MISIÓN IMPOSIBLE 5

«Misión imposible 5» (M.I.5) demuestra que resucitar la carrera de Tom Cruise (USA, 1962) era una misión difícil, pero no imposible. La quinta entrega de esta popular franquicia cumple como propuesta cinematográfica y es un éxito de taquilla, al punto de que es seguro una sexta. Contra lo que muchos creíamos, Cruise no ha muerto.

Después del fracaso que resultaron ser «Al filo del mañana», «Jack Reacher» y «Oblivion», y el desgaste de su prestigio a causa de sus crisis personales y su relación con la secta de la Cientología, al ya veterano y quincuagenario actor no le quedaba sino correr grandes riesgos para retomar su antiguo éxito. La grabación de la primera secuencia de la película —cuando el agente Ethan Hunt cuelga de la parte externa de un avión en ascenso— es muy gráfica al respecto. Para ella Cruise no usó un doble de riesgo sino que él mismo se sometió al difícil trance. Su competente oficina de marketing le dio amplia difusión a este hecho y el protagonista (que además es uno de los productores) se enlistó en una agresiva campaña publicitaria que, adelanto de fecha de estreno incluida, ha dado resultados. El público, sobre todo el estadounidense, le ha correspondido con emoción: M.I.5 va camino a convertirse en la más taquillera de la franquicia y es considerada una de las mejores performance del actor desde las épocas de «Top gun», «Rain man», «La firma» y «Cuestión de honor («A feew good men»).

EL REGRESO DE LAS FRANQUICIAS

Este año está siendo pródigo en revivir franquicias (antes de esta hemos tenido oportunidad de comentar las de «Jurassic Park» y «Terminator»).  Se debe, en gran parte, a que a Hollywood se le nota cada vez más la falta de imaginación y que, por tanto, prefiere asegurar los ingresos de caja. «Misión Imposible» tiene elementos suficientes para brindar dicha seguridad.

En primer lugar, tiene en el agente Ethan Hunt a un personaje central sólido, que no llega a tener la trascendencia de James Bond en el imaginario colectivo, pero que ha podido ubicarse, junto a Jason Bourne, como un referente del mundo de los agentes secretos. Tiene, además, a Tom Cruise, que luego de una carrera exitosa que supera las tres décadas forma parte de la cultura general de casi todas las generaciones que ven cine hoy en día. Incluso, el ingreso de Jeremy Renner en la cuarta parte de la saga («Protocolo fantasma», 2011) desató rumores de que este se preparaba para reemplazar a Cruise como protagonista de ella, pero hechas las sumas y las restas queda claro que en este caso el antipático Tom y el carismático Hunt son indispensables.

Pero también se trata de un género, el de acción, y un subgénero, el de agentes secretos, de gran aceptación por el público masivo y que cuando se arma con maestría puede producir obras notables, pues en ellas se mezcla con naturalidad la acción, el suspenso, el thriller psicológico, el romance, el erotismo, el humor, los quiebres más sorprendentes de guion y, últimamente, los más sofisticados efectos especiales.

HISTORIA Y PUESTA EN ESCENA

Todos esos ingredientes —unos con más énfasis que otros— están presentes en M.I.5». En este caso, un atemporal (aunque es inevitable notar su natural envejecimiento) Ethan Hunt debe luchar contra una férrea organización secreta. Y debe hacerlo casi solo, abandonado por el gobierno al que sirve y con la colaboración no oficial y emotiva de sus mejores amigos, que también actúan por su cuenta. No importa que la guerra fría haya acabado y que la figura de un agente secreto caballeresco no corresponda con la realidad de los servicios de inteligencia o la guerra de hoy en día. Tampoco importa que estos lobos esteparios realicen acciones que sabemos imposibles, como sostenerse pegados a la parte externa de un avión en movimiento, aguantar más de tres minutos bajo el agua sometidos a una gran presión psicológica y física, usar máscaras para cambiar de cara, o secuestrar con facilidad escolar al Primer Ministro británico. Porque quienes vamos al cine sabemos que vamos a ver una farsa, pero vamos con gusto porque amamos esa farsa si es que está bien contada y despierta en nosotros emociones imposibles de sentir en nuestra vida cotidiana.

En ese sentido, M.I.5. cumple con suficiencia. Christopher McQuarrie (USA, 1968), su director, ha estado a la altura de Brian De Palma (M.I.1) y J.J. Abrams (M.I.4), y ha sabido usar con solvencia los trucos que el lenguaje cinematográfico aporta a la narración de buenas historias. Hay secuencias muy logradas, como la de la Ópera de Viena, en la que la clásica Turandot, de Puccini, sirve como sorprendente banda sonora de un juego de gato y ratón, un acto de sicariato y una balacera. O la de la persecución en autos y motocicletas por Casablanca, en Marruecos, en la que la perspectiva de la cámara pone al espectador dentro de la misma acción. Asimismo, destaca un competente grupo de actores: la sueca Rebecca Fergusson, que construye a una muy verosímil agente británica; el británico Simon Pegg, muy útil en su rol de apoyo y en su cuota de humor, y el casi siempre competente estadounidense Alec Baldwin, que nos parece un mejor actor con cada año que pasa. Sin embargo, no nos gusta el villano (un encorsetado Sean Harris), que parece apelar a su sola apariencia para darle profundidad a su personaje.

(Publicado en el suplemento SEMANA del diario El Tiempo de Piura el 9 de agosto de 2015.)

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