INTENSA-MENTE

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 La obra más ovacionada en el último Festival de Cannes, el más importante del mundo, no fue  «Dheepan», la cruda película de Jacques Aurdiad sobre la inmigración ilegal en Francia, que se alzó con la Palma de Oro. Lo fue Inside out (Desde adentro o Intensa-mente, como ha sido traducida en nuestro país), una película animada que de haber competido bien hubiera podido ser la primera de su género en ganar el palmarés dorado. Intensa-mente tiene los principales ingredientes del buen cine: una narración potente, una historia divertida, personajes entrañables y una conexión con las emociones del espectador difícilmente igualable por una película con seres de carne y hueso.

«Cuando ves a alguien, ¿te has preguntado que pasa dentro de su cabeza?» A esta pregunta con la que inicia la película muchos responderíamos que sí, aunque tal vez nunca hayamos creído posible, o siquiera intentado una respuesta  convincente. Pues bien, Peter Docter (USA, 1968), general en jefe de los estudios Disney-Pixar, utiliza la animación para brindarnos una explicación bastante compleja y profunda sobre ello, que no deja de ser, a la vez, entretenida y conmovedora. Recordemos que Docter tiene en su hoja de vida otra joya cinematográfica: «Up, una aventura de altura», la primera obra animada en inaugurar Cannes y la segunda, después de «La bella y la bestia», en ser nominada a un Oscar en la categoría de mejor película.

Como Up, Intensa-mente es una película para adultos que puede ser disfrutada por niños. O, en todo caso, una obra hecha para ofrecer mensajes escalonados, pero simultáneos, a todas las edades. Es además una animación que va a contracorriente de los cánones de su género, pues, al igual que en Up, nos muestra la dureza de la vida adulta o del tránsito hacia ella, sin la condescendencia hacia los niños tan usual en las cintas animadas. Por ello las ovaciones en Cannes y, podemos apostarlo, un Oscar en febrero de 2016, resultan reconocimientos naturales.

Historia y puesta en escena

 El director se arriesga hasta el límite brindándonos una explicación científica del comportamiento de Riley, una niña de once años en el difícil trance de crecer, marcado por la mudanza de la familia desde su natal Minessota (la misma tierra natal de Docter) hacia la cosmopolita San Francisco (no por coincidencia, la sede de los estudios Pixar). La historia tiene dos planos interactivos: la mente de Riley, el principal, y su vida exterior como hija única de dos padres modélicos.

En el primer plano conviven, en ese orden de aparición en su vida: Alegría, Tristeza, Miedo, Desagrado y Furia, sentimientos o emociones antropomórficas y estereotipadas. Así, Alegría tiene la apariencia de un hada brillante; Tristeza, un cuerpo decaído y azul (blue, en inglés significa, también, tristeza) y unas enormes gafas moradas; Miedo es una forma serpentíneamente masculina y desgarbada de ojos desorbitados; Desagrado es una jovencita verde, egocéntrica e insoportable, cuyas muecas con la boca la hacen muy expresiva; y Furia es robusto, compacto y, sobre todo, rojo, y expele fuego por la cabeza cuando se irrita. No debe sorprendernos que tanto Alegría como Tristeza tengan la misma tonalidad de cabello, y en esa relación que suele pasar desapercibida, radica lo principal de la trama.

Todos ellos conducen la vida de Riley desde un centro de mando que lidera, aunque no con pocos problemas, Alegría, que un buen día, junto con Tristeza, son empujadas accidentalmente a las fronteras de la mente, de donde deben regresar en un viaje épico para salvar la felicidad de la niña. En el imaginario pixariano la mente es un lugar en el que están conectados —por laberintos y caminos intrincados, pero muy bien organizados— las memorias a largo y corto plazo, el subconsciente, las islas de personalidad (en esa edad, bobadas, honestidad, amistad, jockey y familia), la habitación de pensamientos abstractos, el tren del pensamiento, imaginalandia, entre otros lugares fascinantes.

En todos ellos existen seres sorprendentes como los mentaleros, que nos ayudarán a entender por qué nos olvidamos de los números telefónicos de nuestros conocidos o de los nombres de los presidentes de nuestro país, o las clases de piano de nuestra primera niñez. Recordaremos que alguna vez tuvimos un amigo imaginario y algunos adultos tal vez lloren al conocer su destino en nuestras vidas. Aprenderemos que la Alegría no es un personaje que deba prevalecer siempre y que cuando en nuestra mente habitan solamente la ira, el miedo y el desagrado, es como si hubiésemos muerto por dentro.

Acompañaremos al niño o niña de once años —o al de menos o de más— que alguna vez fuimos, a descubrir que la vida también duele, que llorar a veces nos libera y que la felicidad no es un sentimiento sino el conjunto de ellos. Docter nos invita a tener una aventura con nuestras emociones, a mirarlas, reconocerlas,  comprenderlas y quererlas, a reírnos de ellas y de sus exageraciones, a no tomárnoslas tan en serio. A través de esa aventura, tal vez recordemos nuevamente que aun somos Riley y que a veces nos queremos ir de nuestra nueva casa para recuperar nuestros momentos felices de la primera infancia.

Como ven, esta es una aventura para adultos que podemos ver acompañados por nuestros niños o por nuestros viejos y nuevos amigos. En lo personal, es una aventura que, estoy seguro, disfrutarán Gianella, Marquito y Valentino, respecto de quienes a veces me pregunto, como ustedes respecto de sus seres queridos que crecen sin cesar: ¿qué pasa dentro de sus cabezas?

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