TERMINATOR: GÉNESIS

Arnold Alois Schwarzenegger (Austria, 1947, nacionalizado estadounidense) no es un gran actor, pero es un personaje extraordinario. Ha sido cinco veces Mister Universo y siete veces Mister Olympia, y dos veces Gobernador de California (desde el 2003 hasta el 2010). Es un migrante del sueño americano, que hoy es un actor de culto y un ejemplo de superación. Eso le permite transitar, sin perder admiradores, desde el conservadurismo antigay (como Gobernador vetó normas a favor del matrimonio igualitario) hasta el apoyo militante a esta causa (en pleno lanzamiento de Terminator Génesis volvió viral un mensaje de apoyo a esta comunidad, luego de la importante sentencia de la Corte Suprema de su país en el caso Obergefell).

En esa medida, su personaje del ciborg T-800 es una analogía bastante precisa de él mismo: un tipo duro como un robot, pero lo suficientemente sensible como para  conectar con lo esencial del ser humano. Por ello, lo relevante de la película en cartelera no está ni en su historia ni en sus calidades cinematográficas. Más que en cualquiera de las anteriores, el centro de Terminator Genesis es Arnold Schwarzenegger, no el ciborg T-800 sino el hombre de carne y hueso.

Historia y puesta en escena

Génesis no es precuela ni secuela. Es una versión alterna de la primera Terminator. El planteamiento inicial es el mismo: por órdenes de John Connor, el líder de la resistencia humana contra Skynet, Kyle Reese debe viajar en el tiempo desde el 2029 hasta 1984 para evitar que el ciborg T-800 asesine a Sarah Connor, su futura madre. Sin embargo, a diferencia de la primera película, se encontrará con una Sarah que sabe todo sobre “el juicio final” y que ha sido entrenada eficazmente por  el mismo ciborg T-800 para destruir a Skynet.

Luego, toda la película queda al servicio de la imponente presencia de Arnold. La secuencia más deslumbrante, sin duda, es la de la llegada del ciborg a los Angeles (la misma de la primera, casi calcada) y la consecutiva pelea entre los dos T-800, el joven desnudo de Terminator y el mismo, pero maduro, de Génesis. Nunca como en esta pelea queda más claro que se nos ofrece una vuelta al pasado, a la nostalgia de quienes empezaron a ver cine con esta historia salida del genio de James Cameron. En esta lucha tan explícita entre pasado y futuro, entre presente real y alterno, entre juventud y madurez, Schwarzenegger sale siempre victorioso, aun cuando lo único nuevo que le aporte al personaje sea su propio cambio de edad.

Para que ello sea más explícito aún se recurre a otro viaje en el tiempo, al 2017, con un ciborg de la misma edad del actor real hoy. La explicación, no del todo convincente, es que la piel del T-800 es humana y que, como tal, es afectada por el paso de los años. En  dicha fecha se resuelve la historia, con un John Connor antagónico y un guion que se nota forzado, pero que no pierde gracia. Es fundamental para ello Emilia Clark, la joven británica protagonista de la multipremiada serie Juego de Tronos, que no desentona en el trance de ponerse a la altura de la competente Linda Hamilton, la Sarah Connor original, y que ayuda a darle profundidad a esa novedosa relación de padre e hija que establece con el viejo ciborg.  Y lo es también J.K. Simmons, último ganador del Oscar a mejor actor de reparto (por la notable Whiplash), quien sin mayor esfuerzo nos brinda un personaje que se vuelve entrañable solo por sus enormes recursos actorales. El resto de la trama, a pesar de los saltos en el tiempo, no es complicada y nos remite una y otra vez a las dos primeras películas, en un claro homenaje. En general,  Génesis es entretenida y vale la pena verla. No alcanza la altura de las dos primeras, pero despierta suficiente interés y nostalgia como para continuar apostando por Schwarzenegger, el corazón de la saga.

Una aparente digresión

La posibilidad de cambiar el pasado y mejorarlo —uno de los temas centrales de la película— ha tenido para mi una significación crítica en los últimos días. El fallecimiento súbito de Marco Enrique, mi sobrino de 17 años, una persona especial en muchos sentidos más allá de su condición física, me ha hecho notar con mayor crudeza lo efímero del tiempo y lo insignificante de nuestro poder sobre él. Si pudiese cambiarlo, como lo hace Kyle Reese, elegiría que Marquito siga a mi lado, aun cuando, en una realidad alterna, ello me hiciera perder otros ámbitos importantes de mi vida. En esta semana ha sido más claro que nunca que incluso algo tan bello como el cine carece de toda relevancia frente a la sola presencia de un ser que amamos. A Marquito no le gustaba el cine. Le aburría. Amaba, sin embargo, el humor de «El Chavo del ocho» y la música de Corazón serrano, y lo hacía con absoluta sinceridad y pureza. Ninguna película de los varios centenares que he visto me hará reencontrarme con él. Eso lo haré cuando en mi interior vuelva a escuchar las pocas palabras que él podía pronunciar y su alegría fácil por la música de ese grupo y por los capítulos repetidos de esa serie mejicana y, en general, por casi todo lo que le rodeaba. Nos hará —a su abuela, su mamá, sus hermanos, sus tíos y los muchos que lo conocieron— una falta que nada podrá llenar.

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