EL CINE DOCUMENTAL EN EL PERÚ

El adelanto de película más visto de la historia del cine peruano ya no es el de «Asu mare 2», que llegó a tener casi tres millones de reproducciones. Este récord ha sido superado, por un amplio margen de casi el 50% por el de «Hija de la laguna», que a la fecha de cierre de esta edición ya supera los cuatro millones trescientos mil reproducciones.

Sorprenden estas cifras porque estamos ante una película que nuestro circuito comercial no admite: su género no es el terror ni la comedia (los dos más populares en el país) ni están en su elenco figuras con arrastre popular como Carlos Alcántara (Asu mare 1 y 2), Milet Figueroa (Al filo de la Ley), Miguel, «el chato» Barraza (El pequeño seductor) o Carlos Vilchez, «la Carlota» (Macho peruano que se respeta), presentes como gancho en los filmes peruanos más taquilleros de este año. Tampoco cuenta con una campaña masiva de marketing y, más aún, se trata de un documental sobre un tema polémico de actualidad (el conflicto en Conga) que según se tiende a pensar no interesa a muchas personas más allá de Cajamarca y de los círculos de interesados en la política.

Es posible, incluso, que sea la primera vez que usted sepa sobre ella. De ser así, no es extraño. Si bien desde los setentas no han dejado de hacerse documentales en el país —varios de ellos de gran calidad y con reconocimientos internacionales— su difusión pública ha estado seriamente limitada en los multicines, en los cuales solo han tenido cabida esporádicamente. Incluso los documentales taquilleros de cine extranjero, como los del mediático estadounidense Michael Moore, han sufrido esta regla. Lo usual es que se les ubique en los circuitos académicos o alternativos como algunas filmotecas, centros culturales o festivales.

Justamente el Festival de Lima, cuya decimonovena edición culminó ayer, es uno de los espacios privilegiados en los que se puede acceder a una muestra de buenos documentales. Su sección de competencia oficial comprende once de estas obras de nueve países y cuenta con una sección especial, denominada «Documentales hechos en el Perú», en el que pueden verse, junto a la referida «Hija de la laguna», tres valiosas obras: «Avenida Larco», la historia del grupo musical «Frágil», «Te saludan los cabitos» y «Siguiendo a Kina». La acogida de público que estos han tenido (salas llenas en casi todos) nos hace abrigar esperanzas de que se comience a establecer una conexión más permanente entre el gusto del público y los documentalistas.

La relación entre el cine y el documental son muy estrechas. Las primeras imágenes que nuestros antepasados vieron en un ecran, en los últimos años del siglo XIX, fueron de registro documental: la llegada de un tren, las calles de una ciudad. Hasta antes de la llegada de la televisión el cine sirvió como un medio de transmisión de noticias. Durante los primeros años de la década del cuarenta, por ejemplo, en Europa y también en el Perú las personas acudían al cine para enterarse de lo que sucedía durante la Segunda Guerra Mundial. Los nazis, que eran expertos en la manipulación de masas, supieron utilizar muy bien esta estrategia para divulgar sus ideas y su guerra, pues el peligro del uso indebido no es ajeno ni siquiera al arte.

El poder del cine documental es inmenso y no deberíamos desaprovecharlo. Como ha señalado el reconocido documentalista chileno Patricio Guzmán, «un país sin cine documental es como una familia sin álbum de fotos». En el caso peruano estas fotos existen y no están dedicadas solamente a los eventos familiares tristes o dramáticos, pues si bien hay una profusa muestra de obras sobre el periodo de la violencia terrorista, la conflictividad social, la contaminación ambiental y la pobreza, existen también otros celebratorios de nuestra identidad, como «Sigo siendo» de Javier Corcuera, o «Blanquiazul», sobre el club de fútbol Alianza Lima, estrenado en contadas salas y que, a pesar de ello, se convirtió en el más visto de la historia del cine peruano. También hay algunos dedicados a la gastronomía (Buscando a Gastón) o de nuestro legado cultural (Chavin de Huántar, el legado del más allá), entre muchos otros a veces más íntimos, a veces más sociales.

Ciertamente no basta con tener el álbum de fotos. Es necesario verlo, compartirlo con la familia, reafirmar nuestra idea de nación a través de la diversidad de enfoques que los documentalistas pueden aportar sobre la realidad. No se trata de estar de acuerdo siempre con esos puntos de vista sino de utilizarlos como vehículo de conversación y de autoreconocimiento. Tampoco se trata de que estos cumplan una función solemne, pues como a toda obra cinematográfica se le debe exigir claridad y capacidad de entretener naturalmente.

Volviendo a «Hija de la laguna» (que todavía no he podido ver, pues las entradas para las dos únicas funciones programadas en el Festival de Lima se agotaron en horas una vez iniciada la preventa), esperamos que los multicines lean adecuadamente el mensaje que está dando el público sobre ella y la programen en suficientes salas. Es una película que, como el mismo cine documental, debería ser accesible al gran público. Por eso nos sorprende que su estreno solo haya sido anunciado en contadas salas limeñas, a partir de la última semana de agosto, y esto debe cambiar.

(Publicado en el suplemento SEMANA del diario El Tiempo de Piura el 16 de agosto de 2015.)

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