JURASSIC WORLD

El director

Cuando en marzo de 2013, Universal Pictures anunció la contratación de Colin Trevorrow (USA, 1976) como director de la cuarta entrega de Jurassic Park, los seguidores de la franquicia se mostraron desconcertados pues no solo se ponía un negocio de 150 millones de dólares en las manos de un director joven (36 años en ese entonces) y desconocido (había dirigido únicamente un corto y la poco difundida película independiente «Safety not guaranteed», USA, 2012), sino que con esa breve hoja de vida se le hacía parte de una de las sagas más influyentes de la historia del cine.

Pocos sabían que esta fue una decisión muy personal del propio Spielberg, que lo contrató casi por intuición luego de ver su única película, entrevistarlo y quedar impresionado con el amor que expresaba por la historia original de los dinosaurios y por la claridad de ideas que tenía para su continuación. Nos imaginamos la emoción con la que el joven director asistió a esa entrevista soñada y con la que recibió la sorprendente noticia de que el mítico director le confiaba una de sus obras mejor valoradas. Después de ver Jurassic World no nos cabe duda de que Trevorrow es, en efecto, un sincero admirador del genio de Spielberg, pero sobre todo, que tiene una conexión emocional intensa con la saga que, según sus propias palabras, le cambió la vida desde la primera vez que la vio, a los 16 años. La cuarta entrega es, pues, un claro homenaje del discípulo al maestro y a la vez un proceso de aprendizaje en el que este último supervisó y guió al primero, como pocas veces ocurre en el cine.

Historia y puesta en escena

La historia nos ubica en la Isla Nublar, en Costa Rica (en realidad, los escenarios corresponden a Honolulú, Hawaii, Kauai y Nueva Orléans), 22 años después de que en ese mismo lugar transcurriera la historia de la primera entrega. Como un evidente guiño a la realidad, esos 22 años corresponden exactamente al lapso que media entre el estreno de Jurassic Park I (11 de junio de 1993) y la película en cartelera (12 de junio de 2015). Allí se ha construido un enorme parque de diversiones que alberga a gran cantidad de criaturas prehistóricas generadas artificialmente y que la empresa InGen (la misma del original parque jurásico) administra con las rígidas reglas del mercado, a tal punto que recurre a cruces genéticos para producir dinosaurios más impresionantes que le permitan mantener su público y aumentar sus ganancias. Se hace allí un evidente parangón con lo ocurrido en el mercado comercial cinematográfico entre la primera y la cuarta película: los fanáticos de la saga ya no se conforman con un Tiranosaurio Rex y con otras criaturas amables; ahora exigen no solo bestias más impresionantes sino una acción de mayor velocidad y portento.

El director nos guía por este singular parque de diversiones desde la perspectiva de un niño (el eficiente Ty Sympkins, al que ustedes seguramente vieron en las primeras Insidious o «La noche del demonio») que, junto con su hermano adolescente (el casi debutante Nick Robinson) no deja de maravillarse a cada paso con estas criaturas sorprendentes que muchos quisiéramos ver tan de cerca como él. Un segundo punto de vista es el que se muestra a través de la relación entre el dueño del parque (Omar Sy, de recatado papel), la administradora (Bryce Dallas Howard, hija del director Ron Howard) y la estrella protagonista, Chris Pratt, actor taquillero desde su participación en la lograda «Guardianes de la Galaxia». Como en todo blockbuster que busca asegurarse un público masivo no faltan los ingredientes que exige el formato: el amor entre personas con caracteres antagónicos, el amor entre hermanos (los niños, pero también la madre y su hermana) que se fortalece ante duras pruebas, la unión de la familia, los cuestionamientos éticos al mercado, el uso que le damos a los animales y nuestra relación con la naturaleza.

No nos adentraremos más en la historia para no quitarles el gusto de la sorpresa cuando vayan a verla. Solo diremos que no compartimos del todo el ensañamiento de cierta crítica que incide en las debilidades en el guion y en la construcción de los personajes. Porque los protagonistas, más que en cualquiera de las tres películas precedentes, no son las personas sino las bestias. En ellos reside el signo dramático de la historia: son víctimas que sienten, como nosotros, desconcierto, tristeza, ira y miedo. Está expresado de modo evidente en la agonía de la enorme apatosaurio, en el modo en que los velociraptores se comunican con su entrenador, en el aprendizaje de la Indomitus Rex en un mundo que su encierro absoluto le ha impedido conocer, en la solidez con la que el Tiranosaurio Rex debe cumplir con su razón de ser. Estos sentimientos no aparecen muy marcados en los humanos y no es necesario.

Trevorrow ha sido así absolutamente fiel a Spielberg. Ha comprendido a la perfección que debía narrar una historia para niños y adolescentes, los de ahora y los que algunas vez fuimos y que hay pocas cosas que nos conectan tan vívidamente con nuestra niñez o nos hacen vivirla con más pasión. La curiosidad con la que imaginamos a los dinosaurios —esas criaturas multiformes y fantásticas, que casi todo niño ha tenido como juguete, revista o dibujo, alguna vez— es una de ellas. En eso, Jurassic World cumple con creces, ofreciéndonos un espectáculo magnífico cuando caminamos entre dinosaurios, cuando los vemos pelear por encima de nosotros, cuando nos atemoriza pensarlos como seres inteligentes dispuestos a extinguirnos. Todas las secuencias en las que esto se grafica, especialmente el último combate entre las bestias, son notables y nos recuerdan, como se hace durante toda la saga, lo pequeños que somos los humanos ante la naturaleza y lo humildes que debemos ser.

Más aún, la fidelidad se vuelve homenaje en la forma nostálgica en que es presentado el parque, muy conectado a la primera película: allí está el Tiranosaurio Rex, los velociraptores (que ya han establecido un tipo de conexión, a medio camino de la domesticación, con los humanos), las puertas de ingreso con un logo muy similar al que vimos en la película de 1993, los jeeps, el polo y los banderines del parque original, las tomas que rememoran escenas de la primera película. A ellos se agregan nuevos residentes (el imponente y acuático mosasaurio y, sobre todo, la protagónica Indomitus Rex) y tecnología más avanzada, que busca sorprender aún más al espectador.

Hay una escena que, tal vez, puede graficar esta relación entre maestro y discípulo, entre Jurassic Park y Jurassic World, entre pasado y presente. En el primer tercio de la película el enorme y nuevo mosasaurio se come de dos bocados a un proporcionalmente pequeño tiburón blanco. Unos minutos más adelante hay una toma aérea de esa misma bestia engullendo a un pteranodon, casi idéntica a la de la primera «Tiburón», la película de culto de Spielberg. Sobre este símil el director ha dicho que «espera que Spielberg no crea que estoy haciendo una declaración de intenciones». Y sin embargo, lo quiera o no, lo está haciendo.

(Publicado en el suplemento SEMANA del diario EL TIEMPO de Piura el 21 de junio de 2015.)

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