AL FILO DE LA LEY

El cine peruano debe abrirse a nuevos géneros para atraer más público, entre ellos al cine de acción, abandonado al punto de que sus últimas películas importantes, «La fuga del chacal» (1987) y «Alias la gringa (1991)», se estrenaron hace casi tres décadas. Por eso, a pesar de sus limitaciones, «Al filo de la ley» es una buena noticia para nuestra pequeña industria y es signo de que este abandono puede empezar a revertirse.

Los directores y el proyecto

Los jóvenes directores Juan Carlos y Hugo Flores fundaron su propia productora (Flores Brothers Producciones), y tienen en su haber más de diez cortos. Hemos visto dos de ellos («Drunkenman, el superhéroe etílico» y «Demasiado héroe»), en los que la dupla demuestra manejo y conocimiento del lenguaje cinematográfico (Juan Carlos tiene formación académica en Lima y España y Hugo es autodidacta). Por eso las marcadas deficiencias de su primer largometraje no parecen tener una ligazón lógica con su pericia en la dirección sino, más bien, con el proceso de gestación del proyecto.

La idea original del filme pertenece a Renato Rossini, quien como productor facilitó los contactos para lograr su financiamiento a través del auspicio de varias empresas nacionales. Desde el inicio, la película fue concebida como un producto netamente comercial y por ello es comprensible que, como en «A su mare» hayan recurrido a la nostalgia del espectador como fórmula principal para atraer audiencia. Esta vez el imán es el dúo protagónico de la exitosa serie nacional de los noventa «Calígula, el ángel vengador», con quienes «Al filo de la ley», establece un vínculo directo bajo los parámetros típicos del subgénero denominado buddy movie, es decir, una película que se centra en mostrar la relación entre dos compañeros.

La historia se ubica, aunque sin explicitarlo del todo, veinte años después de los hechos de «Calígula», a modo de continuación, aunque los personajes responden a otros nombres. Para eso recurren a una explicación un tanto inverosímil: los protagonistas, fallecidos al final de la serie, en realidad vivían exiliados lejos de la ciudad. De ese exilio regenerador son sacados por un jefe policial (Fernando Vásquez, el único de actuación destacable) para que ayude a la policía a capturar al capo de la droga de Lima, infiltrándose en su organización.

Planteada así la historia, todo lo que sigue responde a los patrones del subgénero y, lamentablemente, no hay mayores sorpresas en ella. El problema es un guion fallido, terminado con prisa y en medio del rodaje, como los directores han confesado. Nada en él termina de cuajar: ni los giros argumentales que carecen verosimilitud ni los diálogos planos que explican demasiado, ni la construcción de los personajes que responden a estereotipos exagerados, con los que ni siquiera puede el experimentado Reynaldo Arenas. Tampoco funciona la dirección de actores, que desperdicia talentos relevantes (pienso, sobre todo, en Reynaldo Arenas y Juan Manuel Ochoa). Finalmente, tampoco están a la altura la banda sonora y los efectos especiales y de sonido, tan importantes en una película de acción para marcar la narración.

El cine peruano

Ello a pesar de que la historia en sí misma tiene un gran potencial, pues como decía Julio Cortázar respecto de la literatura, se puede hacer arte hasta con la historia de una piedra. Lo que parece existir en este caso es un prejuicio sobre el gusto del público, a partir del cual se cree que para satisfacerlo basta con una historia fácil, mujeres voluptuosas, actores populares y violencia realista. Es un error. La influencia del cine de acción extranjero, sobre todo el de Hollywood, ha hecho que el público peruano sea más exigente, incluso dentro de los cánones limitados del cine comercial. Lo que pide ahora es que la historia sea creíble, que conmueva y, sobre todo, que entretenga con naturalidad.

Eso significa, en el caso del cine de acción, que las peleas, los golpes, los choques, las explosiones sean, de verdad, un espectáculo digno de verse y no una secuencia sosa de hechos. Asimismo, que las pretensiones de voluptuosidad no deben quedarse en la exposición mecánica de semidesnudos sino que, incluso sin ellos, las imágenes muevan la imaginación erótica del espectador. A grandes rasgos, todo ello vale para los distintos géneros del cine.

A pesar de lo dicho, «Al filo de la ley» es un buen síntoma del avance del cine peruano. Su hasta ahora relativo éxito de taquilla demuestra que los peruanos estamos dispuestos a acoger géneros más allá de la comedia fácil, el terror reiterativo y el cine de autor que gana festivales. En ese sentido, es una invitación a los realizadores de cine comercial a arriesgarse por nuevas formas de conectar con su público y a aprovechar mejor a los buenos guionistas, actores y actrices con los que cuenta el país. Valga decir también que por lo que ha demostrado vemos con interés las importantes posibilidades de la debutante Millet Figueroa para convertirse en una actriz competente, para lo cual, en principio, debe saber sortear el riesgo de que se le encasille en papeles de chica sensual.

Lo único que no deben hacer los que mueven esta industria es traicionar al cine por un afán desmedido y enceguecedor por el éxito comercial. Eso, paradójicamente, es un camino seguro no solo para hacer una mala película sino también para fracasar en la taquilla.

(Publicado en el Suplemento SEMANA del diario El Tiempo de Piura el 19 de julio de 2015.)

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