sueños, de imágenes oníricas llenas de simbolismos que todavía están ahí, esperando que haya ocasión para volver.

En algún momento sentí que me indigesté con la poesía y decidí alejarme un poco, darle prioridad, por ejemplo, a la filosofía, a las ciencias sociales; ver qué está pasando con la sociedad. Y eso implicaba releer la tradición.

En ese momento yo le vuelvo la espalda a la literatura porque siento que ya no me satisface  como antes; llego a la conclusión de que el poeta que uno está buscando está más allá de uno mismo. Porque la sensibilidad del poeta no es ajena ni muy distinta de la sensibilidad de un hombre común, cualquiera, que vive su vida cotidiana, con sus labores de todos los días. En realidad son muchos los que escriben poesía, porque esta tiene múltiples formas. Hay una poesía que se presta más al canto y otra más a la lectura en tu escritorio, en tu cama.

Sin embargo, pocos leen poesía. Tal vez deba recurrirse, por ejemplo, a la música para acercarla a nuevos lectores.

Eso es llevar mal el encuadre de la lectura. Hay lecturas privadas, muy personales, muy íntimas, donde el contacto es físico y leer un libro es, también, tocarlo. Pero también hay lecturas cognitivas, más científicas y objetivas. En el medio hay textos para leer en colectivo. En ningún caso estas formas son excluyentes. Por otro lado hay lecturas que requieren del lector un bagaje cultural mínimo y otras a las que es más fácil acceder. Pienso, por ejemplo, en la poesía de Rubén Darío, llena de símbolos. Si uno lo investiga a conciencia puede acceder a todos sus referentes culturales, pero tiene otra dimensión, puramente auditiva, sensitiva, que puede que uno no esté entendiendo nada, pero no deja de sentir. Creo que ese es el núcleo de la cuestión: si un poema no remueve tus fibras más sensibles, entonces ese poema no es para ti, y eso no le quita valor estético.

 ¿Cómo evalúas tu obra?

Como escasa. He publicado dos libros y dos plaquetas en doce años. Uno escribe mucha hojarasca. Claro, escribo todos los días, bajo una rutina, pero son pocos los momentos en que encuentro lo que busco; esos son los momentos de mayor entusiasmo creativo y los de mayor despliegue espiritual. Pero esos momentos se dan poco, son infrecuentes. Los escritores más profesionales escogen un tema, lo investigan, hacen su informe, que es la obra literaria, y ya está, cumplieron. Para mi es un poco más difícil. Soy un poeta que aprende el oficio.

 

POEMAS

«Haiku, hai-kai, hai-ku». De «Nuevo sol», Lima, 2015.

Tres arduas líneas:/caben todos los años,/todas sus horas

Igual que el viento/del desierto, te abrazo,/flor fugitiva

El puro espacio/de tu ausencia infinita/siega mis ojos

 

 ¡Tú no me faltes, Rosa, no me faltes! De «Rueca del insomnio», Lima, 2013

¡Tú no me faltes, Rosa, no me faltes!

¡No abandones el agua de mi remo!

¡No me acuses de asirme en el extremo!

¡Ni me arranques de amor cuando me asaltes!

 

¡No me repitas, Rosa, en tus esmaltes!

¡Me entrego a tu deseo más supremo!

¡Me repliego en tu seno porque temo

Tu oscura carcajada y que me faltes!

 

(Publicado en el suplemento SEMANA del diario El Tiempo de Piura el 10 de enero de 2016.)

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